lunes, 23 de junio de 2014

El preservativo

Hace cincuenta años vivimos dentro de un preservativo. Como lo oye. Cuando las cosas comenzaron a ser distintas nos metieron dentro. Un inmenso cordón sanitario para aislar la locura cubana del resto del continente. Nada de que se abran las grandes alamedas. El espermatozoide revolucionario que se quede en casa. Si quieren nacionalizaciones, comunismo y griterías en la Plaza de la Revolución que se la coman ellos solos. Con papas. O mejor, que ni papas hay, con boniato hervido que es barato y se cosecha en cualquier momento del año. Entonces todo el mundo rompió relaciones diplomáticas, excepto México por el aquello de joder a los gringos, y La Habana, que fue llave de ambos mundos, terminó como la más humilde puerta del trastero.

Mejor la imagen del preservativo que la del domo, porque el domo me da cristal duro y el preservativo látex flexible, que permite el intercambio de materia y energía con el medio ambiente circundante. Llegan turistas y contenedores con pacotilla china. Llegan las series del paquete. Salen colaboradores de la salud y mulos ecuatorianos, y de vez en cuando alguna buena idea acerca de cómo alfabetizar a la gente o curar la disentería. Pero todo a su aire, que tampoco es tomar un avión y hacer lo que te venga en gana, si quieres salir deber llenar papeles, muchos papeles y pagar mucho, mucho dinero. La Habana está a 90 millas del Mayami y entre visa, pasaporte y billete cuesta lo que ir a Europa. Para el mundo, los cubanos son terroristas o emigrantes natos. Un cubano siempre es un potencial cruzafronteras, una especie de hormiga loca, que cuando la sueltan se orienta con el sol y las mareas, y en vez de buscar el hormiguero se enrumba para el Río Bravo, y si está en Canadá cruza los Lagos siguiendo el rumbo de la Florida. Cosas de la existencia al interior del preservativo, todo el mundo se imagina que allá afuera la vida es más sabrosa.

La semana pasada vi un documental donde decían que las islas son laboratorios naturales. Islas aisladas. Lo que aquí llega aquí crece a su modo, sin la perniciosa influencia de agentes externos. El documental de la BBC ponía como ejemplo unos pájaros-pollos que en las islas remotas del Pacífico han perdido la capacidad de volar porque no existen depredadores terrestres de los cuales huir. Aquí es lo mismo, pero diferente. Siempre diferente. Cuando te preguntan por qué Cuba es como es pones los ojos en blanco y dices que la situación es compleja. El enemigo. La bobería. Cincuenta años de asedio que no son pocos. El freír el huevo con la grasa del pellejo del pollo, que no solo tupe arterias sino entendederas. Que no, que no hay tiendas IKEA, ni McDonald’s, ni publicidad comercial. Ya lo he dicho: señores imperialistas, váyanse al carajo que no les tenemos miedo.

Y ahora leo que el nuevo Rey de España, Felipe VI, visitó cuando Príncipe toda la comunidad iberoamericana… excepto Cuba. Y tú te preguntas para qué hace falta que un Borbón se pasee por La Habana; pero es que ni el Borbón, ni la Shakira, ni un humilde vendedor de tiendas Apple. Solo Juanes, que se iluminó con el concierto de Paz sin Fronteras y nos metió por unos días en el mapa, y los Papas Juan Pablo y Benedicto, que si nos guiamos por estas visitas seríamos más católicos que Fernando e Isabel.

Pero la otredad, la vida al interior del preservativo, tiene su encanto. La Habana, under the latex, se ha quedado en muchos sentidos detenida en el tiempo. Rascacielos de los años cincuenta… con elevadores y filtraciones que datan de la misma época. OFICODAS que parecen salidas del Stalingrado de una semana después del asedio. Cables de cobre, tendederas de puerta en puerta. No. WIFI no tenemos. Tampoco, es verdad, los inmensos cinturones de desgracia que rodean a las grandes urbes de América Latina. Una Habana sin grandes anuncios lumínicos, una Habana desanunciada.

Los sociólogos nos marcan siempre con un asterisco. Aquí los pobres, que los hay, están escolarizados y no se mueren de tifus. Y los intelectuales, que los hay también, viven peor que los carniceros. Las Naciones Unidas no saben cómo calcular nuestro PIB, que por cierto, este año crecerá al ritmo de un bonsai. Sin embargo –o mejor, con embargo y todo-, las cosas funcionan, pero a su modo, como los almendrones de los años cincuenta, que nadie se explican cómo siguen andando por una Habana con un parque automotriz anterior a la Guerra de Corea.

Nunca se sabrá qué habría sido de nosotros si nos hubiesen dejado en paz, o también, si hubiéramos sido más normales. Es el cuento de la gallina y el huevo. Entonces, como quien no quiere la cosa y para cambiar el tema, le preguntas a la vecina dónde está su hija que hace días que no la ves, y te responde “Se fue pa’fuera”. Y en ese momento descubres que tú estás dentro. ¿Dentro de qué? Del preservativo, por supuesto.





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