lunes, 12 de mayo de 2014

Aguacero de mayo

Me fui de marcha. A las 3 y 30 de la mañana sonó la alarma del teléfono móvil, y yo soñando que estaba en París, como Vallejo, un día de lluvia. Pero de llover nada. Sol. Y bastante el que salió cuatro horas más tarde. El estómago revuelto por el madrugón, y en lo que la vida fue cogiendo forma me puse a mordisquear una galleta de sal de esas que tienen poca grasa, poca sal y poca harina, la antigalleta pudiera decirse, especie de hostia proletaria para celebrar en forma el Día del Trabajo.

Es Primero de Mayo. Cantemos pueblo trabajador. En la Plaza Roja del municipio de 10 de Octubre me espera una flota de guaguas que me llevará, en octubrino y apretado cuadro, hasta el combativo barrio del Vedado. Mientras tanto, unos compañeros gastronómicos (en moneda nacional) se entretienen ofertando pan con lechón -más grasa que lechón-, y unos refrescos instantáneos que saben (literalmente) a mierda. La gente, que es feliz y consumidora, mastica y mastica la grasa del puerco, y baja el pan con la guachipupa.

Atravieso la Plaza de la Revolución entre los últimos. En la fachada de la Biblioteca Nacional han desplegado una gigantografía con la imagen del líder sindical Lázaro Peña, de quien se cumplen 45 años de su muerte. Alguien, a mi lado, confunde a Lázaro Peña, que era mulato, con Barack Obama.

A un costado de la Plaza, en un caserío proletario rodeado de grandes edificios ministeriales, veo a cinco gallos de pelea. Bajo el sol, cada gallo amarrado a una estaca. Cincuenta centímetros entre uno y otro. Lo suficientemente lejos como para no matarse, y lo suficientemente cerca como para odiarse hasta la muerte. Esa tarde, después del desfile, los gallos pelearán por su vida en algún oscuro galpón de barrio, entre el ron y las apuestas. Todavía hay quien se asombra de lo real maravilloso americano.

Ya de vuelta en la casa me espera un almuerzo familiar. Mi vida se parece cada vez más una telenovela mexicana, y hoy mi tía está empeñada en demostrar que el que la hace la paga, que Dios nunca perdona, y que los malos siempre sufrirán castigo. La historia es larga, truculenta y latinoamericana. Una vecina de ella, que mira si fue mala que nunca atendió a sus hijos. Una perra. Peor, porque las perras cuidan a los perritos. Fíjate si es mala que se le murió un nieto y ni fue al velorio. Y ahí la emprende con la tipeja hija de mala madre, puta de la gran puta, que ahora se cayó en la calle y nadie la quiso socorrer, y en este momento está en el hospital cagándose y meándose, y solo la va a ver una sobrina y eso porque es Adventista del Séptimo Día, porque si no…

Tengo sueño y dolor de cabeza. La marcha terminó rápido y bien. La historia de la tipeja cagada demoró más de la cuenta. Hace un calor de agosto y la luz del sol te cocina nada más de verla. Afuera no hay nubes. El calentamiento climático, el hueco de la capa de ozono y el alto costo de los equipos de aire acondicionado son una dolorosa realidad al sur de este mundo.

Por la noche, sin embargo, comenzó a llover. Un aguacero decente, de esos que te dan ganas de salir y bañarte para ponerte hermoso, de esos que le quitan el yodo a los mangos, y así cuando los comas no tendrás cagaleras como la tipa malnacida que está en el hospital pagando sus culpas.

Mientras llueve todo está bien. La paz del aguacero. No hay calor, ni sobresaltos. El agua corre y nos limpia la mierda. Al final salgo al patio y dejo que caiga un poco sobre mí. Es el primer aguacero de mayo.






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