lunes, 21 de abril de 2014

La gracia


Cuenta Alfredo Guevara que su madre estuvo entre quienes presenciaron la entrada del Ejército Mambí a La Habana en los días tristes que sucedieron a la Guerra de Independencia. Las fuerzas mambisas, encabezadas por el Generalísimo Máximo Gómez, entraron a la capital cubana a través de la Calzada de Jesús del Monte, actual Avenida del Diez del Octubre, una arteria a la que canta Eliseo Diego en sus poemas y que Alfredo califica poéticamente “como la de la gracia perdida”.

Todavía en los años finales del XIX la Calzada no había conocido el boom constructivo de las primeras décadas del pasado siglo, la expansión de un eclecticismo entonces suburbano, y la construcción de hermosos palacetes en la cercana Loma de Chaple. Tampoco la posterior decadencia que comenzó a más tardar desde los años cuarenta del siglo XX y sólo ha continuado profundizándose, pasando del daño material, solucionable a golpe de cemento y energía física, a la erosión moral, a la crisis del alma, una herida que tarda siglos en cerrarse incluso si se le pone todo el empeño. Como decía Alfredo, la pérdida de la gracia, la desgracia en sí, que más que arquitectónica resulta espiritual.

Ciertamente, nos cuesta hoy imaginar a la caballería mambisa descendiendo, entre boteros, derrumbes y orine, la pendiente que va desde la iglesia de Jesús del Monte hasta el centro de la ciudad. Ejército de luz el nuestro, altivo pese al final indeseado del conflicto, los mambises cubanos que todo habían visto y por todo habían pasado en aquellos años de lucha en la selva tropical. Cuesta, y muchísimo, ubicarlos en lo que es hoy el contexto de una Calzada, de una zona de la ciudad, triste y decadente, desgraciada.

Cuesta imaginar que un ama de casa con las uñas acrílicas, un adicto al ron “planchado”, una empleada gastronómica de una cafetería de séptima categoría, levanten la vida y saluden con el corazón apretado a los héroes fundadores de la Patria cubana.

Cuesta, y no se trata de un problema de instrucción (probablemente estos habitantes de La Habana profunda tengan todos doce grados de educación escolar); sino que es resultado de una epidemia de nihilismo, de desesperanza, de desconexión con la realidad que les circunda.

Porque la patria, el sentido de amor al terruño, comienza en la comunidad, y si la comunidad está mal, si está sucia, si es desgraciada material y espiritualmente, sus hijos se evaden, se automutilan en espacios de realización intrascendente (el ron, las charlas de esquina, el culto a la guapería y a la cultura barriotera…), y rehúyen de los grandes discursos, de los grandes proyectos, de las metas posibles e imposibles. Asumen así la desgracia como un estado inevitable del alma, una tragedia, un horizonte que no va más allá del derrumbe de la acera de enfrente.

En su antítesis, la gracia podría verse como un estado de ánimo hacia el bien, como una manera que tiene el sujeto de proyectarse e interactuar creativamente con la realidad. Para los creyentes la gracia viene de Dios, piénsese en la oración a la Virgen María, a quien se califica como “llena de gracia” (gratia plena). Pero a la gracia puede llegarse también mediante una vía material: alcanzar un estado de bienestar con el medio circundante, vencer mediante la acción consciente el fatalismo de que lo siempre ha sido y siempre será. Luchar por la felicidad posible en el reino de este mundo. Poner manos a la obra. Actuar.

¿Qué se hace para traer la gracia a esta Habana periférica? Para limpiar de mugre las aceras y los portales. Para cerrar las cafeterías malolientes. Para que el ama de casa emplee su tiempo en algo más productivo que ventilar los asuntos del prójimo. Para que el muchacho descubra que hay un mundo más allá del contén y la moral del barrio.

Hay que refundar. Reescribir el contrato social con La Habana periférica. Crear (soñar no cuesta) una “zona económica especial” de desarrollo suburbano, un espacio por donde empiece un verdadero proyecto de progreso autosustentable. Buscar capitales. Descentralizar la esperanza. Aprovechar (y potenciar) el capital social con el que contamos. Difícil tarea esta de traer la gracia cuando esta se ha perdido. Pero valdría la pena intentarlo.






1 comentario:

  1. Salvador: ese plan de desarrollo especial tendría que venir como la invasión de oriente a occidente, y un poco de norte a sur, pero no cuesta soñar. me encantó tu post

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