lunes, 13 de enero de 2014

Moscas

Moscas

La cosa (siempre la cosa) se empezó a poner mala en el verano del ‘91. Comenzó el “período especial”, una etapa que de “especial” lo tenía todo, menos la magia. No hay poesía en la desgracia, y si alguien se la encuentra se la regalo enterita. Buda alcanzó el nirvana con el estómago lleno. La Unión Soviética se fue desdibujando y con ella las caravanas de mercaderes que llegaban desde el oriente del mundo.

Terminaban los Juegos Panamericanos y mi abuela moría en una habitación triste y calorosa de una Habana que estrenaba apagones y otras malaventuranzas. La enterramos junto con el CAME, y ese mismo año despedimos a mis primas que partieron hacia España. Y a muchos de los amigos de mis padres. Y muchos de los amigos de los amigos de mis padres. Después, en el ‘94 terrible, se fueron las balsas mientras Willy Chirino, Fukuyama en plan salsero, anunció el fin de la historia. Se equivocó.

Todo cambió rápidamente. Se terminó la buena con el sol de los años ochenta. Una década burocrática, embobecida ante la hermandad del bloque comunista. Inmóvil. Sin embargo, había certidumbres (no lo sé a ciencia cierta, era un niño) pero percibía un horizonte claro en los dibujos de la revista Misha. Mi primera maleta escolar era rusa, igualita que la de un pionero soviético de seguro llamado Kolia o Mijaíl. Después, ya en plena crisis, mi tía-abuela se encontró diez dólares americanos en el fondo de un viejo abrigo de cuando fue a Nueva York antes de que se rompieran las relaciones con los gringos, y con sigilo (todavía entonces el dólar estaba penalizado) mi madre lo contrabandeó por una mochila de las Tortugas Ninja en la diplotienda.

Llegaron las vacas flacas a nuestra pequeña y artúrica islita caribeña. La Habana, con el transporte público en mínimos históricos, se fragmentó en pequeños feudos. Ir de la Víbora al centro de la ciudad podía tardar todo un día, así que mejor no hacerlo. Cuánta mierda. El calor pegajoso del verano. El farol apestado a kerosene. Las paredes blanqueadas con cal. Agua con azúcar. Pan de la bodega. Ahorra el lápiz, ahorra la tinta, ahorra el papel, ahórralo todo, que todo tiene que durar: la pelota y los sueños, los limones del patio, los zapatos, y los recuerdos. Remienda Pega. Cose. Los días idénticos, todo tiempo pasado necesariamente mejor, ¿te acuerdas que antes de la crisis vendían dos pollos por quince pesos? Del futuro no se habla; hay que vivir, el hecho simple de ser era ya una victoria. La pereza. El desánimo. La locura. Los Testigos de Jehová haciendo su agosto. La santería batiendo tambores por todas partes. La música salsa. Mueve el culo y olvídate de todo lo demás.

Los domingos iba con la familia a la candonga, una feria popular donde la gente compartía sus pequeñas desgracias. Muñecas de trapo, libros viejos, faroles artesanales hechos con el cristal de los tubos fundidos de luz fría. Era como el mercado de una aldea medieval, se intercambian chismes y porquerías. A veces nos íbamos también al campo en el ya destartalado Moskovich y hacíamos economía de trueque: una bicicleta por un puerco, un radio por medio saco de frijoles…

En el lobby del ministerio donde trabajaba mi tía repartían cada mañana cocimiento azucarado de hojas de naranja, hasta que alguien aseguró que podría ser cancerígeno. La gente, que iba en bicicleta al trabajo, protestó ante la pérdida de su cuota de glucosa en sangre y hubo que sacar rápida a la caña-santa y al romerillo, y continuar con la práctica de la infusión matutina que restituía fatigas y levantaba voluntades. Abrieron hamburgueserías en toda la ciudad. Una jarra con refresco de cola y un pan con algo que sabía a carne. A veces a mis padres le daban un ticket por el sindicato, y para allá íbamos a darlo todo al mejor estilo de una familia proletaria norcoreana.

Un día fui con mis tíos pedaleando hasta Expocuba. Una experiencia sólo comparable con la de subir el Pico Turquino, la altura mayor de la isla, sólo que cuando llegabas al fin del mundo de Expocuba te vendían a un precio módico un pollo frito y una jarra de refresco de cola. Había que atravesar media ciudad, parábamos de vez en cuando para tomar agua y secarnos el sudor. La Habana, mientras tanto, estrenaba carretones de caballo y los puercos hacían vida en las bañaderas de los edificios multifamiliares.

Lo mejor de todo eran las moscas. Siempre las moscas (todavía el Aedes Aegypti no las había destronado en el hit parade de los insectos jodedores). Parece que era la caca de los polleros, o la caca de los puercos, o la basura acumulada, o las flatulencias que lanzaba uno mismo al procesar la masa cárnica, el perro sin tripas y el yogurt de soya. Los noventa fueron la edad de las moscas, las recuerdo en todas partes.

Y la gente, entre las moscas, se acostumbró a vivir como podía. Un primo mío se casó con una canadiense y pude entrar a la primera juguetería en área dólar. Desde el deceso de las tiendas “Amistad” no sabía lo que era el consumo. Me compraron un robot japonés, todo un portento para una generación criada viendo una y otra vez el mismo capítulo de Voltus V.

Los sociólogos comenzaron a hablar de una pirámide social invertida, mientras que los carniceros y los malandros de este mundo, que nada sabían de marxismo-leninismo y mucho de moral pequeñoburguesa, se apropiaron del capital simbólico. Otros se refugiaron en la literatura (por ahí anda el realismo sucio y la generación de los noventa), mientras que algunos lograron filmar las imágenes más bellas de un país en crisis (sobre todo Fernando Pérez con Madagascar, una de las joyas del cine cubano contemporáneo).

El resto sobrevivió como pudo. Sigue sobreviviendo. Porque lo bueno, lo irónico, es que los años ochenta terminaron para todo el mundo al mismo tiempo (la crisis llegó y acabó con el mundo que éramos, con el mundo que pudimos ser), pero los muy cabrones noventa, para algunos ya perdidos en la noche oscura de los tiempos, de vez en cuando te sorprenden cuando abres el Haier o caminas por algunas avenidas de la Habana terrible.

Hay épocas que, simplemente, se resisten a dejarnos en paz; ocurre lo mismo que con las moscas, que por mucho que las espantes siempre regresan a zumbarte en los oídos.

No hay comentarios:

Publicar un comentario