viernes, 24 de mayo de 2013

Verano

Estoy montado en un P3 con 40 grados de temperatura y a dos paradas de un ataque de histeria. Sí, de histeria. Los hombres también lloran y los carniceros del agromercado de 19 y B de vez en cuando van al cielo. Todo es posible.

El ómnibus lleva media hora detenido en la parada de la Virgen del Camino, lugar polvoriento y cloacal de esta Habana que ya suda las primeras calenturas del verano. El chofer ha dicho que no va a arrancar hasta que no pueda cerrarse la puerta, pero hay por lo menos diez personas arracimadas a la misma con la desesperación de un balsero a su balsa. La cosa pinta para largo.

Dios, que aprieta pero no ahoga, nos envía una pequeña brisa. Durante dos segundos se cuela el fresco entre la porquería que circunda a la Virgen del Camino, y se va escurriendo, mágico, entre las cuatrocientas personas que me acompañan en este ómnibus articulado. Respiro. Exhalo. Un niño aprieta una paloma que desesperada lucha por escapar de esta atmósfera cargada. Si yo fuese paloma me esforzaría por picar al niño y salir volando… pero antes (y disculpen los pudorosos) me cagara en la cabeza del chofer. Este último tiene puesto a Álvaro Torres del modo en que se disfruta la música en el Caribe: a todo meter. Álvaro Torres es un monumento a la cursilería latina dondequiera que se escuche, pero a 40 grados en un ómnibus habanero es el infierno de Dante.

He tenido un fin de semana de perros, y esta larga espera tan solo viene a confirmar la relación dialéctica que se establece entre las guayabas verdes y los males del culo. Mi vecina, que es una santa, está haciendo su casa nueva, y ayer sábado estuvieron sus albañiles golpeando la vida con un martillo de aire hasta las diez y media de la noche. No protesté. Si protesto me hubiera mentado con todas sus letras el órgano reproductor masculino. En los barrios las situaciones se resuelven de este modo. Es la actitud del pirata que aborda el barco vecino con un cuchillo entre los dientes.

Mi casa en Lawton City es un horror de polvo y calor. Calor y polvo. Mi cama por la tarde parece una sandwichera después de un día agarrando la radiación solar que atraviesa el techo. Allá César Vallejo que se murió en París un día de lluvia. Ya yo lo tengo claro. A mí me llegará la última hora un día de verano justo a las tres de la tarde, cuando del techo está bajando todo el calor concentrado del trópico, y el sudor se te pega al cuello como el asma a los pulmones. A esa temperatura no se piensa, y si se existe es tan sólo de modo precario.

Sudo y sudo dentro de mi P3 varado en la Virgen del Camino. Un nuevo verano que llega a mi Habana periférica. El sol que quema y lo muestra todo tal y como es, en especial mis propias ideas que lucen claras y tristes bajo la luz estival.

martes, 21 de mayo de 2013

La integración cultural de América Latina, un acercamiento a la utopía de Bolívar y Martí


Por Salvador Salazar y Yinett Polanco
Texto publicado originalmente en La Jiribilla

De las dunas que circundan las márgenes del río Bravo mexicano a las estepas gélidas de la Tierra del Fuego. El Caribe y los Andes. Atacama, el Amazonas y el istmo de Panamá. Español, portugués, africano e indígena. Todo mezclado. El pan, la arepa y el cazabe. La cerveza y la chicha. La salsa, el jazz y la flauta indígena; la cumbia, el joropo, y los lamentos del gaucho en la pradera. Diego Rivera, Pablo Neruda, Wifredo Lam y Rubén Darío. Bolívar, San Martín, Túpac Amaru y José Martí…

América Latina es una utopía que se viene construyendo desde hace 500 años. Utopía no en el sentido de quimera inconquistable, sino de horizonte posible al cual dirigir nuestros pasos. Fue esta la tierra prometida a la cual arribó el hombre europeo que huía de la rígida estamentación feudal; el criollo entonces nació —por esencia— libre, con una concepción del mundo horizontal y democrática, que se fue imponiendo a las aristocracias locales. Como afirma el historiador cubano Sergio Guerra Villaboy (2001), la historia de América Latina es precisamente un complejo proceso de formación de la conciencia y el Estado nacional, es decir, el paulatino autorreconocimiento de una cultura y una identidad propia.

miércoles, 15 de mayo de 2013

Alma Mater

Bailan por placer. Porque les da la gana. Porque cuando bailan son libres y son grandes. No importa que en la beca a veces no haya agua, que el elevador en ocasiones esté roto y deban subir doce pisos de escaleras. Cuando bailan se olvidan de la lista de espera en la terminal de ómnibus para ir a sus casas lejos de La Habana, del precio de los boteros que te acaban la vida, de la dificultad de los exámenes. Todo es baile. El ritmo está en el subsuelo de esta isla musicalmente telúrica. El ritmo y las ganas de hacer, de sobreponerse a todos los inconvenientes de la vida diaria.

Bailando convierten en milagro el barro. Y no es muela. La mayoría llegaron como Oliver Twist o Vito Corleone a una ciudad que les pareció inmensa y mágica, una ciudad que sin ser Nueva York o Londres tiene la virtud de tragarte de un mordisco sino te adaptas rápido a la locura del sobrevivir cotidiano. Otros ya habían nacido en la capital de todos los cubanos, algunos en su inmensa e incomunicada periferia, el resto más cerca de la sombra neoclásica de la Universidad.

El grupo de baile les permitió socializar, integrarse, comulgar en una causa común, estructurarse en una comunidad de amigos que no para de soñar. A donde llegan se roban la fiesta. El baile los enseña a desarrollar habilidades sociales de todo tipo, como la comunicación extrovertida y la capacidad para ambientar con los más diversos públicos, desde el catedrático hasta el reguetonero. Han logrado desarrollar una red (inter)generacional e (inter)nacional de amigos: almamateros se hacen llamar viejos y jóvenes, lo mismo en La Habana que en Madrid, en lo más profundo de Pogolotti que en algunas residencias con jardín de Miramar.

Desde hace 35 años diferentes generaciones de estudiantes de la Universidad de La Habana se vienen reuniendo varias noches de la semana para montar coreografías y girar sobre la pista. Con sus altas y sus bajas, el grupo Alma Mater resistió a la crisis económica, a los recortes presupuestarios, y al propio envejecimiento de algunos de los puntales de la agrupación.

La semana pasada cientos de personas ovacionaron al grupo, que celebró su aniversario con una gala en el teatro Mella de esta ciudad. Al terminar la función algunos de los bailarines salieron corriendo para abordar uno de los siempre atestados ómnibus que recorren la calle Línea del Vedado. The show must go on. Se montaron por la puerta de atrás, burlando el pago, la cola y la voluntad del chofer. Truhanes. Bienaventurados estos hijos de la corte habanera de los milagros: jóvenes que inventan y luchan, que viven y sufren, que aman intensamente, ríen y lloran en las noches habaneras. La juventud universitaria que late y existe, crea y construye, funda y sueña.

Sudados, llegarán esa noche a la beca o a la casa. Al huevo frito con arroz y al cubo de agua fría tirado sobre el cuerpo con un jarrito. No son felices en la pobreza y la humildad, ni amantes de la política del buen salvaje, pero sí están más cerca de la idea trascendental de un mundo posible en el que la gente haga cosas por el puro e inmaterial placer de ser mejores, de superarse, de crecer. Allí, en esos pequeños actos y esas pequeñas cosas, está precisamente el espíritu universitario del Alma Mater.

lunes, 6 de mayo de 2013

El regreso

–Bienvenido a la Patria, -me saluda la joven oficial de aduanas. Y del modo en que lo dice la Patria me parece algo tangible e imponente, sagrado quizás: el saludo de un soldado que regresa del frente, la tierra de la que habla Martí por boca de Abdala, la Marianne cubana con peplo y gorro frigio; pero también el hogar, la luz del sol, los olores, y el único sitio en todo el mundo donde te sientes totalmente libre. Nada, que los hombres representamos nuestra existencia a través de símbolos.

La estera escupe una maleta cuyo contenido tiene la densidad de un agujero negro: 27 kilos compactados hasta el infinito. Adentro hay tres libros, un par de zapatos para cada miembro de la familia, una batidora y un rocambolesco etcétera que incluye los tomacorrientes de toda la casa, una reserva de champú anticaspa para tres meses, culeros desechables para bebé, y la edición más reciente de El Universal de Caracas, cuyos titulares (para no variar) le piden la cabeza a Nicolás Maduro con el mismo entusiasmo meticuloso con el que criticaron a Hugo Chávez durante catorce años. Mi maleta podría ser perfectamente la de un travesti aprendiz de informático y conserje multioficio. Lo mismo puede aparecer un juego de memorias RAM para la computadora, que un taladro eléctrico, que pinturas de uñas y tintes para el pelo. Mi maleta es un resumen de las necesidades más urgentes de la familia. No me quejo, pero parezco un beduino.

Cada viaje es un triunfo a la maldita circunstancia virgiliana de estar rodeado de mar por todas partes, a la claustrofobia isleña. Ironías e hijeputadas de la vida, se pasaron cincuenta años diciendo que los cubanos no podríamos viajar porque no nos autorizaban, y cuando el gobierno decide levantar el obsoleto permiso de salida las embajadas se aprestan a aumentar los controles para concedernos visado. Pregunto, ¿por qué tenemos que pedir visa para ingresar al cristianísimo e iberoamericano Reino de España cuando nuestros compatriotas ecuatorianos, peruanos y chilenos no la precisan? Lo mismo sucede con otros muchos países del área con quienes nos unen vínculos históricos y culturales. Mi pasaporte, como el de Mayakovski en su momento, no abre puertas en las embajadas de este mundo, si acaso, a lo sumo, un perdido consulado bielorruso o quizás una islita del Pacífico imposible de ubicar en el mapa.

El fin de la prohibición para salir a ver mundo ha creado un actor social en extremo sui generis: el mulo aéreo. Particulares cuyo negocio consiste en satisfacer la demanda que provoca la inexistencia de un mercado mayorista para el cuentapropismo insular. En la práctica, son personas que han logrado hacerse de un visado a perpetuidad y viajan varias veces al mes a países sobre todo de América Latina en busca de artículos de buhonero. No los critico. Cada quien tiene el derecho a buscarse la vida como mejor pueda, y su comercio alimenta los bazares de ropa ecuatoriana que populan en toda Cuba. Eso sí, el vocabulario y otras prácticas sociales de los mercaderes aéreos que me acompañaron en el avión son una romántica evocación a un contén centrohabanero: malas palabras, guapería, y hasta ron servido en vasitos plásticos desechables...

-Bienvenido a la Patria, -me digo a mí mismo. Las puertas del aeropuerto se abren cuando me acerco arrastrando el carrito. Afuera el sol quema y los boteros gritan desde sus almendrones. Estoy en casa.