martes, 9 de diciembre de 2014

Habana


Ay. Qué se va el vapor. Ay. Qué se va. Se va. Se va pa’ La Habana. Con mi gitana. Y no vuelve más. Bueno, que no es en vapor, ni en velero, y mucho menos en balsa, que las balsas no van nunca para La Habana (al contrario)… a no ser que sin darme cuenta me haya colado en una canción de Ricardo Arjona... que todo es posible. Pero pensándolo bien, de haberme metido en un tema musical de Arjona debo estar en ese que le dedica a México, donde sin un centavo se sentía un hombre de éxito. Diosito mío, que nada más me falta ponerle velas a la Guadalupe y rezarse al alma de Pedro Infante, para ya haberle acabado de vender el alma a la cultura popular latinoamericana.

Pero no. Que soy racional. Cartesiano. Marxista y leninista, como dijo una vez un imbécil cuyo nombre claro que recuerdo, pero prefiero no pronunciar. Qué miedo me da la gente con tantas certezas, tan seguros de sí que no se atreven a asomarse al precipicio de la duda, que no es más que el inicio de cualquier posibilidad. Pero bueno, que me voy a La Habana, e imbéciles hay en todas partes.

Desde la racionalidad y el cartesianismo, e incluso desde un marxismo que no pase por Stalin y el PCUS, podría decir que el hombre piensa como vive, que el ser social y la conciencia social forman una unidad dialéctica, y que la jodienda de la vida material está indisolublemente relacionada con la anemia del espíritu. Y viceversa: Los baches generan vulgaridad. Por las columnas agrietadas corre el alcohol. La chusmería es causa y consecuencia de la más absoluta fealdad, de la cultura del “papi”, “la mami” o “el mío”, de un modelo de convivencia ciudadana extraído de El libro de la selva de Kipling.

Pronto llegaré a mi ciudad. A mi aldea. A mi urbe maldecida por las musas de la planificación física. Leningrado tras medio siglo de asedio: Nos comimos las ratas, el cuero de las botas y la luz de los edificios, el espíritu sibarita del centro de la ciudad, la magia de las periferias, el sentido de que sobre estas piedras se levanta lo que hemos sido como pueblo, lo que somos y, sobre todo, aquello que seremos. Como dice Carlos Varela, no basta (desgraciadamente) con una canción -ni con un post- para devolverle a La Habana todo lo que le quitó el tiempo y la vida, la desgracia y la bobería.

Lo digo y lo repetiré hasta el cansancio: hay que poner la belleza en la agenda. Lo hermoso es tan importante para la vida como el oxígeno y la comida. Hay que soñar y hay que dejar que la gente sueñe. Todo no es desgracia. Y la celebración no se puede limitar a un bailable con cerveza de pipa. Y la salvación citadina al marco estrecho y feliz del Casco Histórico. ¿Cuándo fue la última vez que La Habana encendió bombillos y lanzó fuegos artificiales al cielo caluroso del Caribe? ¿Cuándo se inauguró la última gran obra pública? Hay que crear belleza. En toda La Habana. En esa Habana periférica que se desangra de hastío y depauperación. En esa Habana del centro conquistada por la marginalidad y la desidia. En mi casa y en la tuya.

¿Cuándo fue la última vez que alguien se preocupó (al menos públicamente) en presentar un plan ordenado para levantar a la ciudad de entre sus ruinas? Empoderamiento de los espacios locales. Recogida de impuestos y canalización de los mismos en las propias comunidades. Aprovechamiento del capital exterior e interior. Catalizar la iniciativa. Descentralizar la refundación del espacio urbano, empoderar a los agentes locales y fiscalizar su actuación. Menos plática, menos complejizar y más hacer.

Mientras tanto, yo sueño porque sueño, y sueño (y no dejo de soñar) porque el día que lo haga se me acabará la vida. Y sueño con la construcción de nuevos espacios residenciales, con demoler los edificios que no tengan solución y levantar otros nuevos. Sueño con un metro. Sí, con un metro para La Habana, que conecte a la ciudad de norte a sur y de este a oeste. Sueño con Wifi gratis en las plazas públicas, porque la información debe fluir por las venas de la ciudad como el concreto y la argamasa de las obras nuevas. Sueño con centros comerciales. Sí. Con centros comerciales. Y no es venderle el alma a la modernidad burguesa, sino a la cultura de la servilleta, del jabón líquido y del papel sanitario. Sueño con la limpieza. Con el orden. Con una Habana donde haya aires acondicionados, y la gente sude y sufra menos.

Por suerte soy joven y aspiro a vivir muchísimo, porque quiero ver refundada mi Habana, quiero que vuelva a ser el puerto mayor del Mar Océano, la Llave del Golfo, un lugar donde la gente viva porque la vida es buena, y no por arranques quijotescos, por tozudez. Que vivir La Habana sea un placer y no un sacrificio, no una provocación al sentido común, sino un acto natural. Que La Habana sea, en definitiva, una ciudad donde quepamos todos.

martes, 2 de diciembre de 2014

Una visita al Cuartel de la Montaña

Venía de la Colonia Tovar, una pequeña aldea construida por emigrantes alemanes en el corazón de las montañas venezolanas. Allí los duros teutones sembraron frutos del bosque y cultivaron la esperanza. Hoy son una comunidad próspera de venezolanos de ojos azules y pelo rubio, que vive del turismo y del clima frío y poético de los altos de Aragua. Toda una clase práctica de la ética protestante maxwebberiana y su aparente capacidad para producir riqueza.
 
Llegué al barrio 23 de enero al caer la tarde. Allá arriba, en las cumbres del “tercer Estado”, está el Cuartel de la Montaña, el camposanto donde descansa Hugo Chávez (1954-2013), presidente de Venezuela durante catorce años, gestor de la llamada Revolución Bolivariana, el último de los grandes caudillos latinoamericanos del siglo XX.
 
Media humanidad lo detestó hasta la muerte. Por popular. Por bullanguero. Por mulato. Por gritón. Por militar. Por llevar al paroxismo la cultura latinoamericana del melodrama, la franela roja, la cantaleta, el himno patriótico, el delirio y los baños de pueblo.
 
La otra mitad del mundo lo veneró con la intensidad con la que se quiere a dios en Latinoamérica. Lo amaron quizás por las mismas razones que mucha gente lo despreció. Chávez, con su cultura popular a flor de piel, representó como nadie la cosmovisión del venezolano de pueblo, cuya mejor expresión fue el rostro amulatado del Simón Bolívar que la revolución desenterró.
 
A la entrada del 23 de enero, justo al lado de un puesto de diarios, la gente del barrio levantó un altar ecléctico al numen chavista. Entre cirios y estampitas de santos están las imágenes del líder. La gente humilde, el pueblo llano, se le acerca y le pide salud y protección con la misma intensidad con la que en Venezuela se le exige al Estado aguinaldos y televisores.

sábado, 29 de noviembre de 2014

Sábado





Son las cinco y media de la mañana, y la fiesta en una casa cercana está terminando en un baño de mezcal y rancheras. Casi huelo el licor mientras escucho a la gente cantando a Pedro Infante. Arriba, los vecinos de la azotea ya han soltado al perro para que haga sus necesidades mañaneras. En el único perro sato que he visto en toda la Ciudad de México, un perro loco, fanático a ladrarle a los pollos que crían en el techo. El barrio, lentamente, se despierta.

Y es que uno se siente como en casa. Yo, que salí del Lawton profundo, pasé de visita por el Pizarrales de la ciudad Salamanca (a medio camino entre Carabanchel y el Lavapiés madrileño), visité Las Margaritas de Punto Fijo en el Paraguaná venezolano, que si no fuera por las apuestas de caballos y la cerveza Polar, pensarías que estás en Mantilla, pues nada, que me siento en casa. Y muy en casa. Solo tendrías que cambiar las rancheras por reguetón, subirle 25 grados al termostato, engordar las cucarachas, desaparecer las papas y la leche en polvo, hacer del médico de la familia un tipo serio, y no un prestidigitador de farmacia, para sentirte en el Lawton de mis amores, de las croquetas y los baches, de la basura sin recoger y la gente del contén. La bobería. Dios, entre la cultura del contén y la de la tortilla de maíz me quedo con Quetzalcóatl. Que se lo digan a José Antonio Saco, con su Memoria de la vagancia. Pero no. Que el vino es ácido pero es nuestro vino. Y si no hay vino a darse un traguito de ron planchado, ahora más que por primera vez en mucho tiempo nos llegó un frente frío como se debe. El malecón debe estar botándose y la gente soñando con que vive en París un día de lluvia. Así no hay que ser Jorge Mañach para meterte a filósofo, o a poeta, o a chofer del P11 sin que te de fatiga por el calor y sin que te joda tanto que la gente se repelle.
 
El 2014 no trajo ciclones a Cuba, aunque tampoco nos unificaron la moneda ni bajó la libra de carne de puerco en el agromercado. Calma, Pepe, mucha calma. Con sesenta editoriales más del New York Times tú verás que los gringos se ponen para las cosas y comienzan a negociar. Coño, cómo cuesta sentarse a hablar. Y la gente, mientras tanto, se dice y se desdice. Ahí está el mismo Descemer Bueno, que primero se quejó de que su familia no toma jugo de naranja por causa del bloqueo, y después pidió excusas por no documentarse mejor. Él diría que quien se iba a quedar sin jugo de naranja era un servidor.
 
Por eso dice Carlos Varela que la política no cabe en la azucarera. Así que la próxima vez que hagamos política de café con leche habrá que bajarla con edulcorante. Y es que el mundo prefiere quedarse con las etiquetas, con edulcorar lo que está más claro que el agua. Que se lo digan a Podemos, el nuevo partido político que promete refundar España. Pablo Iglesias, un flaco de pelo largo, doctor en ciencias políticas por la Complutense de Madrid, se ha propuesto acabar con la política de los dos partidos, de los mercados, y de la servidumbre a la Ángela Merkel. Los medios de comunicación tradicionales y los políticos de levita se lo están comiendo vivo. Sin masticarlo siquiera. Le preguntan a Podemos lo que no le preguntan a Rajoy, ni a Pedro Sánchez, ni a Felipe VI, quieren saber cuál es el destino de la política, cuánto hay de real en los discursos, buscan la cuadratura del círculo. Y cuando el hombre abre la boca para responder, antes que emita sonido, le acusan de terrorista bolivariano, de liberal cambiacasaca, de ultraizquierdista, de masón, de ateo.
 
En México los artistas también se la pasan preguntando. Ahora quieren saber qué va a cosechar un país donde se siembran cadáveres. Posiblemente nada agradable. Y en efecto. Guerrero se ha vuelto un inmenso organopónico de la desgracia. Esta semana aparecieron una decena de cuerpos decapitados. Y el Peña, fanático del teleprompter, leyendo esos discursos engominados que parecen que los escriben los guionistas de Telemundo o TV Azteca.
 
Por eso las abuelas dicen que la política es una mierda. Pero no. En el momento en que de verdad pensemos que soñar el mundo no tiene el menor sentido, y apaguemos el Panda con un gesto de resignación, pues ese día ganaron los que quieren que se les entregue el poco poder que nos queda ¡Todo el poder para los que mandan! Que nos crucemos de brazos y digamos que, en definitiva, siempre ha habido ricos y pobres, buenos y malos, grandes y chicos, ganadores y perdedores, y que por mucho que nos recalentemos la cabeza las cosas seguirán siendo como son.
 
Mientras tanto, hoy sábado, amanezco tomando (y haciendo) mi particular homenaje a la política de café con leche. Desde lo profundo del barrio. Desde muy adentro.

viernes, 21 de noviembre de 2014

Reflexiones al pie de una hoguera

Ayer, 20 de noviembre, los mexicanos celebraron un aniversario más de su Revolución. Decenas de miles de personas se dieron cita en el corazón de la Ciudad de México para demandar al gobierno el fin de la narcoviolencia, cuyas más recientes víctimas fueron los 43 estudiantes normalistas de Ayotzinapa. Detrás de esta demanda objetiva, comienza a aumentar el clamor contra un modelo de Estado, contra un modo de ejercer la política, contra un proyecto nacional que hace más de un siglo, con la Revolución Mexicana, pretendió volverse más inclusivo, pero en la práctica ha dejado fuera del mismo a una inmensa mayoría de los mexicanos.

El México de estos días recuerda a la Cuba de los años cuarenta, una etapa caracterizada por la pérdida de sentido de las principales instituciones, por la desconfianza generalizada en las estructuras y valores en torno a los cuales se había ido articulando el Estado-nación. El modelo republicano, iniciado el 20 de mayo de 1902, no lo terminó la Revolución, sino el propio Fulgencio Batista mediante el cuartelazo del 10 de marzo. Lo cierto es que, bajo la aparente institucionalidad de los gobiernos auténticos (1944-1952), se terminó de desprestigiar una organización social que resultó incapaz de garantizar el consenso.

Las revoluciones modernas, un sueño de intelectuales lectores del Contrato social y el Manifiesto Comunista, no estallan si no hay una mayoría de gente tan cansada de todo, que no tenga otra cosa que perder que no sean las cadenas. De lo contrario, por mucho utopismo que corra por las venas, nadie se enfrentaría a los golpes de las patrullas antidisturbios, a los chorros de agua de las tanquetas, al gas pimienta y a las balas de goma. Hay que estar cansado. Agotado. Y además, absolutamente convencido de la ilegitimidad del orden existente.

En el México actual, la rebelión está tocando a las puertas de las huestes de sans-culottes. La desaparición, por parte del narcogobierno de Iguala, de los 43 estudiantes ha sacado a la luz un país que no existe para determinados grupos, en determinados espacios, en determinados tiempos. Volviendo al paralelismo, la antítesis de esa Cuba “feliz” de los años cuarenta, esa Habana (París de las Américas), donde comenzaron a brotar los primeros rascacielos, las grandes tiendas por departamentos y los estudios de televisión. Un país de orden y progreso que solo existía en tanto negación del principio martiano de una República con todos y para el bien de todos. En el país de las élites no caben ni los niños drogados en la puerta del metro en brazos de limosneras profesionales, ni los carboneros de la Ciénaga de Zapata que magistralmente filmaron en el documental El Mégano, Julio García Espinosa y Tomás Gutiérrez Alea.

La Universidad de La Habana de aquel entonces era como la UNAM de hoy en día. Pistola al cinto y mucho Maximilien Robespierre. Barricadas y hogueras, como las que se prendieron anoche en el Zócalo capitalino. Las universidades siguen siendo un foco de rebelión, sobre todo la universidad pública, concebida desde el Estado para formar a los técnicos garantes de la reproducción del status quo, pero en la práctica un centro de pensamiento crítico, alentado por la convergencia de grupos sociales del más diverso tipo.

Tanto Cuba como México son países relativamente nuevos, a medio camino entre un orden premoderno que viene de España y de los pueblos originarios (en el caso de México), y una modernidad tardía y desestructurada, que aun no acaba de articularse (si es que algún día lo hará), y muestra en la práctica múltiples disonancias. Prueba de ello son los variados esquemas estatales por lo que ha atravesado México a lo largo de su historia moderna: Virreinato dependiente de España, República de notables, Imperio, Revolución y guerra civil, República federal, República sujeta al TLC…

Del mismo modo que en muchos países de América Latina, a la sombra de una modernidad deforme se desarrolla una intelectualidad que nada tiene que envidiar a los círculos letrados primermundistas, al tiempo que coexiste con el subdesarrollo más profundo. Una intelectualidad moderna en tanto sigue las reglas del juego del mercado-mundo, pero con un alma quijotesca de redención mucho más cercana al Cervantes castellano-manchego, que al pragmatismo de John Locke. De ahí el “no pasarán” y el compromiso con los pobres de la tierra.

Si esos intelectuales logran atraer a una clase media cada vez más desclasada, y a su vez a una inmensa mayoría de parias del reino de este mundo, la revolución estará servida en bandeja… Basta mirar los rostros de la gente a la luz de la hoguera.

martes, 11 de noviembre de 2014

El Muro


Tenía siete años en noviembre de 1989. Asistía a mi escuelita de barrio con una maleta soviética sujeta a la espalda, la misma bolsa escolar que usaban todos los pioneros del bloque socialista, desde el Berlín Oriental hasta Vladivostok. Después, cuando llegó la crisis, ya no hubo más maletas de aquellas. De hecho, ya no hubo más nada.

Algunos, los que pescaron langostas en el río revuelto de la crisis, le compraron a sus hijos valijas de marca en la diplotienda; los grandes perdedores llevaron los libros a clase en bolsas de nylon; y mi familia, perteneciente a la eterna clase media intelectual, siempre a medio camino entre el habitus de la “burguesía decadente” y la comprensión -más teórica que práctica- de los valores de la nueva sociedad, me compraron mochilas de vez en cuando. El resto del tiempo zurcimos lo ya existente, lo cual comenzó a ser una de las prácticas más comunes en una sociedad abocada a preservar lo poco que había, a estirar la pasta dental y el desodorante, las esperanzas y las alegrías, la botella de aceite y los pellejos del pollo, a sobrevivir, que no es vivir, a la espera de que otra vez llegaran vientos de vacas gordas.

La película de la Unión Soviética, una proyección de setenta años, terminó con un escueto letrero de Koniec, y comenzaron entonces a pasar los créditos del filme. Un año tras otro. Fila tras fila. Sin que nadie haya sabido a ciencia cierta qué pondrán después, si una versión restaurada del Noticiero ICAIC Latinoamericano, o si encenderán las luces y vendrá la acomodadora a informarnos que debemos salir, porque ya va a cerrar el cine.

Ese año de 1989 me tocaba asistir por primera vez al campamento de pioneros de Tarará, una experiencia que los muchachos mayores que yo describían como una especie de paraíso proletario. Ubicado al este de la ciudad, en el litoral de playas, te pasabas unos días al año en aquel edén socialista, que todavía los cubanos (con ese afán por la comida que tenemos) relacionamos con el yogurt de fresa y el pan con mantequilla. Pero un día la directora nos reunió en la plaza de la escuela, y después de saludar la bandera y decir, una vez más, que seríamos todos como el Che, nos preguntó si estábamos dispuestos a donar nuestro campamento a los niños ucranianos que venían a Cuba para intentar curarse del horror nuclear de Chernóbil. Ahora respondería afirmativamente con total convencimiento de causa, les daría no solo mi campamento, sino mi casa y mi reino a aquellos muchachos desgraciados. Pero los niños de siete suelen ser sumamente egoístas.

La caída del Muro significó el fin de muchas cosas, muchísimas más de las que puede entender un niño de siete años cuyo consumo cultural se centraba en los dibujos animados de las seis de la tarde y la lectura de la revista Misha. Comenzó una crisis económica que todavía hoy, a tantos años, nos sigue nublando la esperanza. 

Pero la peor, la más triste, fue la pérdida del sueño que de algún modo significó para muchos cubanos la Unión Soviética. Hoy nos parecerá ridículo que alguien pretenda recordar con nostalgia aquel intento frustrado de tomar el cielo por asalto. Y es cierto. Fueron tantos y tan grandes los errores, que aquel tren que salió con Lenin de la estación de Finlandia, perdió al final el rumbo y cayó en tierra de nadie. Pero identificar a la URSS con la esperanza, o mejor, con cualquier esperanza posible, es negar de plano la posibilidad de un orden que garantice equidad humana en libertad.

Años después, tuve la oportunidad de asistir en Cuba, durante un Festival de La Habana, al estreno de la cinta alemana Good bye, Lenin (2003). La gente acudió en tropel a verse reflejada en aquellos alemanes que un día descubren que su mundo ha cambiado radicalmente. Recuerdo a Gabriel García Márquez, en primera fila, aplaudiendo al final de la cinta, mientras comentaba a su compañera de asiento el entusiasmo con que algunos cubanos habían asumido aquella película, singular pase de cuentas al socialismo “realmente existente”, a aquel socialismo soviético que, de tantos difuntos y tantas flores, olvidó que existía para liberar al ser humano, para hacerlo protagonista activo de la historia, sujeto y no objeto, actor y no espectador, ser pensante. Socialismo al mismo tiempo que garantizó al menos un mínimo de seguridad material, educación y asistencia social; y que al desaparecer, dejó a la gente a merced del mercado, donde si tienes vales, y si no tienes dejas de existir, comienzas a formar parte del detritus de la historia.

La caída del Muro no trajo al mundo el milenio de felicidad que pronosticó Francis Fukuyama, el gran teórico de la globalización de los supermercados y de la comida rápida. Al contrario, otros muros, tan absurdos como el de Berlín, fueron levantados con toda rapidez en Palestina y en la frontera entre México y los Estados Unidos. Los grandes problemas que llevaron a la construcción de una alternativa a la modernidad capitalista, alternativa que terminó desgraciadamente en aquel gulag soviético de millones de almas, siguen presentes en el mundo de hoy. La felicidad, aunque se proclame por decreto, continúa siendo esquiva. La gente seguirá intentando tomar el cielo por asalto, y yo, desde mi butaca, comenzaré a comerme la segunda ración de palomitas.

lunes, 3 de noviembre de 2014

Lo barroco mexicano

Hay un episodio memorable de Rayuela, la gran novela de Julio Cortázar, en el cual Oliveira termina presenciando el concierto de una pianista mediocre llamada Berthe Trepat. La gente, espantada por la mala música, va abandonando la sala en la que solo queda Oliveira, quien termina celebrando, por pura lástima, la locura aquella.

El protagonista de Rayuela se metió en un teatro parisino de mala muerte para guarecerse de la lluvia, y yo en un antro mexicano para olvidarme por un rato de las lecturas de Bolívar Echevarría, el filósofo ecuatoriano que revolucionó el pensamiento de la UNAM. Comencé viendo una obra de teatro posmoderna y aquello terminó, como sólo terminan las cosas en México, con una película de Marc Anthony y Jennifer López, un dramón de esos que vemos los cubanos los domingos en la tarde, después del capítulo reglamentario de El Mentalista o el Doctor House.

México es un país barroco, de otro modo no podría entenderse la fusión entre Lope de Vega y la salsa puertorriqueña, todo en un bar de friquis ubicado en un edificio al que para entrar te cachean y te piden identificación oficial. Dice un protagonista de Utopía, un corto genial del cineasta cubano Arturo Infante, que el barroco latinoamericano no existe… ni pinga. Pues aquí en México lo inventaron. Por estas fechas se celebra el día de muertos y justo frente a la catedral mayor, en pleno Zócalo capitalino, han montado una fiesta de carabelas paganas. El inframundo mexicano no tiene nada que ver con el aséptico paraíso católico, ni con la frugalidad comunista del socialismo real. Es una gozadera de mariachis y tequila, rancheras y tiros al aire.

Nada más barroco que la basura en la Ciudad de México. Ya tengo un doctorado en procesamiento de desechos orgánicos e inorgánicos. Los unos y los otros en días alternos. El basurero toca una campana que parece sacada de un musical del cine de oro mexicano, y hay que bajar corriendo las escaleras para entregar los desechos. Es el carnaval de la basura, donde los camiones de desecho son carrozas, y las trabajadoras de comunales las reinas de belleza del barrio. Todo con olor a tortillas. En cada cuadra una tortillería y en cada barrio revolución.

Lo barroco vinculado a lo hedonista. A las ganas de vivir. A la celebración de los matices. Ni la tristeza absoluta, ni la felicidad más completa. Ni la muerte, ni la vida. Matices. Múltiples caras de una misma cuestión. Aunque el país se caiga a pedazos. No importa. La vida es breve y el reino es nuestro. Después de todo mañana será otro día. A brindar con mezcal por la virgencita y por lo que venga. Lo barroco sirve para comprender nuestra propia irracionalidad latinoamericana, y para entendernos a nosotros mismos, que con una mano tomamos El Manifiesto Comunista, y con la otra les prendemos velas a todas las vírgenes, santos y númenes del complejo panteón latinoamericano. Después de todo, nunca ha sido recomendable encomendarse a un solo santo.

lunes, 27 de octubre de 2014

Televisión

Vendo mi alma por un televisor. No tiene que ser un LED Samsung de 54 pulgadas. Ni un ultra high definition (no tengo la más puñetera idea de lo que significa eso, pero suena "cool" decirlo). Solo quiero un televisor. Vaya, un Panda de esos que cuando lo enciendes te recuerda que ser culto es el único modo de ser libre, aunque después, inevitablemente, la gente se conecte con el Caso Cerrado de la doctora Polo, paquete o parabólica ilegal mediante.

Es que nada es perfecto y las necesidades humanas siempre son ilimitadas, de ahí que resulte de vez en cuando conveniente llamarnos a la frugalidad y al recato. Lo primero lo dijo Federico Engels, y lo segundo lo aplicó el socialismo real, que nunca ha sido bueno en eso de multiplicar panes y peces. Pero yo, que soy frugal hasta un límite, quiero un televisor. Lástima que aquí en México no los otorguen como premio a la emulación, por asistencias a trabajos voluntarios y marchas del pueblo combatiente, porque si no de seguro me lo gano, que no por gusto tengo 32 años de experiencia en la construcción socialista.

En Cuba daba mi reino, enterito, por una papa hervida; y ahora, en México, que ya tengo papas pero me quedé sin reino, le vendo mi alma a Rupert Murdoch, a cambio de un televisor decente donde ver las noticias y la última temporada de La Teoría del Big Bang.

Pero cada vez que salto con la cantaleta del Ti-Vi, alguien me dice que puedo ver las noticias en internet y descargarme las series. Que no es progre ver televisión. El canal Azteca y Univisión nos enajenan el alma. Todo es frivolidad y guerra de sexos. La televisión miente. La industria cultural nos deforma la conciencia. Es verdad… en parte. Pero si no le veo la cara a Peña Nieto, y no sé ni qué dice, cómo voy a criticarlo. Además, para entender un país, para comprender cómo habla su gente, cómo se comporta, cuáles son sus alegrías y sus tragedias, hay que seguir el ciclo anual de la televisión. Desde la Navidad hasta las fiestas patrias.

Porque no es lo mismo. Los nacidos bajo el signo del Televisor Caribe y del Krim 218 de bombillos, todavía le rendimos culto a la televisión. Sí, con su mantelito tejido encima, el aparato estratégicamente ubicado en el mejor lugar de la sala, con toda la familia congregada alrededor, como si fuera misa o asamblea de rendición de cuentas del poder popular. El televisor aquel inmenso que había que encender media hora antes de que comenzara el programa para darle tiempo a que se calentase. Allí vi a Flipper, los jonrones de Víctor Mesa, el Capitán Futuro, los Papaloteros y también todos los capítulos de Doña Bella, un culebrón brasileño que revolvió a La Habana de los años ochenta.

Ahora le gente se descocota frente al tablet o en la pantalla de la laptop. Todo es privado, hasta la televisión, que después del cine es el mayor espectáculo de masas. Por eso me quedo con la nostalgia del siglo XX, un mundo más sencillo donde los buenos y los malos de las telenovelas nos hacían reír y llorar cada noche habanera.

miércoles, 22 de octubre de 2014

Sombras amarillas

Hace tres días que no sale el sol sobre la Ciudad de México, concentrada ya en un otoño temprano que pronto se oficializará con el Halloween gringo y el culto ancestral a la Catrina del día de los muertos. El DF, y más en otoño, es la otra orilla a donde yo también he ido a buscarme, como dice Polito Ibáñez en su canción. La Habana está lejos, y en la distancia la ciudad se sueña menos caliente y aletargada. Desde el corazón del imperio azteca mi vieja capital es un pueblo nuevo de mulatas y mulatos, tabaco y ron, música salsa, concentraciones políticas, banderitas cubanas agitándose al viento. Difuntos y flores. La ciudad a donde van siempre mis pensamientos, la isla mayor dentro de la isla, siempre sobre las aguas como una balsa que no acaba de encontrar su puerto. La Habana, cuyas calles puedo recorrer con los ojos cerrados, deteniéndome en los olores y en las texturas, en las desgracias y en las bienaventuranzas, en su pueblo sin ley, en su pueblo loco de historia breve.

El otro día subí a lo alto de la gran pirámide del sol en Teotihuacán. Sesenta y cinco metros para descubrir que no eres nada, que todo el honor y la gloria caben en un diminuto grano de maíz. La antigua civilización duró 700 años, doscientos más de los que ya tiene nuestra propia cultura hispanoamericana, tan segura de sí, tan soberbia, tan convencida de la eternidad de su legado. Hoy los primeros padres de América son polvo en el viento, tristes recuerdos de su esplendor perdido. En su momento, los teotihuacanos se sintieron el centro del mundo. Sus grandes sacerdotes y guerreros, verdaderos señores de pueblos, miraron por sobre el hombro al resto de las civilizaciones mesoamericanas, sin comprender que nada resulta eterno. El agua dejó de caer sobre el valle florido, los ríos acortaron su cauce y se perdieron las cosechas. Llegó la guerra, el pillaje y la muerte. La decadencia. Y la vegetación cubrió los templos y las pirámides. Y cuando los aztecas ocuparon el valle, siglos más tarde, llamaron a la avenida principal de la ciudad dormida “Calzada de los muertos”, pensando que se encontraban ante una tumba colosal, y no en la arteria principal de una urbe que en su momento tuvo 200 mil habitantes.

Desde la humildad de lo que es hoy Teotihuacán sueño con mi Habana, que nunca fue corazón de imperios, sino puerto de paso, tierra de putas y forajidos, crisol de alternidades. La Habana que debe renacer de sus ruinas. Y los muros volver a levantarse. Y los trenes correr por sobre nuestras cabezas. Y ni un bache más ni una desgracia. Y los palacios brillar cuando los visite la gente. Y los comercios abrir sus puertas. Y lanzar fuegos artificiales desde las atalayas del Morro los días de fiesta. Y hacer juegos olímpicos y juegos de verano. Y venir los barcos para nunca más partir. Y no hablar de vencedores ni de vencidos. Y los habaneros aprender a vivir uno al lado del otro, aceptando lo diverso.

Desde aquí, desde el contaminado y otoñal DF, pienso en todo cuanto somos y en especial, y es mi plegaria, en todo cuanto podremos ser como pueblo y cultura, como identidad ya desbordada en la isla y fuera de ella. Porque yo también, como Polito Ibáñez en su canción, busco sombras, amarillas, en el mar.

martes, 14 de octubre de 2014

El crimen de Ayotzinapa

La escuela formadora de maestros rurales “Raúl Isidro Burgos”, ubicada en Ayotzinapa, un pueblo alejado de la mano de Dios perteneciente al Estado de Guerrero (suroeste de México), ha sido noticia en estos días por uno de esos crímenes absurdos que parece sacado de un texto de historia medieval. Ayotzinapa, que en 2010 contaba con una población de apenas 84 habitantes, destaca en el mapa de la región por la presencia de esta escuela rural, institución con una matrícula aproximada de 500 estudiantes internos. A tres horas de la Ciudad de México, tomando por una carretera secundaria, la escuela remonta su historia a los tiempos de la revolución mexicana y su intento por llevar educación a los territorios más desgraciados del país.

Quizás por eso, la normal de Ayotzinapa piensa a la izquierda. Basta ver los muros decorados con imágenes de Marx y el Che Guevara. En Ayotzinapa se habla de Fidel Castro y de la revolución cubana, del México insurgente de los zapatistas. Se lee El Capital de Marx y se recita a Roque Dalton. Los muchachos, que rondan entre los 18 y los 23 años, son hijos en su mayoría de pobres campesinos, gente sin suerte que, parafraseando a Rubén Darío, “aun reza a Jesucristo y aun habla en español”.

Para entender por qué los jóvenes de Ayotzinapa creen en las ideas libertarias del Che, en la movilización social y en la dignidad plena de los hombres, no hay que pensar en la intervención divina de un dios proletario. Nacen y crecen en una tierra sin suerte, contaminada por el virus mortal del narcotráfico, una plaga que, aprovechándose de la debilidad del Estado nacional, ha penetrado hasta los tuétanos en las estructuras de poder locales. México es, en pleno siglo XXI, un país feudal, y los narcotraficantes, modernos señores de la guerra, se reparten condados y baronías a lo largo del ancho corredor de la cocaína, el cual se extiende por la costa del Pacífico, sangre mediante, desde Centroamérica a la frontera con los Estados Unidos, el mayor consumidor de estupefacientes a nivel mundial.

En la tarde del viernes 26 de septiembre, 150 estudiantes de la escuela formadora de maestros rurales de Ayotzinapa se desplazaron en dos autobuses al cercano pueblo de Iguala, con el objetivo de recabar fondos para participar en la marcha que cada 2 de octubre congrega a miles de personas en el Zócalo del Distrito Federal, fecha en la que se conmemora la famosa matanza de estudiantes y obreros en la Plaza de Tlatelolco, ocurrida hace ya 46 años. Serían los muchachos de Ayotzinapa los próximos masacrados.

miércoles, 8 de octubre de 2014

La desnaturalización de la desgracia

En la puerta del metro hay una mujer sin rostro pidiendo limosna. Tiene en sus brazos a un niño de cinco años, que bien podría ser mi ahijado. Mi ahijado de cinco años, que está en una edad en la cual todo es posible. Ser cosmonauta. Emigrante. Jugador de las Grandes Ligas. Vendedor de churros. Poeta. Pero el niño a quien cargan en la puerta del metro tiene los ojos cerrados, no del todo, la blancura del lóbulo ocular se filtra por debajo de los párpados, un pequeño hilo de saliva pende de la comisura de su boca. No duerme. No ha hecho una pausa entre el juego y el almuerzo. Está drogado. Un niño drogado de cinco años. La vida que es sueño. Aletargan niños para alquilarlos a los mendigos profesionales. Un mendigo con un niño en brazos despierta mucho más la compasión de un público acostumbrado a convivir con la desgracia.

La mayoría de la gente no piensa en cómo será la vida de ese niño de cinco años que no irá nunca a la escuela, que no tendrá neuronas, que acostumbrado al opio cuando tenga fuerzas para andar por sí solo comprará pegamento para oler y acortar así la infelicidad de sus días. No piensan que el mundo es profundamente desigual. No les importa. La gente no tiene la culpa de que el planeta sea una mierda. Para eso están los políticos, las ONG y los curas. Para eso debe estar Dios, que casi nunca se acuerda de Latinoamérica. Desde que el mundo es mundo, diría un pragmático, hay ricos y pobres, opulentos y miserables, Adonis bronceados junto a cojos, mancos y tuertos. Los pobres son pobres porque quieren serlo. Que trabajen. Y si no quieren trabajar, que se mueran de una vez.

Sin embargo, hay todavía a quienes les interesa algo, a quienes aun les quita el sueño la injusticia. ¿Qué hacer?, se preguntaría un Lenin, y la respuesta lo llevaría a la revolución anticapitalista total, a la purificadora violencia revolucionaria, que concluiría inevitablemente en su Termidor, en el ingente sacrificio humano, en la claudicación de los sueños personales bajo la dictadura del unanimismo. Pero los pobres no dejan de oler pegamento a base de consignas y directrices trazadas, sobre todo cuando la pobreza está integrada en la médula espinal, en el ADN de la gente, y no es sólo producto de la dictadura de unos señores vestidos con sombrero de copa y levita. Miserables hijos de miserables, nietos de miserables… y así hasta la más oscura noche de los tiempos, el día siguiente en que Dios separó la luz de las tinieblas, y a los que tienen de los que no. Opresión de clase y grupo social, pero también violencia de raza, de género, de modo de ser y comportarse. Si fuera tan sencillo como abrir barricadas y gritar que no pasarán, ya el hambre y la desgracia no serían azotes mundiales.

El gran problema de todo esto es que las revoluciones las sueñan los intelectuales, las materializan los caudillos, las sufren las clases median y las “disfrutan” los pobres, a quienes nunca realmente les preguntaron cuál debía ser la naturaleza de su propia liberación. No les preguntan por dos razones. En primer lugar, porque los pobres nunca se expresan, y de tanto silencio a veces se piensa que los miserables no tienen voz. Pero la tienen. En segundo lugar, porque los intelectuales que sueñan, y los caudillos que conducen, están absolutamente convencidos de saber lo que está bien y lo que está mal, lo que funciona y lo que no. Y al pueblo le corresponde siempre comportarse como si estuviese en el famoso lienzo de Delacroix, dejarse guiar por la libertad que los conduce.

Quizás la solución a tanta desgracia humana pase por dar pequeños pasos, que son siempre el comienzo de las grandes obras. Escuchar. Dejar en casa el manual de autoayuda que te explica cómo hacer una revolución en cinco etapas. Olvidarse quizás del estado-nación como estructura del cambio, un invento reciente de la modernidad para garantizar la estabilidad del mercado, y pensar que cada inequidad es única y tiene su propia solución.

Debemos soñar con la victoria de una humanidad donde quepamos todos, y para eso hay que proyectar primero ese sueño, imaginarlo, y ese ejercicio de imaginación debe comenzar por el reconocimiento de los problemas, por la desnaturalización de la injusticia. Por ello, en lo que políticos, intelectuales y gente común se pone de acuerdo, que no te de igual ver a un niño atontado de drogas en la entrada del metro. Porque no es justo, no es natural, no es un plan divino. Y sobre todo, no es inevitable.

lunes, 29 de septiembre de 2014

Cine

De acuerdo con las películas de Hollywood, si vives en México eres siempre narcotraficante o  potencial jardinero de la clase media suburbana de Miami o Los Ángeles. Al sur de la frontera no hay médicos, ingenieros, maestros, poetas o soñadores. Soñadores sí, quizás, porque soñar no es una actividad rentable. Poetas también, algunos reconocidos en su hispanidad o cosmopolitismo, otros considerados “folcloristas” y no intelectuales plenos porque escriben en náhuatl y visten los raros andrajos anteriores a la conquista. Aquí todo es polvo, contaminación y herrumbre, el cielo no es azul ni el sol amarillo. República de huevones sentada a la vera del camino, esperando la llegada de La Bestia, el tren infernal que lleva latinoamericanos al otro lado de la línea roja que divide civilización y barbarie. México es Tijuana, la ciudad-frontera donde gobierna la ley del far west y la polvareda.

La modernidad, y más que la modernidad lo moderno, se filtra mientras tanto entre las alambradas. La Coca Cola, los pollos, y el maíz transgénico. La gente vestida de cuello y corbata, los bolsos de Carolina Herrera, las fotos de la boda en Venecia de George Clooney, el festival de Miss Universo, las sectas milenaristas, la república del sálvese quien pueda y después de mí el diluvio. Pero el intercambio es mutuo y la cultura se escurre como el agua entre los dedos: lo anglosajón se latiniza en un norte cada vez más fanático al picante y a la lucha libre, al melodrama y al abigarramiento barroco mexicano.

La publicidad, empeñada en exhibir caras felices bajo la consigna de que solo aquel que tiene vale, solo muestra rostros occidentales. El consumo, la creación de necesidades, se rige por patrones estéticos y culturales extranjeros. Las indias en jeans no venden la felicidad y el triunfo, incluso ni a sus propios compañeros de raza. El colonialismo es un cáncer que se extiende hasta los tuétanos; por quinientos años te han enseñado que los de arriba tienen la piel blanca y los ojos claros, el talle esbelto y la nariz bien recta. De ahí que no sea comercialmente exitoso mostrar a un mestizo hablando por el nuevo Iphone 6 de Apple o pasando las vacaciones en la Rivera Maya. Moctezuma y Cuauhtémoc no venden hamburguesas, y la Malinche, en todo caso, patrocinaría un resort exótico en Yucatán.

Yo, que cada vez que puedo le critico a Hollywood su tendencia a legitimar la inequidad del mundo, de vez en cuando me doy un brinco al multicine, el sanctasanctórum del placer burgués de la clase media. Me da la reverenda gana. Para creer en el mejoramiento humano no hay que andar con un jean viejo y el cabello sucio, ni llorar de emoción todo el tiempo con el Acorazado Potemkin. Los seres humanos necesitamos soñar, olvidarnos de las penas, y Hollywood tiene experiencia sobrada en prácticas de enajenación. Si el socialismo real no hubiera sido tan aburrido de seguro habría tenido mayores posibilidades de éxito. A Paul Lafargue, el yerno mulato y gozador de Carlos Marx, los revolucionarios no le hicieron mucho caso cuando reclamó el “derecho a la pereza”, un valor humano que, como el carnaval, no resuelve los problemas estructurales del mundo, pero te da fuerzas para seguir andando.

El multicine hollywoodense, como espacio simbólico, ha logrado llevar al límite las prácticas del consumo globalizado. Espectadores de todo el mundo tienen una experiencia lúdica común. Durante la proyección del filme, rositas de maíz y Pepsi Cola mediante, dejas de ser latinoamericano, anglosajón, hindú o chino, y te entregas a la magia de la imagen en movimiento, al mundo de los sueños y la luz. El multicine, por tanto, no está como tal en “México”, ni en el país de los Zetas ni en el de los murales de Diego Rivera, ni en la capital de veinte millones de almas atormentadas, catedrales católicas y pirámides precolombinas.

Pero al salir del cine, después de una hora y media de sangre, sudor y lágrimas, te aborda una pareja de indios, viejos ellos como el mundo, para pedirte una limosna “por el favor de Dios”. Hollywood se muere entonces. Hollywood y la magia de los finales felices. Delante de mí, en silencio, comienza a extenderse el otro México.

lunes, 22 de septiembre de 2014

El Ánfora

Estoy contemplando un ánfora griega del siglo VI antes de Cristo. Es un recipiente para almacenar agua. Una jarra grande. Un porrón europeo. Una pequeña tanqueta. El conferencista dice que el ánfora le recuerda a una vagina, es algo matricial. Martin Heidegger debe haber hablado de eso y también Jean-François Lyotard, y todo indica que en alguna gran biblioteca de Paris ha de existir un tratado filosófico de 435 páginas –más anexos- dedicado únicamente a detallar las sinuosidades del ánfora que hoy se disecciona en la clase.

El conferencista no dice si el ánfora la construyó un esclavo para uso exclusivo de su señor; ni si ese esclavo en algún punto del camino valoró rajarle en la cabeza el ánfora a su dueño, y comenzar así una lucha por la libertad que sacudiera la Hélade. El ánfora, un tratado de estética en sí mismo, queda “descontaminado” del contexto de producción, de los actores sociales, de la subjetividad del que hace y deshace, crea y recrea. Para luchar están los hippies y los revolucionarios, los líderes sociales y los artistas progres. La educación ha de ocuparse de asuntos serios, de una teoría de la teoría, de una subjetividad de lo subjetivo, de una epistemología de lo abstracto. Basura.

Me resulta muy difícil prestar atención a las diatribas de una tinaja para almacenar agua en la antigüedad clásica. La culpa es de Paulo Freire por inocularme su crítica al modelo de educación bancaria. ¿Para qué sirve el saber en abstracto? No entiendo una pedagogía cuya razón no sea cuestionarse el mundo para cambiarlo. Cambiarlo para bien. Porque igual que un mundo mejor es posible, una sociedad infinitamente peor también cae en el terreno de los escenarios futuros.

La democracia, no la praxis griega de tres fulanos bien vestidos en el ágora, hablando de Sócrates y tomando vino de la dichosa ánfora, ha de pasar por una pedagogía de la liberación. Sacudirse el colonialismo, esa tendencia a repetir los modelos de dominación que tenemos asumidos en nuestra médula, en nuestro habitus. Una democracia que tome en cuenta el género, la raza, la orientación sexual y también, obligatoriamente, que propicie una relación armoniosa con el medio ambiente. Una democracia que contemple la opinión del otro. Que combata la zoquetería del que mucho habla y poco escucha.

Para eso sirven las escuelas. Para preguntarse. Para conformar colectivamente inquietudes que posiblemente no tendrán respuesta; pero que ampliarán el margen existente entre la duda -primer paso en el largo camino hacia la liberación- y la certeza, el dogma de fe, el conformismo y el aletargamiento.

Como el ánfora, una pieza de museo de dos mil quinientos años de antigüedad, una vagina sofisticada si así se quiere, o el fermento material de las luchas pasadas de la humanidad en busca del equilibrio entre lo bello y lo útil, lo trascendente y lo inmediato.

lunes, 15 de septiembre de 2014

Travieso (1996)

Para Javier y David, quienes espero algún día les cuenten a sus hijos algunas de estas historias.

Vine a formar lo mío
para ver qué bolá
porque yo soy El Tipo
Todo por Carlitos, dibujo animado de Ernesto Piña


Es enero de 1996, y está haciendo el frío más grande de la historia de Cuba. En Bainoa, un pequeño pueblito ubicado al este de La Habana, la estación meteorológica reporta una temperatura mínima de 0,6 grados.

Cuando meas sale “humo” del pavimento por la condensación, y temprano en la mañana el aliento se te congela. Es como vivir en una película rusa. Estoy pasando la escuela al campo en un campamento llamado “El Travieso”, enclavado en la fría llanura Habana-Matanzas, el cinturón de tierras fértiles que bordea a la capital cubana. Un mes de trabajo en la agricultura, concretamente apoyando la recogida de coles y pepinos, formándome en el estudio y en el trabajo como un buen pionero de la patria socialista.

martes, 9 de septiembre de 2014

La prensa y los sueños

Se estudia periodismo para cambiar el mundo. De lo contrario, si se es conformista y dedicado a respetar lo que siempre ha siempre y siempre será, mejor dedicarse al oficio de carnicero, o al corte y costura; que en definitiva, en estos tiempos en los que nadie lee y nadie se cuestiona, son profesiones muchísimo más rentables.

Un periodista no es un lector de tabaquerías ni un orador de barricadas. Es decir, ni está para repetir un guion escrito por otros, ni su razón de ser en esta vida es conducir a las masas a la redención. Para eso están las iglesias y los partidos, los libros de autoayuda y las telenovelas.

El periodista no está para pensar por nadie, tampoco debe aceptar que piensen por él.

El periodista interpreta con ojo crítico la realidad, y sin ser Oráculo de Delfos, le toca de vez en cuando escrutar el destino, ver qué pasará de acuerdo al tiempo y a la circunstancia. Y decirlo. Decirlo alto y con claridad.

El periodista ha de tener sangre en las venas y recordar todo el tiempo a quien sirve: A la gente. A los ciudadanos. No al pueblo en abstracto, en cuyo nombre siempre se cometerán horrores, sino a los cientos de miles, millones de individualidades ciudadanas que constituyen el colectivo humano.

Sin pasión no hay periodismo. Sin ganas de soñar tampoco. El periodista, como el poeta, es un soñador de lo posible, de los múltiples horizontes que se pierden hasta donde pueda abarcar la vista. Así lo dice en su primera “Declaración de principios” el periódico L’Enragé (El Rabioso) una de las tantas publicaciones alternativas surgidas al calor del Mayo Francés del ‘68:

Este periódico es un adoquín.
Puede servir de mecha para un cóctel molotov.
Puede servir de porra.
Puede servir de pañuelo antigás.
Somos solidarios, y lo seguiremos siendo, de todos los rabiosos del mundo.
No somos ni estudiantes, ni obreros, ni campesinos, pero queremos aportar nuestro adoquín a todas sus barricadas.
Si alguno de vosotros tiene dificultades o escrúpulos a la hora de expresarse en los periódicos tradicionales, venid a decirlo aquí, ¡como si estuvierais en vuestra casa!
En este periódico, nada está prohibido, ¡excepto ser de derechas!
¡A las armas, rabiosos, formad vuestros batallones!
¡Marchemos, marchemos, que una sangre impura empape nuestros surcos!


Como intelectual a medio camino entre el artista y el científico social, el periodista debe tomar distancia de la realidad que le circunda, y no confundir el compromiso con el aprisionamiento mental. El ejercicio de la crítica es por tanto la capacidad de distanciarse de un objeto y racionalizarlo.

Aunque los periodistas y el público saben perfectamente que la objetividad es un mito, ya que todo acto comunicativo pasa por la subjetividad del creador, hay que aferrarse a ella como un tesoro a defender, un horizonte hacia el cual avanzar. Y de paso, creer seriamente que la prensa tiene una responsabilidad ante la comunidad, que los periodistas podemos ejercer con éxito el oficio de barrenderos de estiércol, de cuarto y quinto poder dentro de cualquier sociedad, de perros guardianes del poder, de observatorios críticos, de agentes de movilización ciudadana, de artistas de vanguardia, de constructores del consenso.

Creer nuestra función ciudadana, creerla bien, como único antídoto ante la grisura, para seguir soñando pese a las condiciones objetivas, los tiempos y las circunstancias, las funciones establecidas. Y los silencios.

lunes, 1 de septiembre de 2014

Memorias

Jpeg
Llevo días hablando de memorias y hablando de olvidos. Las cosas de estudiar un Doctorado en Estudios Latinoamericanos, al final terminas haciendo introspecciones como si fueras un poeta de barrio. En este continente loco, familia de repúblicas nacidas, como quien dice, la semana pasada, la tradición liberal se amanceba con lo legendario prehispánico, y también, que no es poco, con las nuevas corrientes que traen los Vientos Alisios, las balsas de cubanos, y las lanchas del corredor de las drogas: los chinos que se quieren tragar el mundo; los gringos tratando de no soltar lo que han mordido; los franceses con la honda de la multiculturalidad y de paso a ver qué se pierde; y una España caída en desgracia por la crisis, pero que de un modo u otro nos persigue por todo el continente, Telefónica mediante, y muchísima herencia caudillista y de políticos de telenovela.

Pues venga la memoria (que no el olvido). En definitiva yo creo en la Historia, así en mayúsculas, y de paso en la dignidad plena del hombre, en la utilidad de la virtud y en el mejoramiento humano. En todo eso. También en Marx, en el Gramsci y en la Rosa Luxemburgo. El Lenin de las barricadas me gusta más que el del Palacio de Invierno, pero no dejo de pensar que una cosa es estar tirando piedras a lo hippie y otra bien diferente refundar el antiguo imperio de los zares. A Stalin, ni con pinzas. Habrá vencido a los nazis e industrializado Rusia pero enfermó a la izquierda con el cáncer del verticalismo y la bobería.

Venga la memoria (que no al olvido). Pero sin drama. Que mucha agua pasó bajo el molino, y mucha pacotilla se escurre a través de las aduanas como para que a estas alturas nos rasguemos las vestiduras. Para escribir memorias me presto yo, que hace veinte años vi partir las balsas de mi vieja playa en Cuba. Balsas con balseros. Con niños pequeños y ancianos. Y mucha santería. Y Virgencitas de la Caridad. Y vomiteras (por el mareo y por el ron que traían los cuerpos). Dios mío. Pa’ dónde coño se fue tanta gente.

Pero ni sé por qué terminé hablando de estas cosas, ha de ser la resaca de los 32 años recién cumplidos, que parece que con la edad a uno le da por pontificar y dejar algo para el que venga atrás: que un espermatozoide correctamente ubicado, que dos o tres líneas en un periódico, que un grafiti bien puerco en la pared del metro, y si estamos en La Habana (que no hay metro) a la entrada de uno de los túneles que tenemos para defendernos del imperialismo, que para algo han de servir mientras tanto.

Mezcal no he tomado. Ni tequila tampoco. ¡Qué viva México! ¡Carajo! Solo un vino argentino que no emborracha pero esclarece las ideas. Cuánta recordadera, cuántas ganas de que no se pierda nada. Porque sí. Porque se lo quiero contar a mis hijos, y si no hay hijos que el perro me aguante la muela. O el cobrador de la luz. Quien sea.

Memorias como aquella de 1998, mientras estudiaba en la escuela vocacional Lenin, por poco me gano un consejo disciplinario en una clase de idioma inglés. La profesora, una mujer bruta como no he visto dos, preguntó quién nos estaba visitando por esos días y yo le dije que el “Potatoes” Juan Pablo II, desconociendo latinoamericanamente que el mundo anglosajón denomina al mandamás católico como el “Holly Father”. Ello no impidió que unos días más tarde me llevaran –junto con el resto de la escuela- a la avenida de Rancho Boyeros a ver pasar el Papamóvil, con el Papa Wojtyła adentro, uno de los recuerdos más importantes que conservo de esos años.

Un poco antes había visto pasar los restos del Che. Impresionante. La gente lloraba al ver la urna escoltada por carros militares. Todo había envejecido, el mundo entero, y allí estaba el Che en la memoria de la gente. Con estos 32 años acabados de cumplir me ha dado por pensar en el Che, y llego a la conclusión de que yo no sé nada de la vida. El Che tenía apenas unos años más que yo cuando lo mataron en la Higuera intentando encender la llama de la revolución tercermundista. Bienaventurados aquellos que tienen alguna certeza. Yo, al menos, me muero en la incertidumbre.

Pero a veces los pueblos, para superar los traumas del pasado, y sobre todo, para encontrarse, han de apelar al olvido. No queda otro remedio. Pensar en las cosas buenas, en todo aquello que une; y olvidar, al menos tratar de hacerlo, cuanto nos separa. Solo así se sale de la neurosis histórica (el empozamiento en el presente). Solo así se funda. Sólo así se avanza. Pero bueno, basta ya por hoy de introspecciones.

lunes, 25 de agosto de 2014

Silvio Rodríguez en Wallmart

Silvio Rodríguez en Wallmart
Estaba ayer con mi esposa en un Wallmart del DF mexicano. Para quien no lo conozca, es un mercado más grande que nuestro habanero 3ra y 70, con la diferencia de que hay muchísimos más productos, y que las cajeras, en vez de pertenecer a la clase alta y tener uñas acrílicas, son explotadas sistemáticamente por el capitalismo trasnacional.

Llovía como solo llueve en México. Tanta agua que parece que estás metido en una canción de Maná. Y el Wallmart aquel entero en una orgía de consumo posmoderno: Rebaja de electrodomésticos y de lejía. Yogurt Activia para que vayas al baño regularmente, y mucho papel sanitario (con florecitas, textura y aromatizado) lo que te permitirá terminar el proceso como dios manda.

Estaba Shakira amenizando la compra, como antes tocó turno a Enrique Iglesias y a Marco Antonio Solís. Y de momento, violando los manuales de protocolo del consumo, los acuerdos del G7, las altas disposiciones de la Organización Mundial del Comercio, del Banco Mundial, de la OEA, comenzó a sonar el Ojalá de Silvio Rodríguez por los altoparlantes del Wallmart. Silvio Rodríguez entre las hamburguesas y los nuevos televisores ultra HD: Barricadas en el París del 68. El “No pasarán” de la República española. La insolencia del Tercer Estado francés.

Y no era cualquier Silvio, sino el muchacho del disco “Al final de este viaje” (1978), el muchacho que canta con el alma su Ojalá, el soldado recién salido del servicio militar en la primavera del mundo, que se sorprende ante el amor y la vida.

Y fue Cuba. Cuba entera. Y solo nos dio tiempo a llorar. A llorar en el medio de un Wallmart, tan lejos de nuestra isla, de toda ella. Y fue la lluvia cayendo desde el norte del mundo y nosotros ahí, abrazados, con el carro de la compra a medio llenar, y Silvio Rodríguez atronando la esperanza, como un niño feliz, solo para nosotros, cubanos en Wallmart.

Ya el Ojalá de Silvio es parte de Cuba, de un país luminoso que quizás esté solo en mi corazón, un país que a veces se desdibuja entre tanta bobería que, como el polvo del Sahara, entorpece la visión y nos aprieta el alma. Boberías que al decirlas con su nombre al menos las ubicamos en el panteón de la vergüenza y el sinsentido: La prohibición de que entremos a nuestro propio aeropuerto a recibir o despedir a aquel que viene o va; la clausura absurda de los cines en 3D; la nueva ley de aduanas, empeñada en contar calzoncillos cuando la patria hoy demanda tiempo y energías en multiplicar panes y peces, en unir a los de aquí y a los de allá, y no en seguir contabilizando y regulando la desgracia; los precios astronómicos de los carros; y sobre todo, especialmente, el foso que se abre entre quienes regulan y nosotros, abajo, al sur, los regulados.

Ojalá me habló de humanismo. De nobleza. Un canto de la vieja izquierda con la cual sigo comulgando, la robespierana del Tercer Estado, la de la Asamblea Nacional y las barricadas, la del Canto general de Neruda. Ojalá nunca se me desdibuje esa esperanza. Ojalá que nuestro país, como todo país nuevo, tendiente a los bandazos, no pase de la izquierda radical, y por radical a veces absurda, al más grande sinsentido neoliberal, que implica olvidarse de los hombres, de los sujetos, que no son masa bruta sino seres humanos individuales con aspiraciones y sueños heterogéneos.

Porque algo ha de existir. Algo hay adentro que nos hace grandes, que nos hace épicos, que nos hace llorar de amor en medio de un Wallmart, bajo la lluvia contaminada del DF, cuando aquel Silvio Rodríguez adolescente y libre, rasga su guitarra y entona los versos de su canción. Ojalá.

lunes, 18 de agosto de 2014

Solo y a pie

Los jesuitas, gracias en parte al carisma del Papa Francisco, se han puesto de moda en estos primeros años del siglo XXI. Vivimos en una época donde la Razón en estado puro se discute como columna vertebral del llamado modelo civilizatorio occidental. Digámoslo de un modo más directo: hay procesos que escapan de las lógicas de oferta y demanda, de pérdidas y ganancias, de producción y consumo. Misterios que solo conoce el alma. O como canta el grupo boricua Calle 13,

No se puede comprar al viento.
No se puede comprar al sol.
No se puede comprar la lluvia.
No se puede comprar el calor…

A veces hay que darle su espacio a otras enciclopedias culturales, al margen de la literatura en la cual uno ha sido formado: científica, positivista y racional. Lecturas que te permiten comprender áreas de la realidad de este continente que escapan de los antagonismos de clases, del sumario de “condiciones objetivas” y de la eterna lucha entre contrarios. Porque en Latinoamérica, tierra de soñadores, el cambio social es mucho más complejo que el balance de una ecuación entre fuerzas productivas y relaciones de producción.

Muchos de los procesos políticos y culturales en torno a los cuales se debate la existencia del hombre común latinoamericano están atravesados por el pensamiento y la acción de los jesuitas; y no solo en naciones donde su incidencia fue directa, está el caso de Paraguay, sino también a través de fuerzas de segundo orden, como por ejemplo la educación: No es posible obviar la influencia tremenda que han desempeñado los padres jesuitas en la formación escolar de importantes sectores sociales de Latinoamérica, en especial de intelectuales, artistas y líderes políticos que han marcado hitos en la historia del siglo XX en nuestra región.

Íñigo de Loyola, quien después será Ignacio, y más tarde Santo del catolicismo, es uno de los locos más interesantes de la historia moderna, una especie de Quijote de carne y hueso (Miguel de Cervantes, por cierto, se formó con los jesuitas). La vida de Ignacio de Loyola se desarrolla en el siglo XVI, época de grandes despertares para una Europa aletargada por diez siglos de hegemonía católica, de crisis de la cosmovisión medieval. Son los tiempos luminosos en que Martin Lutero se enfrenta al Papado, y los grandes navegantes recorren un mundo desconocido. Ignacio, mientras tanto, desentierra cilicios y reliquias, peregrinaciones y martirios, dotando así de un corpus práctico (mucho más práctico que teórico) a lo que después será la Contrarreforma, el Barroco y esta Iberoamérica atormentada en la que vivimos.

Y es que hay que estar demente, en tiempos de la imprenta y el papel moneda, de los viajes a las Indias Occidentales y la acumulación originaria (y desesperada) del capital, para seguirse machacando en el tiempo presente en pos de conseguir una gloria eterna, muerte mediante, siempre inaprensible. San Ignacio, que de revolucionario tiene sobre todo la sinceridad de sus actos (al parecer predicó con el ejemplo), apuesta por todas las prácticas religiosas del catolicismo que comenzaban a ser impugnadas en ese entonces: los votos, el celibato, la devoción de las reliquias, los ayunos, las penitencias extremas… El fundador de los jesuitas se aferra al estoicismo como vía para alcanzar la gloria (siempre la gloria) asociada a la posibilidad de trascender, en este caso a la diestra del Señor.

La Compañía de Jesús, constituida en 1539 por San Ignacio, se organizará del mismo modo que un ejército, logrando así erigirse como una de las mejores organizaciones político-religiosas de los últimos cinco siglos, al punto de que actualmente se les considera los líderes intelectuales del catolicismo. Los Ejercicios Espirituales, principal obra escrita por Ignacio de Loyola, han sido comparados con el ¿Qué hacer? de Lenin, ya que constituyen un programa de acción en aras de lograr un objetivo concreto: la salvación de las almas para la mayor gloria de Dios.

Como todo gran hombre de la historia, Ignacio es de los convencidos de tener a Dios de su parte. De ahí la tozudez de sus ideas y la rigidez de su método. El hombre no afloja. No cede. Se enfrenta a sus detractores con aparente humildad pero sin bajar la cabeza. Solo y a pie. Como titula la biografía del santo el investigador Telechea Idígora.

No lo sigo. Me superan el estoicismo y las tierras prometidas. Pero no puede perderse de vista a la hora de entender con mayor profundidad los valores que nos unen como civilización. También, por supuesto, para analizar gran parte de los procederes de la Cuba de las últimas cinco décadas, una plaza sitiada, que como diría San Ignacio durante el asedio a Pamplona, en el cual participó de joven y casi le cuesta la vida, ha peleado “la guerra más desigual y absurda”, y al mismo tiempo, según él, “la más alta ocasión que vieron los siglos”.

martes, 12 de agosto de 2014

Réquiem por Gaza

Jpeg
Si a los cubanos nos quitaran la Serie Nacional de Béisbol, y la telenovela, y las pizzas hechas con queso de mala muerte, y la barra de pan chicloso de a diez pesos, nos quedaría una puesta de sol con el Morro al fondo, y la celebración de los frentes fríos, y las calles angostas y populosas del centro de La Habana, y esos campos donde hoy crece el marabú y mañana florecerá la esperanza. Y cada pueblo perdido de Dios, con su glorieta y su iglesia. Y la convicción de que existe un rinconcito en el mundo que es enteramente nuestro, de todos los cubanos, por hecho y por derecho, y en especial por la voluntad compartida de sentir y obrar a favor de la prosperidad presente y futura del mismo.

Suponga usted lo que es quedarse sin tierra, sin un pasado al que aferrarse y por tanto un futuro hacia el cual avanzar. Que te digan que lo tuyo ya no es: Tu casa. Tu parque. El cementerio donde descansan tus muertos. La iglesia donde vas de vez en cuando a pedir por los tuyos. Que sobre la escuela caigan bombas. Que los sueños se cubran de escombros. Que necesites pasar por controles militares para ir de tu casa al trabajo. Que en tu propia tierra, la tierra de tus padres y de los padres de estos, te consideren un ser de segunda, un paria.

Eso es lo que sucede en Palestina. Hoy la Franja de Gaza es una ratonera de 360 kilómetros cuadrados donde malviven 2 millones de personas. La Habana, con una población similar, tiene 720 kilómetros cuadrados, exactamente el doble. En Gaza la gente vive de las ayudas internacionales, de las remesas y de dejar correr la vida a la espera de la siguiente hecatombe, de las desgracias que llegarán por mar, por tierra o del cielo. La Cisjordania, por su parte, parece un enorme queso grúyete, por utilizar la imagen del escritor Mario Vargas Llosa refiriéndose a un territorio agujereado por cientos de asentamientos ilegales de colonos judíos. Un muro deshonroso separa a dos pueblos que por historia deberían convivir como hermanos.

La semana pasada, estrenándome como alumno de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), me fui a escuchar al embajador de Palestina en estas tierras de Nueva España. Un diplomático de mediana edad llamado Munjed M. S. Saleh, quien de acuerdo con sus propias palabras “se niega a morir en silencio”. De su pueblo queda ya poco. En 1994, tan solo el 22% de la Palestina histórica estaba en manos de los árabes. El resto pasó a Israel, un Estado que surgió de los mejores anhelos de este mundo después del horror de la Segunda Guerra Mundial, y que hoy, ciego de odio y revancha, responde con la misma brutalidad que hace ya tanto los nazis esclavizaron al pueblo elegido de Dios. 

Pero el terror sionista solo alienta nuevos mártires. Son las madres, los padres y los hermanos de los 400 niños asesinados en este mes de bombardeos incesantes, una “hazaña” militar más que dudosa. Por muchos muros que construya el gobierno de Israel, por mucha tecnología militar de la cual disponga, la resistencia crece en la sangre de una nación victimizada, y allí, de la desesperación, se alienta más odio, más insensatez y más extremismo.

Lo primero, más que sensibilizar a la opinión pública internacional de una matanza que parece no tener fin, es que el propio pueblo israelí comprenda que el camino de una paz duradera no puede pasar por la fuerza, sino –obligatoriamente- por el diálogo entre los pueblos. Hoy el 95% del electorado israelí, la abrumadora mayoría, aprueba estas medidas de fuerza. La tierra mítica donde nació Jesucristo, castigada y maldecida por el dolor, la guerra y los odios milenarios, sigue a la espera de una refundación de la esperanza, de la construcción de un camino por el que pasen todos, palestinos y judíos, seres humanos.

lunes, 11 de agosto de 2014

México. Primer encuentro

El avión atraviesa la nata espesa de contaminación que cubre la ciudad. Abajo. Al sur. Hay gente. Veinte millones de personas. Mientras la aeromoza invitan a abrocharnos el cinturón de seguridad, me comienzo a preguntar con obsesión morbosa en cómo se gestionará el pipi y la caca de veinte millones de seres humanos. Y ahora, también, la mía. Por cuatro años. En México. En la UNAM. A ver si de esta salgo una mejor persona. Menos escéptico. Más temeroso de Dios y de la Virgencita de Guadalupe. Más creyente en el cambio social, en la trasmutación de los pobres, en el valor de las esencias latinoamericanas. En cualquier cosa. Y también, claro, respirar del calentamiento climático que se ensaña de mi Habana en verano. Del calor y el polvo. De la bobería. De la circunstancia maldita de estar rodeados de mar por todas partes. Y sin embargo, el mar, tan lejos ahora… y tan necesitado que estamos de él los habitantes de las islas.

Me leyeron la cartilla no más pisar tierra mexicana. Tres cosas son sagradas en este país: los aztecas, la Virgen de Guadalupe y Juan Gabriel. Con lo demás te puedes meter. El PRI, el PAN, López Obrador, el sabor de las tortillas, la calidad del agua y del aire, el picante, la violencia (que no he visto por ninguna parte) y el coste de la vida. Los aztecas son el pasado glorioso; la Virgen es el símbolo de la patria mexicana, bajo su estandarte se alzó Hidalgo por la independencia de la Nueva España; y Juan Gabriel expresa como nadie la hibridación, la cultura de las telenovelas, singular apropiación creativa al sur del Río Bravo de la aparente banalidad de las industrias culturales. México, hay que decirlo, porque con eso se resume todo, está muy lejos de Dios y cerca, a unos metros no más, de los Estados Unidos. Como Cuba, su cultura es de amor y odio por el norte anglosajón.
 
Abajo todo es luz. Casas. Árboles. Los montes rodeando a la ciudad con un cinturón de fuego y hielo. En México todo se desborda. Como el magma en las entrañas de la ciudad que cada día tiembla. Ya me dijeron que Coyoacán está sobre un lecho de roca volcánica y por eso sentiré menos los eructos de la tierra, pero el centro, construido sobre el otrora lago Texcoco, es un lodazal de movimientos tectónicos. Pero no pienso en ello. Como tampoco en los huracanes. De algo tiene que servir el haber vivido 32 años en un país que siempre parece estar al borde de todo: del ciclón que acabará de una vez con La Habana, de la prometida y siempre postergada invasión imperialista, de la “opción cero” en la que no habrá ni combustible ni dignidad humana, y de un brote de fiebre porcina que acabe con nuestra más importante fuerte de proteína animal.

Estados Unidos inventó la globalización del norte, la de las tiendas de comida rápida, la del mall, la de las casas con jardín y perros labradores corriendo alrededor de la piscina. En México, sin embargo, nace la globalización latinoamericana, la de los vendedores ambulantes, la del catolicismo transculturizado, la de las telenovelas y el color de los bazares. Veinte millones de gente vendiendo y comprando mierdas en las calles. Veinte millones de gente comiendo tortillas de maíz en todas las variedades posibles.

Y las iglesias. Uno de los pocos lugares del mundo donde hay más creyentes que turistas en las catedrales. La Virgen de Guadalupe, venerada hasta por los marxistas, aparece en los lugares más increíbles, desde las estampitas que cuelgan en el espejo retrovisor de un pesero (transporte público) hasta rodeada de oro en los altares. Los frescos en los templos me recuerdan a cada momento que el “encuentro de culturas” fue choque, trauma, imposición foránea en estas tierras de historia milenaria. En Cuba, a lo sumo, te encuentras un nombre prehispánico y un plato de cazabe de yuca. Nuestros primeros padres son polvo en el viento. Pero aquí a los hijos de Quetzalcóatl te los encuentras cada día en el metro, en las calles, en los puestos ambulantes. La sangre de México es mestiza, mestiza como América Latina, y sobre todo en esta tierra de emperadores hoy plebeyos, y de plebeyos que (acumulación originaria mediante) regentan fortunas en los barrios altos de la ciudad.

En México me reencontré con las papas. Grandes. Limpias. Hermosas. Aquellas papas que la ineficiencia, la bobería y el campo climático se cargaron en Cuba. Tuve que despedirme, sin embargo, del pollo. Del pollo de piel y masa blanca que le compramos a los Estados Unidos, tierra de misiles Tomahauwk y pollos deliciosos. Los pollos en México al parecer se alimentan de curry. La carne es amarilla. Amarillo-pollito. Amarillo-transgénico. No puedo probarlos. Simplemente no puedo.

Mientras tanto se va viviendo. Sí. Viviendo. Sin la sobrevida a la que estoy tan acostumbrado. Sin el pan nuestro de cada día, porque ahora también podré comer galletas y cereal. Y el pan puede ser de maíz, blanco, de ajo o integral. O no comerte ningún pan porque simplemente no se te da la gana. Pero bueno, ya esas serán otras historias…