lunes, 20 de enero de 2014

El popó de Dios


Dios se desestresa los viernes por la tarde. Aprovecha que la gente está demasiado cansada del trajín de la semana como para ponerse a pecar en serio, porque lo que es la cópula, la gula insana, y el desearle al prójimo hasta lo inimaginable (mujeres, maridos, teléfonos inalámbricos y televisores LED…) ya como que el Altísimo se lo tiene superado: con esta humanidad gozadora y consumista no hay arreglo. Así que Dios se concentra en freír en aceite a los grandes pecadores (asesinos, ladrones, vendedores de carne de res y ropa importada ecuatoriana) que ya con esos bastante tiene para hacer que el infierno parezca una película de Lars Von Trier.

El Creador se sienta entonces en su divino inodoro, abre el Granma del viernes (más abundante en páginas que el resto de la semana) y comienza a leer por la sección de cartas de los lectores. Dios mismo escribe de vez en cuando bajo el seudónimo de J. C. Divino, un compañero que se preocupa por el bacheo de las calles, las inconsistencias en el suministro de pasta dental y desodorante, o la mala calidad del pan. Al Supremo le complace saber que sólo Él, eterno entre los eternos, podrá ver en algún momento resueltas semejantes cuestiones que acompañan la vida diaria y recuerdan a los mortales cuán complejo es lograr la total felicidad humana. Mientras tanto, mucha oración, mucha humildad, y mucho poner los ojos en blanco, que todo llega, que quinientos años de civilización latinoamericana no son nada, y que de seguro en el próximo milenio acabará de perfeccionarle la cadena puerto, transporte, economía interna.

Dios es paciente (tiene toda la Eternidad para hacer popó) y el Granma demasiado breve, así que la deposición continúa con diez o veinte páginas de Ana Karenina en formato bestseller de Ediciones Huracán, que el Altísimo, previsor entre los previsores, mantiene siempre apolillándose sobre la repisa del baño. La literatura decimonónica lo relaja, la hicieron para ser leída en interminables noches de invierno, sin telenovelas surcoreanas y series del paquete, y el autor te habla constantemente con invocaciones al estilo de “querido lector”, que más que una novela te estás leyendo el prospecto complaciente de un jarabe contra la tos, o algunas de las entradas más interactivas de la Biblia. Porque Dios es así de tradicional. Para música, la ópera italiana y los himnos sacros, nada de Shakira moviendo el cucú al ritmo del Waka Waka o de Laritza Bacallao sonando los tambores. Para carros, el Lada soviético, que está hecho como ninguno para soportar los baches que te presenta la vida y salir del hueco como si nada hubiera pasado. Y con las mujeres, lo que debe ser, una esposa que te prepare el baño, te ponga agua de violetas en el cuello, te haga la cena, y de paso se siente a tu lado para verte comer y preguntarte cada tres minutos si la salsa del pollo quedó buena.

Entonces tocan a la puerta y Dios se impacienta. María no está para abrir, anda persiguiendo a un carretillero que sacó la libra de tomates a siete pesos, y la señora que ayuda no viene los viernes. Es el cobrador de la luz que chilla como un puerco desde la puerta para que le paguen el gasto eléctrico mensual.

—Me cago en Dios, que no lo dejan a uno en paz.

El Creador se autoblasfema. Cierra el libro. Termina. Descarga y sale con tres billetes de Calixto García a pagarle al condenado. Mientras tanto, el popó de Dios comienza a escurrirse lentamente sobre La Habana en invierno. Está lloviendo. Y el que huele la lluvia que resbala feliz entre los techos siente un ligero olor a tierra mojada, a violetas, y a la salsa del pollo que cocinó María, que anoche le quedó buenísima.



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