martes, 12 de agosto de 2014

Réquiem por Gaza

Jpeg
Si a los cubanos nos quitaran la Serie Nacional de Béisbol, y la telenovela, y las pizzas hechas con queso de mala muerte, y la barra de pan chicloso de a diez pesos, nos quedaría una puesta de sol con el Morro al fondo, y la celebración de los frentes fríos, y las calles angostas y populosas del centro de La Habana, y esos campos donde hoy crece el marabú y mañana florecerá la esperanza. Y cada pueblo perdido de Dios, con su glorieta y su iglesia. Y la convicción de que existe un rinconcito en el mundo que es enteramente nuestro, de todos los cubanos, por hecho y por derecho, y en especial por la voluntad compartida de sentir y obrar a favor de la prosperidad presente y futura del mismo.

Suponga usted lo que es quedarse sin tierra, sin un pasado al que aferrarse y por tanto un futuro hacia el cual avanzar. Que te digan que lo tuyo ya no es: Tu casa. Tu parque. El cementerio donde descansan tus muertos. La iglesia donde vas de vez en cuando a pedir por los tuyos. Que sobre la escuela caigan bombas. Que los sueños se cubran de escombros. Que necesites pasar por controles militares para ir de tu casa al trabajo. Que en tu propia tierra, la tierra de tus padres y de los padres de estos, te consideren un ser de segunda, un paria.

Eso es lo que sucede en Palestina. Hoy la Franja de Gaza es una ratonera de 360 kilómetros cuadrados donde malviven 2 millones de personas. La Habana, con una población similar, tiene 720 kilómetros cuadrados, exactamente el doble. En Gaza la gente vive de las ayudas internacionales, de las remesas y de dejar correr la vida a la espera de la siguiente hecatombe, de las desgracias que llegarán por mar, por tierra o del cielo. La Cisjordania, por su parte, parece un enorme queso grúyete, por utilizar la imagen del escritor Mario Vargas Llosa refiriéndose a un territorio agujereado por cientos de asentamientos ilegales de colonos judíos. Un muro deshonroso separa a dos pueblos que por historia deberían convivir como hermanos.

La semana pasada, estrenándome como alumno de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), me fui a escuchar al embajador de Palestina en estas tierras de Nueva España. Un diplomático de mediana edad llamado Munjed M. S. Saleh, quien de acuerdo con sus propias palabras “se niega a morir en silencio”. De su pueblo queda ya poco. En 1994, tan solo el 22% de la Palestina histórica estaba en manos de los árabes. El resto pasó a Israel, un Estado que surgió de los mejores anhelos de este mundo después del horror de la Segunda Guerra Mundial, y que hoy, ciego de odio y revancha, responde con la misma brutalidad que hace ya tanto los nazis esclavizaron al pueblo elegido de Dios. 

Pero el terror sionista solo alienta nuevos mártires. Son las madres, los padres y los hermanos de los 400 niños asesinados en este mes de bombardeos incesantes, una “hazaña” militar más que dudosa. Por muchos muros que construya el gobierno de Israel, por mucha tecnología militar de la cual disponga, la resistencia crece en la sangre de una nación victimizada, y allí, de la desesperación, se alienta más odio, más insensatez y más extremismo.

Lo primero, más que sensibilizar a la opinión pública internacional de una matanza que parece no tener fin, es que el propio pueblo israelí comprenda que el camino de una paz duradera no puede pasar por la fuerza, sino –obligatoriamente- por el diálogo entre los pueblos. Hoy el 95% del electorado israelí, la abrumadora mayoría, aprueba estas medidas de fuerza. La tierra mítica donde nació Jesucristo, castigada y maldecida por el dolor, la guerra y los odios milenarios, sigue a la espera de una refundación de la esperanza, de la construcción de un camino por el que pasen todos, palestinos y judíos, seres humanos.

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