lunes, 19 de mayo de 2014

La mudada


Fue la casa de Mario García Menocal, tercer presidente de la República, un palacete trasplantado del París de fin de siècle, amplio caserón de tejas verdes y molduras de yeso. Construido a lo grande, como solo lo ha sabido hacer la nobleza francesa y la burguesía latinoamericana. Escalera de mármol sólido, altos ventanales, vitrales desde los cuales dejar que la luz del malecón habanero tejiese las ensoñaciones de un Salvador Dalí. Espejos, lámparas, escalera de acceso para la servidumbre, espaciosos salones y un ligero tono de rancia decadencia que, como el vino, no hace más que acrecentarse con los años. Un ejército de sirvientes para mantener en paz este refugio de “orden y progreso”, lejos del ruido, del mal olor, de la “inmoralidad” plebeya.

De haberse concretado el Viaje a la semilla que propone Alejo Carpentier, a buen seguro comenzarían a brotar de entre las baldosas las risas de las damas de sociedad, las pisadas quedas de los hombres de iglesia, y el humo de los tabacos encendidos después de la cena. Moral y buenas costumbres. Una postal habanera inspirada en La edad de la inocencia. La casa, como casi todo en este trópico esquizofrénico, siguió los bandazos de un país donde se han alternado los rebaños de vacas gordas y vacas flacas. Se construyó en un breve interregno de felicidad para unos pocos, aquellos graciosos años veinte en los que nuestra burguesía creyó tomar el cielo por asalto. Después la casa transitó los avatares de las décadas repúblicas y más tarde, con la Revolución, cuando se mató a la vaca y se picó en trocitos para que todo el mundo comiera, lo que era templo burgués pasó a ser casa de todos, dependencia del Ministerio de Educación y después Facultad universitaria. Llegaron los archivos y el no pasarán, la infografía de la Cuba socialista, el otear los cielos desde la terraza del primer piso esperando el arribo de una siempre esperada y postergada guerra contra los molinos de viento.

Aquí he pasado casi 15 años de mi vida, la mitad podría decirse. Llegué como alumno, con la seguridad de que me estaba matriculando en una universidad a la altura de Harvard, de Yale, de Oxford, de la Sorbona. No me equivoqué. Lo poco que sé lo aprendí ahí, incluso la convicción de que todo es relativo, como aquellos muros, tan sólidos y a la vez tan inseguros, no tanto por el golpe demoledor de los huracanes, que puede atenuarse clavando tablones en las puertas, sino por la lenta influencia del salitre, de la humedad, de la bobería, del clima horadante característico de esta parte del mundo, que con paciencia pulveriza aceros y voluntades.

Esta semana impartí ahí mi última clase, rodeado ya por las cajas de la mudanza. Archivos. Computadoras. Algo de mobiliario. Los recuerdos de largas conversaciones sostenidas en cada pasillo, en cada banco. El aprendizaje universitario, más que en las aulas, se produce por contacto, por ósmosis con profesores y estudiantes que tienen algo que aportarte, a veces una idea, otras un libro, un modo de ver la vida, una interpretación del mundo. De ahí que las universidades acumulen más ánimas que los cementerios, espíritus (buenos y malos) que es preciso convocar a que nos acompañen cuando se produce un traslado de este tipo.

Pensé también en aquellos que ya no están, en los que estarán en la nueva sede, en la nueva Universidad que de algún modo está siendo, que de algún modo será, pese a la indolencia de unos constructores que siguen sin entender la belleza. Después, al mejor estilo de un final de película soviética, me puse a cargar el camión de la mudada.



8 comentarios:

  1. Muchos le debemos a esa casa tantas cosas buenas que queda una nostalgia grande de los recuerdos, verla abandonada por los estudiantes es condenarla ,quizá, a otro largo periodo de desolación, saludos profe.

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  2. Esta también fue mi casita, allí vi desde lo más lindo hasta lo más extraño de la gente, profesores, trabajadores jejej pero fueron especiales los años de estudio allí.

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  3. Cuando nos mudamos, por vez primera, de la Facultad de Artes y Letras (para ese lugar del cual ya se van) debimos, los alumnos, y profesores, convertirnos en ayudantes de los constructores. Repusimos y pintamos de verde las tejas. Fueron momentos hermosos como los que describes. De alguna manera hemos crecido hasta el punto de lo que describes en tu blog. Aclaro, cuando me refiero a describir, con cada una de tus palabras. Gracias.

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  4. Salvi, buen epitafio para una Facu que siempre lo será, se convierta en lo que se convierta...

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  5. y a donde se mudaron? que haran con la casa?

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    1. Nos fuimos para el edificio de Bohemia, mejor dicho, para la parte de atrás de la revista, donde antes estaban los talleres de impresión. Todo se acondicionó (se está acondicionando) para una nueva facultad.

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  6. Pues sí, la casona de G es parte del espíritu de FCOM. Habrá que poner mucho para dotar al niuevo local de la vibra que tenía ese y buscarle "una teja". A FCOM le debo mucho. Espero que se reponga al cambio.

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