lunes, 10 de febrero de 2014

Conducta

¿Qué podríamos hacer para devolverle la felicidad a los habaneros, a los habitantes de la ciudad profunda? ¿Bastará con silbar, como recomendaba Fernando Pérez? All you need is love. Cierto, pero tampoco somos hippies como para pasárnosla de campamento en el parque polvoriento de la Virgen del Camino, o montar un Woodstock en el diente de perro de Alamar. Hace falta una carga de esperanza, que nos toque la gracia, ese hálito (divino y terreno) que llega a veces al alma, se instala, y nos convence, con hechos, de que todo tiempo futuro habrá de ser necesariamente mejor. Que estamos remontando la cuesta, que después de la viga y la loza cuarteada llegará el techo de hormigón, que cesarán de una vez las filtraciones, que se recogerá la basura y se plantarán flores en cada parque y en cada avenida, que no es quimera que la cancha deportiva del barrio esté iluminada en las noches, que la actualización del modelo económico se materialice en mi bolsillo y en mis esperanzas, que no se despedirá a ningún otro amigo o familiar en el aeropuerto para un viaje sin retorno, que el diálogo y la participación se impondrán al silencio; y la comprensión y el respeto mutuo a la violencia física y verbal, a la intolerancia.

Conducta (2014), el más reciente filme de Ernesto Daranas, me ha obligado a soñar y a sufrir con el país y la sociedad en la que vivo. La historia se desarrolla en una de las zonas más humildes de La Habana, el territorio desgraciado que circunda la terminal de ferrocarriles. Allí el Chala (Armando Valdés), un niño de once años, sobrevive entrenando a perros de pelea mientras su madre (Yuliet Cruz), alcohólica y drogadicta, vive en un limbo de prostitución y barbarie. Sólo la maestra de la escuelita del barrio hace algo por romper el esquema de marginalidad y ruina que aplasta al Chala.

Con décadas de experiencia docente, Carmela (Alina Rodríguez) sabe que sólo el amor puede ser capaz de transformar una vida condenada de antemano al infortunio. Su familia acaba de abandonar el país, ella misma ha sufrido un infarto cardiaco, los funcionarios del ministerio de educación la quieren pasar al retiro debido a su actitud contestataria; pero Carmela se impone, sigue luchando, y su lucha es la de los habaneros en pos de toda la felicidad posible, la felicidad que merecemos, la necesidad impostergable de dar lo mejor de cada uno en la transformación del espacio que nos circunda, el no rendirse ante una realidad que en ocasiones acogota y destruye.

La cinta se adentra en una sociedad profundamente compleja, marcada por la crisis de algunos de los valores que sustentan a instituciones como la familia y la escuela; crisis entendida en su sentido gramsciano como una etapa en la que valores y cosmovisiones han perdido sentido, y aún no han surgido nuevos referentes que los reemplacen. La crisis es una etapa de cambio, de reconfiguración espiritual, de búsqueda de soluciones a problemáticas de nuevo tipo. Quizás eso hace el filme con la continua referencia a la Virgen de la Caridad del Cobre como patrona de todos los cubanos, el recurso espiritual al que se aferra Yeny (Amaly Junco), la mejor estudiante del aula, quien debe abandonar la ciudad y regresar junto a su padre (Héctor Noa) a su Holguín natal por no contar con los papeles requeridos para vivir “legalmente” en la capital. O la actitud iconoclasta de Carmela, quien se atreve a retar “lo establecido”, el eterno recurso al que apela una burocracia inmovilista para dar respuesta a problemáticas que precisan de soluciones novedosas, de implicación real, de empatía.

El cine, quizás como en ninguna otra parte del mundo, sigue siendo en Cuba un espectáculo de masas, de hecho las salas de proyecciones por su tamaño y afluencia de público recuerdan los grandes palacios cinematográficos de la edad dorada del séptimo arte. Los cubanos disfrutan de la producción nacional, participan activamente en la exhibición de los filmes, logran establecer con el producto artístico un diálogo que en la mayoría de los casos trasciende la obra en sí. Conducta, con su actitud valiente y apasionada a la hora de problematizar la sociedad cubana, aporta oxígeno a un arte cinematográfico que a lo largo de las últimas cinco décadas nos ha mostrado las luces y las sombras de una nación que aún se construye. La cinta ha logrado despertar la pasión del público, y el apasionamiento es siempre antídoto contra la desesperanza, contra el recurso fácil del nihilismo.

Algunos de seguro le achacarán al filme su impronta naturalista, la voluntad por presentar las aristas más sórdidas de este país, por contraponer una visión pesimista a la realidad bucólica que comúnmente presentan otros medios de comunicación. ¿Por qué siempre reflejar la desgracia, la decadencia, el desencanto? Porque para eso también está el arte: para vernos en lo más profundo y así imaginar cómo queremos ser, para soñar escenarios futuros donde las palomas del Chala vuelen sobre una ciudad refundada en materia y espíritu. Para silbar (como Fernando Pérez) por una Habana mejor.






1 comentario:

  1. Profe Salvador, excelente su comentario. Ojalá en la prensa periódica impresa las personas sin internet pudieran disfrutar de sus textos.
    Saludos, Alejandro Madorran
    Mire las fotos que estaba haciendo en el parque Mónaco: http://periferiablog.com/

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