lunes, 18 de agosto de 2014

Solo y a pie

Los jesuitas, gracias en parte al carisma del Papa Francisco, se han puesto de moda en estos primeros años del siglo XXI. Vivimos en una época donde la Razón en estado puro se discute como columna vertebral del llamado modelo civilizatorio occidental. Digámoslo de un modo más directo: hay procesos que escapan de las lógicas de oferta y demanda, de pérdidas y ganancias, de producción y consumo. Misterios que solo conoce el alma. O como canta el grupo boricua Calle 13,

No se puede comprar al viento.
No se puede comprar al sol.
No se puede comprar la lluvia.
No se puede comprar el calor…

A veces hay que darle su espacio a otras enciclopedias culturales, al margen de la literatura en la cual uno ha sido formado: científica, positivista y racional. Lecturas que te permiten comprender áreas de la realidad de este continente que escapan de los antagonismos de clases, del sumario de “condiciones objetivas” y de la eterna lucha entre contrarios. Porque en Latinoamérica, tierra de soñadores, el cambio social es mucho más complejo que el balance de una ecuación entre fuerzas productivas y relaciones de producción.

Muchos de los procesos políticos y culturales en torno a los cuales se debate la existencia del hombre común latinoamericano están atravesados por el pensamiento y la acción de los jesuitas; y no solo en naciones donde su incidencia fue directa, está el caso de Paraguay, sino también a través de fuerzas de segundo orden, como por ejemplo la educación: No es posible obviar la influencia tremenda que han desempeñado los padres jesuitas en la formación escolar de importantes sectores sociales de Latinoamérica, en especial de intelectuales, artistas y líderes políticos que han marcado hitos en la historia del siglo XX en nuestra región.

Íñigo de Loyola, quien después será Ignacio, y más tarde Santo del catolicismo, es uno de los locos más interesantes de la historia moderna, una especie de Quijote de carne y hueso (Miguel de Cervantes, por cierto, se formó con los jesuitas). La vida de Ignacio de Loyola se desarrolla en el siglo XVI, época de grandes despertares para una Europa aletargada por diez siglos de hegemonía católica, de crisis de la cosmovisión medieval. Son los tiempos luminosos en que Martin Lutero se enfrenta al Papado, y los grandes navegantes recorren un mundo desconocido. Ignacio, mientras tanto, desentierra cilicios y reliquias, peregrinaciones y martirios, dotando así de un corpus práctico (mucho más práctico que teórico) a lo que después será la Contrarreforma, el Barroco y esta Iberoamérica atormentada en la que vivimos.

Y es que hay que estar demente, en tiempos de la imprenta y el papel moneda, de los viajes a las Indias Occidentales y la acumulación originaria (y desesperada) del capital, para seguirse machacando en el tiempo presente en pos de conseguir una gloria eterna, muerte mediante, siempre inaprensible. San Ignacio, que de revolucionario tiene sobre todo la sinceridad de sus actos (al parecer predicó con el ejemplo), apuesta por todas las prácticas religiosas del catolicismo que comenzaban a ser impugnadas en ese entonces: los votos, el celibato, la devoción de las reliquias, los ayunos, las penitencias extremas… El fundador de los jesuitas se aferra al estoicismo como vía para alcanzar la gloria (siempre la gloria) asociada a la posibilidad de trascender, en este caso a la diestra del Señor.

La Compañía de Jesús, constituida en 1539 por San Ignacio, se organizará del mismo modo que un ejército, logrando así erigirse como una de las mejores organizaciones político-religiosas de los últimos cinco siglos, al punto de que actualmente se les considera los líderes intelectuales del catolicismo. Los Ejercicios Espirituales, principal obra escrita por Ignacio de Loyola, han sido comparados con el ¿Qué hacer? de Lenin, ya que constituyen un programa de acción en aras de lograr un objetivo concreto: la salvación de las almas para la mayor gloria de Dios.

Como todo gran hombre de la historia, Ignacio es de los convencidos de tener a Dios de su parte. De ahí la tozudez de sus ideas y la rigidez de su método. El hombre no afloja. No cede. Se enfrenta a sus detractores con aparente humildad pero sin bajar la cabeza. Solo y a pie. Como titula la biografía del santo el investigador Telechea Idígora.

No lo sigo. Me superan el estoicismo y las tierras prometidas. Pero no puede perderse de vista a la hora de entender con mayor profundidad los valores que nos unen como civilización. También, por supuesto, para analizar gran parte de los procederes de la Cuba de las últimas cinco décadas, una plaza sitiada, que como diría San Ignacio durante el asedio a Pamplona, en el cual participó de joven y casi le cuesta la vida, ha peleado “la guerra más desigual y absurda”, y al mismo tiempo, según él, “la más alta ocasión que vieron los siglos”.

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