lunes, 11 de agosto de 2014

México. Primer encuentro

El avión atraviesa la nata espesa de contaminación que cubre la ciudad. Abajo. Al sur. Hay gente. Veinte millones de personas. Mientras la aeromoza invitan a abrocharnos el cinturón de seguridad, me comienzo a preguntar con obsesión morbosa en cómo se gestionará el pipi y la caca de veinte millones de seres humanos. Y ahora, también, la mía. Por cuatro años. En México. En la UNAM. A ver si de esta salgo una mejor persona. Menos escéptico. Más temeroso de Dios y de la Virgencita de Guadalupe. Más creyente en el cambio social, en la trasmutación de los pobres, en el valor de las esencias latinoamericanas. En cualquier cosa. Y también, claro, respirar del calentamiento climático que se ensaña de mi Habana en verano. Del calor y el polvo. De la bobería. De la circunstancia maldita de estar rodeados de mar por todas partes. Y sin embargo, el mar, tan lejos ahora… y tan necesitado que estamos de él los habitantes de las islas.

Me leyeron la cartilla no más pisar tierra mexicana. Tres cosas son sagradas en este país: los aztecas, la Virgen de Guadalupe y Juan Gabriel. Con lo demás te puedes meter. El PRI, el PAN, López Obrador, el sabor de las tortillas, la calidad del agua y del aire, el picante, la violencia (que no he visto por ninguna parte) y el coste de la vida. Los aztecas son el pasado glorioso; la Virgen es el símbolo de la patria mexicana, bajo su estandarte se alzó Hidalgo por la independencia de la Nueva España; y Juan Gabriel expresa como nadie la hibridación, la cultura de las telenovelas, singular apropiación creativa al sur del Río Bravo de la aparente banalidad de las industrias culturales. México, hay que decirlo, porque con eso se resume todo, está muy lejos de Dios y cerca, a unos metros no más, de los Estados Unidos. Como Cuba, su cultura es de amor y odio por el norte anglosajón.
 
Abajo todo es luz. Casas. Árboles. Los montes rodeando a la ciudad con un cinturón de fuego y hielo. En México todo se desborda. Como el magma en las entrañas de la ciudad que cada día tiembla. Ya me dijeron que Coyoacán está sobre un lecho de roca volcánica y por eso sentiré menos los eructos de la tierra, pero el centro, construido sobre el otrora lago Texcoco, es un lodazal de movimientos tectónicos. Pero no pienso en ello. Como tampoco en los huracanes. De algo tiene que servir el haber vivido 32 años en un país que siempre parece estar al borde de todo: del ciclón que acabará de una vez con La Habana, de la prometida y siempre postergada invasión imperialista, de la “opción cero” en la que no habrá ni combustible ni dignidad humana, y de un brote de fiebre porcina que acabe con nuestra más importante fuerte de proteína animal.

Estados Unidos inventó la globalización del norte, la de las tiendas de comida rápida, la del mall, la de las casas con jardín y perros labradores corriendo alrededor de la piscina. En México, sin embargo, nace la globalización latinoamericana, la de los vendedores ambulantes, la del catolicismo transculturizado, la de las telenovelas y el color de los bazares. Veinte millones de gente vendiendo y comprando mierdas en las calles. Veinte millones de gente comiendo tortillas de maíz en todas las variedades posibles.

Y las iglesias. Uno de los pocos lugares del mundo donde hay más creyentes que turistas en las catedrales. La Virgen de Guadalupe, venerada hasta por los marxistas, aparece en los lugares más increíbles, desde las estampitas que cuelgan en el espejo retrovisor de un pesero (transporte público) hasta rodeada de oro en los altares. Los frescos en los templos me recuerdan a cada momento que el “encuentro de culturas” fue choque, trauma, imposición foránea en estas tierras de historia milenaria. En Cuba, a lo sumo, te encuentras un nombre prehispánico y un plato de cazabe de yuca. Nuestros primeros padres son polvo en el viento. Pero aquí a los hijos de Quetzalcóatl te los encuentras cada día en el metro, en las calles, en los puestos ambulantes. La sangre de México es mestiza, mestiza como América Latina, y sobre todo en esta tierra de emperadores hoy plebeyos, y de plebeyos que (acumulación originaria mediante) regentan fortunas en los barrios altos de la ciudad.

En México me reencontré con las papas. Grandes. Limpias. Hermosas. Aquellas papas que la ineficiencia, la bobería y el campo climático se cargaron en Cuba. Tuve que despedirme, sin embargo, del pollo. Del pollo de piel y masa blanca que le compramos a los Estados Unidos, tierra de misiles Tomahauwk y pollos deliciosos. Los pollos en México al parecer se alimentan de curry. La carne es amarilla. Amarillo-pollito. Amarillo-transgénico. No puedo probarlos. Simplemente no puedo.

Mientras tanto se va viviendo. Sí. Viviendo. Sin la sobrevida a la que estoy tan acostumbrado. Sin el pan nuestro de cada día, porque ahora también podré comer galletas y cereal. Y el pan puede ser de maíz, blanco, de ajo o integral. O no comerte ningún pan porque simplemente no se te da la gana. Pero bueno, ya esas serán otras historias…

2 comentarios:

  1. Un bloc precioso me alegro haber podido leerlo , somos Leide y Osmin, yo estoy de vacaciones y el en un convenio de trabajo en guaranda ecuador , bellas fotos . felicidades Leide

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    1. Qué bueno saber de ustedes, no sabía que estaban por Ecuador, me alegra muchísimo, por favor, búsquenme en Facebook y me escriben un mensaje por ahí para tener sus datos y poder escribirles yo a ustedes. Mis papás vienen a México el mes que viene, se pondrán felices de poder hablar. Un abrazo!!!

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