lunes, 25 de agosto de 2014

Silvio Rodríguez en Wallmart

Silvio Rodríguez en Wallmart
Estaba ayer con mi esposa en un Wallmart del DF mexicano. Para quien no lo conozca, es un mercado más grande que nuestro habanero 3ra y 70, con la diferencia de que hay muchísimos más productos, y que las cajeras, en vez de pertenecer a la clase alta y tener uñas acrílicas, son explotadas sistemáticamente por el capitalismo trasnacional.

Llovía como solo llueve en México. Tanta agua que parece que estás metido en una canción de Maná. Y el Wallmart aquel entero en una orgía de consumo posmoderno: Rebaja de electrodomésticos y de lejía. Yogurt Activia para que vayas al baño regularmente, y mucho papel sanitario (con florecitas, textura y aromatizado) lo que te permitirá terminar el proceso como dios manda.

Estaba Shakira amenizando la compra, como antes tocó turno a Enrique Iglesias y a Marco Antonio Solís. Y de momento, violando los manuales de protocolo del consumo, los acuerdos del G7, las altas disposiciones de la Organización Mundial del Comercio, del Banco Mundial, de la OEA, comenzó a sonar el Ojalá de Silvio Rodríguez por los altoparlantes del Wallmart. Silvio Rodríguez entre las hamburguesas y los nuevos televisores ultra HD: Barricadas en el París del 68. El “No pasarán” de la República española. La insolencia del Tercer Estado francés.

Y no era cualquier Silvio, sino el muchacho del disco “Al final de este viaje” (1978), el muchacho que canta con el alma su Ojalá, el soldado recién salido del servicio militar en la primavera del mundo, que se sorprende ante el amor y la vida.

Y fue Cuba. Cuba entera. Y solo nos dio tiempo a llorar. A llorar en el medio de un Wallmart, tan lejos de nuestra isla, de toda ella. Y fue la lluvia cayendo desde el norte del mundo y nosotros ahí, abrazados, con el carro de la compra a medio llenar, y Silvio Rodríguez atronando la esperanza, como un niño feliz, solo para nosotros, cubanos en Wallmart.

Ya el Ojalá de Silvio es parte de Cuba, de un país luminoso que quizás esté solo en mi corazón, un país que a veces se desdibuja entre tanta bobería que, como el polvo del Sahara, entorpece la visión y nos aprieta el alma. Boberías que al decirlas con su nombre al menos las ubicamos en el panteón de la vergüenza y el sinsentido: La prohibición de que entremos a nuestro propio aeropuerto a recibir o despedir a aquel que viene o va; la clausura absurda de los cines en 3D; la nueva ley de aduanas, empeñada en contar calzoncillos cuando la patria hoy demanda tiempo y energías en multiplicar panes y peces, en unir a los de aquí y a los de allá, y no en seguir contabilizando y regulando la desgracia; los precios astronómicos de los carros; y sobre todo, especialmente, el foso que se abre entre quienes regulan y nosotros, abajo, al sur, los regulados.

Ojalá me habló de humanismo. De nobleza. Un canto de la vieja izquierda con la cual sigo comulgando, la robespierana del Tercer Estado, la de la Asamblea Nacional y las barricadas, la del Canto general de Neruda. Ojalá nunca se me desdibuje esa esperanza. Ojalá que nuestro país, como todo país nuevo, tendiente a los bandazos, no pase de la izquierda radical, y por radical a veces absurda, al más grande sinsentido neoliberal, que implica olvidarse de los hombres, de los sujetos, que no son masa bruta sino seres humanos individuales con aspiraciones y sueños heterogéneos.

Porque algo ha de existir. Algo hay adentro que nos hace grandes, que nos hace épicos, que nos hace llorar de amor en medio de un Wallmart, bajo la lluvia contaminada del DF, cuando aquel Silvio Rodríguez adolescente y libre, rasga su guitarra y entona los versos de su canción. Ojalá.

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