lunes, 31 de marzo de 2014

Matices


Estoy celebrando el último frente frío de la temporada. Bajó la temperatura y en teoría la recaudación gastronómica en el expendio de cerveza, ya que no hay tanta demanda como en los días de calor que pronto regresarán. La Habana está hoy como para acompañarla con vino. Así te la empujas más rápido, cola por cola y berrinche por berrinche. El alcohol se encarga de desdibujar los matices que son en definitiva las cosas que hacen complicada la vida.

Porque el conjunto es bueno, hasta feliz si lo enfocas con moderado entusiasmo. Si tienes un techo, un poco de arroz que echar en el plato, la seguridad de que no te van a asaltar cuando suena el celular en la calle, y un mar tan bonito como este, que aún en abril huele a invierno, no necesitas pedirle nada más a la existencia.

El problema entonces es la jodedera, los matices que nos invaden y contaminan. Nos aporrean. No nos dejan tiempo para ser felices, para leer, para ver una película que valga la pena. Para soñar.

Que me lo digan a mí, que llevo tres días arreglando la casa y pienso que son tres años. Trescientos-sesenta-y-cinco-días-multiplicados-por-tres, más un día por el aquello de respetar el bisiesto. El cuentapropismo asume roles copiados de las series de Multivisión y las novelas del cable. Como el contratista que pretendí que me guiara la obra. Yo, que creo que un mundo mejor es posible, pensé que podía hacer una construcción de altura, de esas en la que tú pides un presupuesto, consigues un crédito en el banco, y contratas a alguien para que se encargue del resto. Todo Excel. Todo Power Point. Faltó poco para que el cuentapropista jefe de obra sacara un tablet del bolsillo y revisara las cotizaciones de la bolsa neoyorkina mientras coordinaba el presupuesto. Pero en el hacer, nada de nada, el mismo modus operandi de un albañil de Centro Habana. Que ahora porque eres autónomo vas a upgradear la bobería, y te piensas que yo voy a seguir como el Estado en los días felices de pagarte, y tú hacer como que trabajas. La vieja moral ya no es válida en el nuevo contexto.

Discutí. Me quieres cobrar un horror y no haces nada. Ni quieres negociar con el del rastro los materiales, la piedra, el cemento y la arena. Y nada, que no estás para el tema, que tengo que pensar por ti, machucarme por ti, luchar por ti. Y no. Que no. Que para eso regreso a mi albañil de toda la vida, el guantanamero pichón de haitiano, que no sabrá de Excel ni de trigonometría pero le mete duro a la mezcla. Ya pensaré por él. Seré ahora contratista y quizás me vaya mejor que con el periodismo y la docencia, que si me pongo a soñar ya me veo con el tablet y la cara de bróker de Manhattan.

Y cuando lo despido, soy tan decente que aunque me deja el trabajo a medio hacer, le pago cuanto habíamos pactado, y él, todo profesional me dice que no, que falta dinero, que aunque no estaba contemplado en el Excel, él chapeó el patio, y le dio pisón al relleno del portal. Y yo le quiero decir que aunque no estaba planificado en el Excel, yo lo voy a mandar para el carajo. Pero nada digo, pero como me estoy volviendo malandro no le doy ni un centavo más. Porque no lo tengo, y porque no me da la reverenda gana de que me sigan jodiendo. Los vecinos y el cobrador de la luz. La funcionaria del carné de identidad y el taxista. Los matices.

Jodederas lanzadas al viento, como el polen en estos días de Cuaresma. Llegó la papa al agromercado de mi barrio. Y mi tía, que es colera profesional y tiene a su haber un doctorado en racionamiento prolongado, entró rauda y compró las diez libras que le tocaban. Y al salir marcó nuevamente en la cola, y aún tuvo el descaro de tocar en la casa de un vecino cuya puerta colinda con la del agromercado, y cuando le abrió el desconocido le preguntó si tenía teléfono, y sin darle tiempo para procesar le pidió llamara a su hermana, y le dijera que fuera para allá corriendo mientras ella se quedaba “rotando” en la cola. Dice mi madre que sintió dolores en el pecho porque la gente se batía por la papa con un entusiasmo que sólo conoce nuestro pueblo. Para la cola fueron los cuatro, mi tía, mi madre, mi padre y la ciatalgia que lo acompaña desde hace una semana. Eso sí que es imponerse a los matices. Banderas y jabas de papa al frente. Luchar y vencer la batalla de la papa, la ciatalgia y dolor en el pecho.

El cambio de mentalidad del que tanto hablamos pasa precisamente por acabar con los matices. Desentorpecer cuanto entorpece. Comer papa… pero sin lucha. Reparar la casa… pero sin tanta bobería. Sé que sueño con ver nieve en La Habana, pero para eso están los sueños, para avanzar. Si no para qué…







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