martes, 9 de septiembre de 2014

La prensa y los sueños

Se estudia periodismo para cambiar el mundo. De lo contrario, si se es conformista y dedicado a respetar lo que siempre ha siempre y siempre será, mejor dedicarse al oficio de carnicero, o al corte y costura; que en definitiva, en estos tiempos en los que nadie lee y nadie se cuestiona, son profesiones muchísimo más rentables.

Un periodista no es un lector de tabaquerías ni un orador de barricadas. Es decir, ni está para repetir un guion escrito por otros, ni su razón de ser en esta vida es conducir a las masas a la redención. Para eso están las iglesias y los partidos, los libros de autoayuda y las telenovelas.

El periodista no está para pensar por nadie, tampoco debe aceptar que piensen por él.

El periodista interpreta con ojo crítico la realidad, y sin ser Oráculo de Delfos, le toca de vez en cuando escrutar el destino, ver qué pasará de acuerdo al tiempo y a la circunstancia. Y decirlo. Decirlo alto y con claridad.

El periodista ha de tener sangre en las venas y recordar todo el tiempo a quien sirve: A la gente. A los ciudadanos. No al pueblo en abstracto, en cuyo nombre siempre se cometerán horrores, sino a los cientos de miles, millones de individualidades ciudadanas que constituyen el colectivo humano.

Sin pasión no hay periodismo. Sin ganas de soñar tampoco. El periodista, como el poeta, es un soñador de lo posible, de los múltiples horizontes que se pierden hasta donde pueda abarcar la vista. Así lo dice en su primera “Declaración de principios” el periódico L’Enragé (El Rabioso) una de las tantas publicaciones alternativas surgidas al calor del Mayo Francés del ‘68:

Este periódico es un adoquín.
Puede servir de mecha para un cóctel molotov.
Puede servir de porra.
Puede servir de pañuelo antigás.
Somos solidarios, y lo seguiremos siendo, de todos los rabiosos del mundo.
No somos ni estudiantes, ni obreros, ni campesinos, pero queremos aportar nuestro adoquín a todas sus barricadas.
Si alguno de vosotros tiene dificultades o escrúpulos a la hora de expresarse en los periódicos tradicionales, venid a decirlo aquí, ¡como si estuvierais en vuestra casa!
En este periódico, nada está prohibido, ¡excepto ser de derechas!
¡A las armas, rabiosos, formad vuestros batallones!
¡Marchemos, marchemos, que una sangre impura empape nuestros surcos!


Como intelectual a medio camino entre el artista y el científico social, el periodista debe tomar distancia de la realidad que le circunda, y no confundir el compromiso con el aprisionamiento mental. El ejercicio de la crítica es por tanto la capacidad de distanciarse de un objeto y racionalizarlo.

Aunque los periodistas y el público saben perfectamente que la objetividad es un mito, ya que todo acto comunicativo pasa por la subjetividad del creador, hay que aferrarse a ella como un tesoro a defender, un horizonte hacia el cual avanzar. Y de paso, creer seriamente que la prensa tiene una responsabilidad ante la comunidad, que los periodistas podemos ejercer con éxito el oficio de barrenderos de estiércol, de cuarto y quinto poder dentro de cualquier sociedad, de perros guardianes del poder, de observatorios críticos, de agentes de movilización ciudadana, de artistas de vanguardia, de constructores del consenso.

Creer nuestra función ciudadana, creerla bien, como único antídoto ante la grisura, para seguir soñando pese a las condiciones objetivas, los tiempos y las circunstancias, las funciones establecidas. Y los silencios.

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