lunes, 22 de septiembre de 2014

El Ánfora

Estoy contemplando un ánfora griega del siglo VI antes de Cristo. Es un recipiente para almacenar agua. Una jarra grande. Un porrón europeo. Una pequeña tanqueta. El conferencista dice que el ánfora le recuerda a una vagina, es algo matricial. Martin Heidegger debe haber hablado de eso y también Jean-François Lyotard, y todo indica que en alguna gran biblioteca de Paris ha de existir un tratado filosófico de 435 páginas –más anexos- dedicado únicamente a detallar las sinuosidades del ánfora que hoy se disecciona en la clase.

El conferencista no dice si el ánfora la construyó un esclavo para uso exclusivo de su señor; ni si ese esclavo en algún punto del camino valoró rajarle en la cabeza el ánfora a su dueño, y comenzar así una lucha por la libertad que sacudiera la Hélade. El ánfora, un tratado de estética en sí mismo, queda “descontaminado” del contexto de producción, de los actores sociales, de la subjetividad del que hace y deshace, crea y recrea. Para luchar están los hippies y los revolucionarios, los líderes sociales y los artistas progres. La educación ha de ocuparse de asuntos serios, de una teoría de la teoría, de una subjetividad de lo subjetivo, de una epistemología de lo abstracto. Basura.

Me resulta muy difícil prestar atención a las diatribas de una tinaja para almacenar agua en la antigüedad clásica. La culpa es de Paulo Freire por inocularme su crítica al modelo de educación bancaria. ¿Para qué sirve el saber en abstracto? No entiendo una pedagogía cuya razón no sea cuestionarse el mundo para cambiarlo. Cambiarlo para bien. Porque igual que un mundo mejor es posible, una sociedad infinitamente peor también cae en el terreno de los escenarios futuros.

La democracia, no la praxis griega de tres fulanos bien vestidos en el ágora, hablando de Sócrates y tomando vino de la dichosa ánfora, ha de pasar por una pedagogía de la liberación. Sacudirse el colonialismo, esa tendencia a repetir los modelos de dominación que tenemos asumidos en nuestra médula, en nuestro habitus. Una democracia que tome en cuenta el género, la raza, la orientación sexual y también, obligatoriamente, que propicie una relación armoniosa con el medio ambiente. Una democracia que contemple la opinión del otro. Que combata la zoquetería del que mucho habla y poco escucha.

Para eso sirven las escuelas. Para preguntarse. Para conformar colectivamente inquietudes que posiblemente no tendrán respuesta; pero que ampliarán el margen existente entre la duda -primer paso en el largo camino hacia la liberación- y la certeza, el dogma de fe, el conformismo y el aletargamiento.

Como el ánfora, una pieza de museo de dos mil quinientos años de antigüedad, una vagina sofisticada si así se quiere, o el fermento material de las luchas pasadas de la humanidad en busca del equilibrio entre lo bello y lo útil, lo trascendente y lo inmediato.

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