jueves, 13 de marzo de 2014

El marcapasos


55 años de construcción socialista. Una revolución de los humildes, por los humildes y para los humildes. Paso a paso. Acción por acción. Algunos de los que no eran humildes trabajando por los humildes que ya tanto no lo son. Los huecos para sembrar el café en el cordón de La Habana. Los cortes de caña bajo el sol machacante de la plantación caribeña. Organopónicos y batallas en contra del mosquito agente trasmisor del dengue. Escuelas al campo y en el campo. Crítica a la moral burguesa. Filosofía de la praxis. Mucha praxis, toda la que quieras, y después hablemos en serio a la hora de la siesta. Y también, porque estamos en Cuba, la gozadera de vivir cada día. Porque una revolución tropical tiene mucho de Jean-Paul Marat, que murió latinamente en una bañera, y muy poco de Robespierre, serio y avinagrado hasta para ir a la guillotina. Agitemos esas banderas, y de paso, como quien no quiere la cosa, miremos el culo a la mulata que está subida a la tribuna.

Pero también hay que sobrevivir. Se sobrevive sobreviviendo. Trascender el no hay, masificar el invento. Te doy una bicicleta por un puerco. Vendo tartaletas. Alquilo un cuarto. Aquí te traigo este par de zapatos para que le cosas una suela nueva. Sí, una fabricada con la cámara de repuesto que tenía para la bicicleta que cambié por el puerco. No volverán. Hijos de puta. Que no vuelvan. Pero que manden algo de vez en cuando, para que sepan que los recordamos, para que sepan que son importantes.

A veces, entre tanta ambivalencia, el corazón se descompone. El corazón debe ser como la bandera de Brasil: orden y progreso. Pero no es. Imposible pedirle a un corazón cubano que lata como si fuese discípulo de Augusto Comte. Aquí todo es locura. Se llega tarde a la vida y tarde también hay que salir. Siéntate a mi lado, ¿quieres café? ¿Y un roncito fuerte? Cualquier cosa para pasar esta tarde de verano. Y la siguiente. Y la siguiente. Y todos los veranos al sur de este mundo. Porque no hay más nada. Y si lo hay, ya no quiero ni enterarme.

El corazón se cansa de latir acompasado. El medio ambiente se lo impide. Recordar aquello de que somos seres bio-psico-sociales. Para hacer las cosas en forma está la infantería en los desfiles militares, y la comparsa de Regla en el carnaval de La Habana. Sí, en La Habana hay carnaval. Lo demás es a la my love, a la como sea.

En algún momento de la película te detectan bradicardia, te abren un piquete en el hombro izquierdo y te insertan un dispositivo electrónico japonés que logra aquello que no se ha conseguido en décadas de planificación socialista: hacer que el organismo funcione como la relojería suiza, que el corazón lata como tiene que latir, que la sangre fluya como tiene que fluir, y que tú, de paso, te sientas un poco más joven, un poco más cuerdo, un poco más con ganas para seguir abriendo huecos para matas de café, para tomar las armas y arremeter contra los molinos. Ahora eres un ser bio-psico-social… y tecnológico. Dentro de poco los marcapasos tendrán bluetooth y cuando el cable que salió de la Guaira venezolana llegue a la casa, el marcapasos se conectará a la banda ancha y podrás descargar videos de YouTube mientras duermes.

Porque te dan un chance. Un chance para disfrutar de los atardeceres. De la risa. De la buena comida. De los buenos libros. De las películas. De la conversación. De la pelota. Para relativizarlo todo. La política. El sexo. Las grandes certezas. Los diluvios. Los castigos en general. Las pequeñas ambiciones. La mezquindad humana.

Pero así y todo el corazón es cubano. Tendrás la pinta de un Cristo crucificado a quien la guardia romana, por joder no más, clava una lanza en el costado; pero esto es Cuba, donde nada es para tanto, ni un marcapasos, ni la historia, ni uno mismo. Y te quedas tranquilo, muy tranquilo, contemplando la película que pasa, con tantas pausas y tan pocas prisas, desde este delirante y polvoriento suburbio habanero.






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