lunes, 17 de febrero de 2014

Marquesitas


Amanece una semana más. Mi padre empeñado en conectar el motor del agua a las 4 y media de la mañana. Por más que le digo, no hay modo que entienda que sólo la tercera edad, los curas y los locos comienzan la jornada tan temprano. El resto de la humanidad proletaria duerme. Pero no hay modo que entienda, y el tanque finalmente se bota y la mitad del barrio despierta en plena madrugada pensando que les llegó el diluvio universal.

Anoche estuve celebrando un cumple y hablando boberías hasta la medianoche con los amigos. Hablando de lo que se habla: que el CUC está perdido, que el tiempo no alcanza, que deberíamos montar un negocio de lo que sea. Fascinación con el emprendimiento cuentapropista para al final regresar al mismo punto: que no hay modo, que no se nos da, que si naciste tarado para el negocio tarado te quedas.

Porque de poder, podría ponerme a botear. 10 pesos de la Víbora al Vedado. 20 CUC por un viajecito al aeropuerto. Cargarle la paquetera y los cuentos al que viene de Mayami. Comprar un almendrón y enrollarme en el brazo una media de señora para que no me queme el sol cuando desande por las calles de La Habana. Gritarle comepinga al colega botero que se me coló en el semáforo, y decirle al policía que me ayude, que yo lo ayudaré, cuando me quiera poner una multa y pretenda subirme más puntos en la licencia de conducción.

Podría también (soñar es gratis) abrir una cafetería en el portal de mi casa. El café y el refresco instantáneo a peso. Marquesitas y tartaletas a tres pesos. Y croquetas, muchas croquetas, para interrumpirles el tracto intestinal a los borrachos de mi barrio, a los jubilados y a la gente del contén. Nada de cafeterías cinco estrellas en este rincón de Lawton. Para cosas chic están el Vedado y Playa, donde las nuevas cafeterías imitan a Starbucks.

Hablando de marquesitas, este 14 de febrero pusieron en la Mesa Redonda el documental que hizo una amiga sobre el juego de pelota entre Fidel y Hugo Chávez. Resulta que estuve ahí, que soy historia, una pequeña nota al pie (es evidente) pero parece que algo he vivido. Veinte libras menos, el mismo tamaño, un poco más tímido, muchísimo menos desencantado de la vida. Estudiaba en la Lenin y me llevaron a ver el juego en el Estadio Latinoamericano. Por más que trato, no recuerdo ni un solo detalle del partido, me veo tirado en una grada comiendo marquesitas, las marquesitas mejores del mundo. Compramos una caja, una caja entera para 6 ó 7 adolescentes sin nada mejor que hacer que gritar y comer marquesitas. Terminé con las mejores cagaleras del mundo, unas cagaleras generales e integrales como los maestros instantáneos que nos llegaron unos años más tarde.

Nunca he entendido ni entenderé nada de pelota, ni de boteo, ni de gastronomía, pero sí de marquesitas, que no serán las magdalenas de Marcel Proust, pero tienen la misma capacidad de devolver sensaciones, para traerme recuerdos felices, para comenzar con buen pie la semana, otra semana en la que mi padre se encarga de despertar a los vecinos a las 4 y media de la mañana.





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