lunes, 30 de junio de 2014

De cuentapropistas y tarimeros




Es viernes y regreso tarde a casa después de una jornada machucante. A mi lado, un tarimero (vendedor del agromercado) está disertando acerca de los problemas de la patria: los inspectores que no lo dejan vivir con tanta multa, la gente que está del carajo… y el calor. En estos días todo el mundo termina (o empieza) las conversaciones hablando de las altas temperaturas, como si tocar el tema enfriara al planeta… El tarimero tiene en la mano una lata de cerveza Bucanero. A su lado, con actitud de portavasos, la mujer del tarimero sostiene otra lata.

El carro avanza por un costado de la Plaza de la Revolución que a esa hora ya está iluminada. José Martí. Camilo y Che. Los tres monolitos exhalando el calor de la jornada, preparándose para un nuevo día de sol, turistas y ofrendas florales. La cerveza del tarimero ya se ha agotado, o quizás está tan caliente como un potaje de frijoles negros, imposible no estarlo en una Habana que lleva días cocinándose bajo una ola de calor húmedo y deprimente. Rápido, el tarimero lanza el envase a la vía pública. Sin dar explicaciones. Sin importarle. Una mierda más en una calle llena de mierda. Polvo en el polvo.

En otro tiempo y en otra circunstancia me habría encabronado con este acto de suprema desidia. Pero resulta imposible odiar un viernes a las ocho y media de la noche. Se odia los lunes por la mañana y quizás los domingos después de un buen arroz con pollo, pero nunca en este punto de la jornada en la que de puro cansancio eres todo desesperanza. Por mucho que grites, por mucho que patees, por mucho que te opongas, lo que siempre ha sido siempre será.

Pero no. Que hay luz al final del túnel, y el tarimero enciende los altavoces de su teléfono móvil y en vez de obligarnos a escuchar lo más pútrido del reggaetón de este verano, termina con Ricardo Arjona. Y ya me dirán algunos que es cursi. Pero no. Que tiene su encanto Arjona. Lo descubrí en la Lenin y todavía tarareo aquello de “Si el Norte fuera el Sur”. Además, me siguen gustado las canciones que dicen algo, aunque sea poco, aunque sea casi nada.

A esa hora de la noche necesitas de Arjona, de cualquiera que te diga que en el fondo la vida es bella, y que el amor, como el mar, está al final de todas las cosas. Estoy agotado. Le dediqué cuatro horas de mi viernes a sumergirme en el universo cuentapropista. Por cierto, sigo sin entender el miedo a las palabras. Dicen “sector no estatal” por no decir “privado”; “cuentapropismo”, que a mí me suena a “búscate la vida, pero conmigo no cuentes”, a lo que es por hecho y por derecho “pequeña empresa privada”. Pero allá las palabras y quienes las dicen.

El tema paradójico, y no por paradójico menos lamentable, es que el “sector cuentapropista” en ocasiones arrastra los mismos males del mundo estatal: La mosca sobre el mostrador. La falta de imaginación. La desidia. La puercada. El hago como que trabajo. La absoluta carencia de belleza. Y no son todos los casos, hay que decirlo. Hay paladares (restaurantes privados) que de solo entrar te sientes en Paris… del mismo modo que en algunas empresas logran ofrecer un trato eficiente y volver así milagro el barro.

Ayer pretendí reparar un equipo que se descompuso, fui a tres lugares diferentes y en los tres me trataron como en los “consolidados” aquellos de los años ochenta y noventa (todavía deben existir) donde la gente llevaba a reparar su televisor Caribe. Es decir, mal. Es decir, con absoluta indiferencia. Supongo que la imaginación, como la nueva fiebre Chikungunya, necesita de algún agente trasmisor. Y si te has criado en un mundo de murales rotos -de esos que en febrero todavía tienen las efemérides descoloridas del verano anterior-, de cadenetas confeccionadas con jabitas viejas de nylon, de bustos plásticos de Martí y carteles escritos con pluma que comienzan con el aquello de “estimado usuario”, lo más lógico es que reproduzcas en el nuevo entorno, en el nuevo espacio, la misma porquería. Nadie puede imaginar algo que en el fondo no conoce.

Ojalá los mosquitos, en vez de dengue y fiebre Chikungunya, llevaran de aquí para allá la esperanza. El buen trato. La limpieza. El orden. El confort. El gusto por el trabajo bien hecho. La profesionalidad. De lo contrario nos pasará como al tarimero, que tomó de la mano de su esposa la segunda lata de cerveza Bucanero, y dándose un largo sorbo, concluyó tajante su disertación filosófica: -La vida, mi hermano, es una mierda-.

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