martes, 4 de marzo de 2014

Comiendo (en moneda nacional)

Comiendo (en moneda nacional)

Me fui a almorzar al restaurante La Pelota situado en la esquina de 23 y 12, en pleno corazón del barrio habanero del Vedado. En lo que traen la carta contemplo los vasos que están ya dispuestos sobre la mesa. Cristal barato (eso es lo de menos) el problema es el churre acumulado en su superficie a lo largo de dos décadas. La última vez que esos vasos conocieron el detergente, todavía Checoslovaquia era un país soberano con asiento en las Naciones Unidas. Con la grasa acumulada en las paredes de ese vaso se podría alimentar a una familia de esquimales todo un invierno. Bastaría con hervirlo una y otra vez…

Lo siento. Así no se puede. Cruzo la calle rumbo a la pizzería Cinecitá.

Ciento y pico de personas en una cola que se mueve con la lentitud de una Oficina Municipal de la Vivienda. Una cola bajo el sol tropical de febrero. No lo aguanto. Cruzo hacia el restaurante en moneda nacional de la acera de enfrente.

-Compañero, no tenemos gas, así que hoy no abrimos.

La empleada que me informa tiene cara de cumpleaños. Hoy no trabajará… y para lo que le importa a ella… Haga lo que haga, cobrará un salario. Venda lo que venda, robará. Su ganancia no está en la propina sino en lo que “lucha” cada jornada, desde aceite hasta postas de pollo congeladas.

Sigo hasta el Castillo de Jagua (calle 23, esquina G). Están funcionando… pero mientras dan servicio arreglan la puerta del local de modo que el aire acondicionado lo tienen desconectado. Almorzar en un restaurante hermético con la climatización apagada es como estar metido en un P11 (transporte público) en pleno horario pico. Imposible. Sigo hasta El Cochinito.

Me traen una carta variada, compuesta por más de diez platos.

-Pero compañero –aclara la compañera dependienta –lo único que está saliendo es el cerdo asado.

-¿Y con qué viene?

-No. La guarnición la debe pedir aparte.

-Bueno, me trae un arroz moro.

-¿Una ración nada más? Mire que son pequeñas… -y bajando el tono) -muuuy pequeñas.

-Bueno, me trae dos. Y también me trae tostones, dos raciones de tostones, por si acaso son pequeños.

-No compañero, no hay tostones, lo que estamos ofertando es plátano hervido.

Sin comentarios. Para comer plátano hervido me voy a Haití a cortar caña. Me levanto y salgo corriendo, espantado, de allí. Prefiero no almorzar.

Si algo no funciona. Si algo nunca ha funcionado. Si algo indica a todas luces que nunca funcionará es nuestro sistema de gestión de la gastronomía estatal. Podrán escribirse cartas de protesta en el Granma de los viernes. Podrán los funcionarios y las administraciones rasgarse las vestiduras y decir que ahora sí, que se situaron los recursos, que los compañeros se comprometieron, que todos dan su paso al frente, o su paso al costado, o un brinco al cielo si también se quiere.

Pero que no. Que no. Que eso no funciona. Que es una mierda. Que pueden botar a todos los administradores. Que pueden fusilar como escarmiento a los jefes de almacén, y embrear y cubrir de plumas en plena calle 23 a todo el personal de servicio. Pero los que vengan volverán a hacer la misma porquería. Y los vasos nuevos se llenarán de grasa. Y el arroz moro siempre estará recalentado. Y el aire acondicionado no funcionará. Y comer en un restaurante estatal habanero seguirá siendo un tormento.

El tema no es que el restaurante sea estatal o privado, que venda en moneda nacional o en moneda libremente convertible (se puede contagiar la mugre al cuentapropismo, y la desgracia se transfiere sistemáticamente al universo en CUC). McDonald’s, una de las compañías más exitosas del mundo (crítica aparte a la comida chatarra) debe tener a su junta directiva en algún lugar del universo primermundista, pero funciona con precisión suiza hasta en el más oscuro pueblito de Suramérica. Se trata de la gestión, del modo en que se organiza y controla el trabajo. La gastronomía no se construye a base de consignas y saltos adelante. Tampoco con verticalismo, con recursos que se sitúan desde arriba, centralizada y planificadamente. Hay que darle espacio a la iniciativa. A la participación. Empoderar el espacio local. Brindar soluciones puntuales a problemas particulares.

Si es así, acabemos de constituir las cooperativas, acabemos de socializar la propiedad. Responsabilicemos al gerente con lo que vende, démosle parte de la ganancia. Desinfectemos vasos y voluntades. Acabemos con una cultura asentada en décadas de bobería y maltrato. Acabemos de una vez con esa Cuba atrasada y vertical de “usuarios” y “dependientes” que parece sacada de lo más profundo (y retorcido) de una postal soviética.

3 comentarios:

  1. La gestión, un excelente punto. Pero la gestión no puede desligarse del sistema socioeconómico, aseguran los libros sobre management. Luego, la eficacia de McDonalds --aunque no sea el mejor ejemplo-- solo es posible en el capitalismo. Implantar un sistema de gestión eficaz y eficiente en un país "socialista", radicalmente ineficaz e ineficiente... pura fantasía. Lo siento. Incluso los mejores restaurantes de La Habana no son ajenos a la "contaminación".

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  2. Si te contara aquí en México la miseria de salario que ganan los empleados de McDonalds, la explotación laboral a la que son sometidos y las nulas prestaciones... Ah eso sí te atienden rapidísimo en chinga..

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  3. Salvador, no entiendo esta frase: "todavía Checoslovaquia era un país soberano con asiento en las Naciones Unidas". A mi país lo lo invadió nadie, en 1993 surgieron 2 países herederos ambos con asientos en la ONU. Har.Megido

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