lunes, 26 de mayo de 2014

La fe

Presencié un bautizo en la iglesia que tienen en mi barrio los Adventistas del Séptimo Día. El protestantismo ha crecido en mi zona como los hongos en orine de perro. La gente se aferra a lo que puede: un pasaporte español, una botella de ron, un televisor Panda para ver el fútbol, y también, por supuesto la comunicación con el Altísimo. Las religiones seculares —desde el culto a la Diosa República de los revolucionarios franceses, hasta el comunismo leninista— no han podido competir con el miedo ancestral a la muerte; no están concebidas para conjurar las desgracias inherentes a la vida humana: el miedo, la culpa, el dolor… La razón no puede manejar el cáncer, el autismo, la esquizofrenia, el destino. Por lo tanto estalla, se desdibuja en sus límites, y deja margen de acción a organizaciones dedicadas a gestionar la esperanza.

Al mismo tiempo, a las religiones seculares —concentradas en el aquí y el ahora, en la supervivencia— se les hace difícil enamorar a la gente con un futuro siempre remoto, aunque enmarcado en el reino de este mundo. Esa humanidad gloriosa que soñó Marx en sus desvelos londinenses, y por la que abogan Greenpeace y los movimientos altermundistas, se torna inaprensible desde estas colinas sucias del fondo de mi barrio de la Víbora; y la gente, que es humana, que ha venido al mundo con una vida breve y jodederas infinitas, busca resquicios de felicidad y evasión. Algunos tocan las maracas y mueven collares en altares que sirven de acceso al complejo panteón afrocubano, otros baten panderetas y gritan aleluyas al Señor.

El barrio, siempre más allá de las fronteras de cualquier cambio perecedero, se ha visto vaciado de instituciones y actores que puedan transformarlo desde la secularidad. En la esquina de mi casa un grupo de emprendedores levantó “un club social” en los primeros años de la década del ochenta, donde la gente se reunía a jugar dominó, ver televisión y dejar correr la vida. Después, con la crisis, se fue convirtiendo en un antro de borracheras hasta que decidieron cerrarlo y convertir el espacio en unas grises y mustias oficinas del gobierno municipal, actualmente en peligro de derrumbe. Lo único nuevo –y medianamente hermoso- que se ha construido en décadas por toda esta zona ha sido el moderno templo de los Adventistas, lo cual explica en parte la fascinación que despierta entre la gente.

Los protestantes, con sus sermones de telenovela, han encontrado el modo de sintonizar con el pueblo llano. En una batalla por la hegemonía en materia de fe que pronto cumplirá 500 años, han sabido apropiarse de los valores de una cultura popular que en esta Latinoamérica nuestra llega al paroxismo. Cuestiones de forma, para bautizarte los católicos te echan un chorrito de agua bendita en la cabeza, pero los protestantes siguen al pie de la letra la historia de Juan Bautista, quien sumergía a los fieles en el río Jordán. Como estamos en el centro de la ciudad, lejos del mar y de nuestro Almendares cochambroso, los Adventistas han levantado en el fondo del altar una tanqueta en la cual sumergen al fiel como símbolo de su paso a la nueva vida.

La gente aplaude emocionada porque un alma más se ha salvado de la eterna desgracia del infierno. Mientras tanto, tan lejos de Dios y tan en Latinoamérica, los carros siguen atronando en la avenida cercana.



No hay comentarios:

Publicar un comentario