lunes, 9 de junio de 2014

Las palabras

¿Qué hacer cuando se te acaban las palabras? Cuando el idioma español, que lo dice todo, se queda sin recursos para describir aquello que se escurre, que se filtra, que demuele. Como Whitman -y sin pretenderlo- recorro en paz la ciudad despierta, me detengo y recuerdo lo que he sido y lo que posiblemente sería de haber sido otro mi tiempo y otra mi circunstancia.

Y digo casa. Y digo familia. Y digo amigos. Y digo escuelas. Y libros. Y sueños. Y veranos largos e inviernos breves. Y la brisa del mar siempre cercano. Y el pollo asado en la cocina. Y las flores en mi patio. Y el árbol que fructificó por vez primera. Y los días largos de trabajo. Y los días breves de fiesta. Y el te quiero. Y el te amo. Y la cercanía. Y la esperanza. Y los apagones con sus tertulias en el patio. Y los pequeños contrabandos de leche en polvo, carne y papas. Y las construcciones. Y las consignas. Y la chusmería. Y los abrazos (los que no podré dar, y los que aunque pudiera no daría).

Mientras tanto, un viejo lava sus herramientas manchadas de grasa después de lo que parece un día largo y destructivo. Una mujer, abandonada y maldecida, fuma desde un balcón en la distancia. Llegó el pollo en la carnicería. Sacaron detergente. Dios mío, y la novela cubana que no la ve nadie. La Habana entera cabe en un grano de maíz, polvo en el polvo, polvo en el viento. Los recuerdos y mis muertos. Los que ya murieron y aquellos que mueren hoy por mi felicidad.

Me pierdo entre las mil columnas que un día fueron y algún día serán, las columnas que estallan por el peso de los tiempos, la acumulación de salitre, de mugre, de bobería. Y la gente, como yo, sin acabar de refundarse, bate entre los portales como el mar nuestro siempre al final de todo. La gente sube y baja, arremete, y es espuma, y es sombra bajo la luz del sol.

Entonces no te alcanzan las palabras porque todo te gusta, o todo lo ves como si fuera por vez primera. O por última. La grieta y el muro descontento. La risa del niño y el agua del salidero que corre por la avenida. Las torres de las iglesias apuntando a lo alto del cielo en el Caribe. Y los perros. Y los almendrones. Y las casas. Y los viejos. El carretón del pan y el carretonero. El vendedor de dulces. La empleada que llega tarde a la casa. El olor de la ciudad, mitad alcantarilla y miasma, mitad orégano de patio y azucena, mitad perfume barato, tabaco y convocatoria a los orishas. Vamos, que sí se puede. A darlo todo. ¿Dónde están esas banderas?

Siento que lo he dicho todo y aún no comienzo a hablar, que habría que componer nuevas palabras o asignar nuevos sentidos a las que ya existen, todo para expresar lo que es esta Habana, esta isla, este trópico aún a medio construir, pero ya en reparación. Mientras tanto llueve, en los finales siempre llueve, a no ser que sea esta una película de Hollywood, porque entonces saldrá el sol y todos nos tomaremos de las manos a cantar como en un musical de Broadway. A cantar con nuevas palabras.



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