domingo, 5 de enero de 2014

El olor de mi país

Mi país comienza y termina en el malecón de La Habana. En el principio está el mar, las olas y el diente de perro que nos contienen de toda mácula, que nos ciñen a nuestra condición de isla, totalidad rodeada de mar. Microclima y  micromundo. Domo atlántico. El malecón no huele a barco y a pescado como si se tratase de la intimidad de una bahía de bolsa, ni tan siquiera tiene el aroma dulzón de la plataforma insular, mitad langosta y mitad alga marina. El malecón es una construcción titánica, un finisterra, y todo él es sal y profundidad acuática, yodo, salitre y misterio que se te mete en los pulmones y te atrapa por siempre en un abrazo de cubanidad. 
 
Los habaneros sueñan y añoran el malecón en donde quiera que se encuentren. Es un lugar a donde regresar al final de la vida, o donde al menos hacer una pausa y tomar aliento para seguir adelante. El malecón es una frontera entre la civilización y el apocalipsis. Rascacielos pasados de moda junto a cuarterías cuya podredumbre se acumula desde la época colonial. Todo mezclado. Como siempre en América Latina. La mejor novela de Balzac que nunca se escribió. La vieja ciudad creciendo hacia el Vedado y terminando en la luz de Miramar. Y al oeste, muy al oeste, el nuevo puerto del Mariel y la nueva esperanza, la otra ciudad que un día crecerá, que debe estar creciendo.

Los turistas vienen aquí a oler el país que se han inventado. Un paraíso donde flota el aroma recio y vital de las mulatas y los mulatos sin camisa que toman ron y juegan dominó en las esquinas. La capital del proletariado caribeño, la ciudad que se rinde al derecho a la pereza, la utopía de Paul Lafargue. El país de los turistas huele a tabaco Cohíba, a humidor recién lustrado, y al agua de violetas que se echan las mulatas en el cuello; y también al olor ácido y dulzón de las mujeres de la calle, de los pingueros en las discotecas, de los buscavidas de todo tipo. En una semana el turista cree que lo olió todo, y no se da cuenta que sólo está comenzando.

Porque mi país, el otro, el idealista y dialéctico, se extiende inmenso al sur de las cosas. Cuba, pese a lo que nos enseñó el marxismo, es una construcción mental siempre en contraposición a la “realidad objetiva”, a las bases materiales, a la relación histórica entre fuerzas productivas y medios de producción. Ni agricultores. Ni marineros. Ni tercermundistas. No huele como Puerto Príncipe ni como San José. Tampoco como París o Nueva York. Es el olor de Cuba. Racionalidad en la sinrazón, lúcida locura. El Quijote leyendo a Augusto Comte, o Comte leyéndose al Quijote. Y al mismo tiempo, igual que el aroma intenso de un sofrito que invade la habitación, están Voltaire, Rousseau, Miguel de Unamuno, Francisco de Miranda, Bolívar, Franklin, Hamilton, Félix Varela y José Martí. El olor dulzón de la sangre al compás de la Marsellesa, el incienso de las iglesias y el dulce aroma de la fruta puesta como ofrenda en los altares.

Mi país huele a los chícharos borboteando en la olla a presión china, al aroma del café a las cinco y media de la mañana, a la mugre que se escurre por la filtración y el salidero, al aroma embriagador del galán de noche sembrado en los parterres de los barrios, a la carne de cerdo y al pollo asado cocinándose lento al fuego. Al huevo frito y la tortilla de cebollas. También al perfume barato y reconcentrado del transporte público, todo ello mezclado con los primeros sudores de la mañana. El olor a camisa planchada de un niño que llega temprano a la escuela. El olor de la yerba recién cortada.

Afortunadamente, mi país –el mío- no huele a difuntos y flores. Tampoco a mármol y a alturas. La infelicidad apesta y desde la tierra, desde abajo, todo huele y sabe mejor. Venga la esperanza. Crezca. Cultívese. Ámese. El aroma de una flor silvestre que nace en un rincón del patio después de unos días de lluvia. Menos azucenas y más tomates. La vida que puja, frenética, loca, tropical, alborotosa, histérica. Nuevos olores que vienen, nuevos olores que van llegando. La historia que no más comienza.

2 comentarios:

  1. Particularmente me ha encantado este post de hoy. My bien escrito, te felicito, has hecho una fotografía excelente del maelcón, de La Habana, de Cuba. Yo también he puesto mis palabras para fotografiar el malecón: http://laspiedrasdelheraldo.blogspot.com/2013/12/la-batalla-entre-el-mar-y-la-habana.html
    Saludos desde Trinidad, sigo tu blog asiduamente.

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  2. Muchísimas gracias por sus palabras. Yo encantado de que lea el blog, siempre digo que no gano nada material con estos textos, pero que disfruto muchísimo haciéndolo y la mayor retribución es recibir comentarios como este. ¡Gracias también por sus fotos! Un abrazo y felicidades por los 500 años de Trinidad. Ah, y disculpe la demora en responder, me cuesta muchísimo trabajo entrar al Blogger.

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