lunes, 17 de marzo de 2014

Sobre el muro


La semana pasada estuvieron de visita mis amigos del Yunited. Cuatro años sin vernos. La soledad de una mano que dice adiós a través de un cristal en el aeropuerto. Muros en Facebook. Muros de silencio contra los cuales poco pueden hacer unas rápidas e impagables llamadas telefónicas, o la brevedad de un SMS apresurado. Pensé que el tiempo iba a hacer lo suyo, y la brecha cultural, y la baja concentración de alimentos por centímetro cuadrado de mi humilde Haier. Pero no.

Fue como si ellos nunca se hubieran ido. Como si nosotros nunca nos hubiéramos quedado.

Hablamos cada día hasta la madrugada, y fueron los mismos cuentos de cuando aún estudiábamos en la Lenin, cuando aún el horizonte era infinito y nosotros, Quijotes con la adarga al brazo, estábamos prestos a deshacer entuertos.

Después nos fue separando el Estrecho, la propia vida y el picadillo de pavo congelado. Un muro de distancia y bobería. Pero todo indica que aquello que éramos no lo dejamos de ser. Aún reímos. Aún lloramos. Aún hacemos competencias de eructos, y nuestros hijos y ahijados se ríen sorprendidos de que a los treinta y tantos nos tiremos pedos y hablemos alto, manoteando, como adolescentes.

También hablamos de la cubanía. Dicen ellos que se pierde en la distancia, que la cubanía es una especie de construcción histórica que sólo yo imagino en mis delirios intelectuales. Que ya los cubanos no toman café con leche, ni comen bistec con papas fritas. Y en parte es cierto. Bienaventurada la claria y la croqueta Prodal. Yes, I speak in english in West Palm Beach.

Pero la nación es más que eso, es un estado del alma, un componente que ya no puede desprenderse de la personalidad. La nación no es vulgaridad ni gritería omnipresente, lentejuelas sobre la ropa ecuatoriana, un derrumbe en la puerta del solar, un muro agrietado. Desgracia.

Cuba es un concepto ampliado de familia, una asimilación peculiar de lo latino en el espacio de una isla que siempre ha estado a medio camino entre Europa, África, Estados Unidos y el vasto mundo americano. Cuba se desparrama también en cada rincón emigrante a donde haya llegado un nacional. Está en el cartel de la película Lucía, en el salitre, en el olor de la comida, en los vientos de Cuaresma, en la música, en la humedad achicharrante del verano, en la esperanza y la paz de nuestros breves inviernos.

Por eso, después de cuatro años, mis amigos regresaron para participar de un bautizo (nosotros, que ninguno está bautizado y mucho menos entra a las iglesias), para abrazar a los amigos que hace tanto no ven, para vivir La Habana, la ciudad y el país al final de todas las cosas, de todos los sueños. No sé si eso es cubanía, pero al menos a mí me basta.

Fue una semana feliz. Simple. Una semana en calma. Un paréntesis capaz de horadar el muro que nos separa.








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