lunes, 3 de febrero de 2014

La estera


A Sísifo lo castigaron los dioses a pasarse la vida arrastrando la misma piedra hasta lo alto de una montaña. Cuando estaba a punto de terminar la agotadora tarea, la piedra rodaba por la ladera y el condenado debía comenzar nuevamente su labor. Toda la eternidad consagrada a la bobería. Sólo un feriado de vez en cuando, como por ejemplo el día en que Zeus conmemoraba la victoria de los Olímpicos sobre los Titanes, en las que iba Sísifo (con su piedra a cuestas) a desfilar en el Ágora.

El mito de Sísifo podría representar la búsqueda de la completa sabiduría por parte de los seres humanos, la cual -por mucho que se intente- resulta siempre inaprensible. Pero la leyenda simboliza también la vida en sociedad, el modo en que se emplea nuestro breve paso por la tierra, el tiempo que dedicamos a realizar labores absurdas, monótonas, que exigen mucho y nada aportan.

Es lo mismo que correr por la estera de un gimnasio. Por mucho que te apresures no llegas a ninguna parte, y si te detienes sales disparado al suelo. Es complicado romper la inercia, reinventarse. En eso se va la vida.

Ahora son las seis y media de la mañana, y estoy viendo el amanecer desde un parque polvoriento del centro de la ciudad. Hace unas décadas estaba aquí la Plaza del Vapor, una manzana dedicada al comercio parecida al Mercado de Cuatro Caminos. Después hicieron un parque, llamado del Curita en honor a un mártir de la lucha contra la tiranía de Fulgencio Batista.

En la esquina, cruzando como quien se dirige hacia el apuntalado Palacio de Aldama, una travesti regresa de su ronda nocturna. Es alta, medirá un metro con ochenta, y me pregunto cómo podrá haber pasado la noche metida dentro de un vestido tan apretado, y sobre todo montada en unos tacones que parecen salidos de una película de Almodóvar. Luce cansada.

Más allá, hay un viejo está cargando con dos sacos de latas vacías que cambiará en una tienda de reciclaje. La gente corre ya para el trabajo, la ciudad lentamente va tomando cuerpo, los habitantes de la noche se esconden de la luz y son reemplazados por un infierno de niños con pañoleta, madres gritonas y vendedores de maní tostado.

Al fin llega mi guagua. Me espera un día largo, igual a otros muchos y largos días en los que uno se esfuerza al máximo y lo único que logra es mantenerse en pie. Sobrevivir. Luchas la croqueta y el picadillo de pavo. Lo das todo el domingo en el agro y te lamentas por la libra de tomate a diez pesos. Pero el horizonte termina ahí, en el picadillo y en el tomate, en el que sacaron detergente en la tienda de la esquina, en el contar los centavos, en el no mirar los baches ni los balcones apuntalados, en el seguir adelante. Adelante.

Mientras tanto, me encantaría hacer una pausa y enajenarme, olvidarme un rato de que la vida es lucha; pero el presupuesto no alcanza para conocer el nuevo restaurant que abrieron en la esquina del trabajo. La Serie del Caribe y la telenovela son gratis, pero no basta, tampoco las series del paquete. Como Sísifo, sigo arrastrando la piedra. No hay más nada.






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