lunes, 14 de abril de 2014

Historia


La semana pasada le robé a la bobería cuatrocientas páginas de lectura. Una victoria para alguien que pierde la vida detrás de una caja de azulejos y un metro de piedras para terminar los arreglos de la casa. Vendo mi alma por siete sacos de cemento y, de paso (que la eternidad no es cualquier cosa), por una jaba de papas de esas que trafican los sans-culottes aprovechando las falencias de la distribución normada.

Cuatrocientas páginas de la Historia de Cuba de Eduardo Torres Cuevas y Oscar Loyola. El tomo uno, que va de 1492 a 1898. Por donde comenzó todo: Lo bueno. Lo malo. Y lo regular. Un viaje a los orígenes de la complejidad de la cadena puerto, transporte, economía interna; y también a las fuentes que explican las desarticulaciones en la producción, distribución y consumo de la papa en la Cuba del siglo XXI.

Una ciudad, La Habana, que fue puerto de cueros y putas para forrajear la flota que cruzaba regularmente el Mar Océano. Por la urbe, sin tocarla apenas, pasó rumbo a Europa el oro y la plata americana. Una ciudad, un puerto, una cultura, a medio camino entre el Nuevo y el Viejo Mundo. Una ciudad que siempre mira hacia afuera, que importa más de lo que produce, que a veces olvida al país que la contiene.

Una isla viviendo del contrabando ilegal, amancebándose con filibusteros y otros parias del reino de este mundo, acatando orientaciones de España, pero en la práctica jugando al libre albedrío antillano, a la gozadera. Una élite culta y hermosa, pero con los pies manchados por el trabajo esclavo. Y una esclavitud trituradora de hombres y voluntades, catalizadora del subdesarrollo del cuerpo y del alma, este último, el más difícil de erradicar.

El horror de la esclavitud, el pecado original de una sociedad donde conviven traumáticamente señores feudales y seres humanos tratados como bestias. El racismo como explicación “racional” de la fractura entre blancos y negros. Lo mestizo, mientras tanto, escurriéndose y horadando el muro de la segregación. El miedo al negro, a la haitianización, atrasó un siglo la independencia, que era decir el desarrollo; y cuando llegó, llegó traumada, y aún hoy se está inventando.

De España heredamos el gusto por la vida, el idioma hermoso, la calidez mediterránea que se amalgama con el estoicismo gallego y vasco. También la desconfianza por la modernidad, la hidalguía exasperante, el caudillismo. Las calles de La Habana terminan (o quizás empiezan) en Cádiz y en Madrid, y entre los derrumbes y el eclecticismo las campanas siguen tocando, como hace siglos, la música de una modernidad tardía y periférica.

A lo largo de esos siglos se fundó la patria, ese estado de ánimo hacia el espacio circundante. Decía Félix Varela que el patriotismo es el amor que tiene todo hombre al país en que ha nacido, y el interés que toma en su prosperidad. El patriotismo es por tanto una cuestión concreta, una actitud ante la realidad circundante. A Varela, por cierto, el Vaticano debe probarle un milagro para declararlo santo, el primer santo de Cuba. Los cardenales, en eso de medir santidad, prefieren las sanaciones milagrosas, y olvidan así que el milagro de Varela fue soñar la patria cubana cuando todavía esta no existía.

La patria que es ara (altar de sacrificio), decía Martí, y no pedestal. La patria cuya expresión más concreta es el barrio, la comunidad, los amigos. La patria que, desesperada, lucha a veces contra la basura y la desesperanza; pero también se celebra y reconforta alrededor de una buena mesa, en la primera sonrisa de un bebé que nace. La patria que se impone a la desgracia, y al “no me importa”. La patria que es también comienzo y fin, voluntad de hacer bien las cosas, de contribuir a mejorar el espacio que nos circunda. De Varela a Martí fue naciendo el sueño la República, el horizonte institucional hacia el cual avanzar. La República con todos y para el bien de todos. Un estado de felicidad y de equilibrio para trece millones de cubanos y más. Para todos los que vengan.

Regresé casi diez años más tarde a este texto de historia nacional, a veces utilizado como manual por las burocracias educativas, y otras como un tesoro de luz y comprensión en torno a eso que somos, y en especial a todo lo que algún día podremos ser. Porque el tiempo histórico en la breve escala de la vida humana nos parece eterno, pero quinientos años son tan solo una breve estación en la historia de un pueblo. Nuestro tiempo apenas comienza.







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