lunes, 25 de febrero de 2013

Celebración de la bobería

Nada resulta menos placentero que una cola en un parque de la Víbora, sobre todo si es febrero, si hace frío, y si -por encima de todas las cosas- te estás meando.

Amanece temprano en esta parte de la ciudad. Un grupo de adolescentes se dirige sin prisa al preuniversitario cercano mientras el cuentapropista ambulante anuncia su mercancía: pastel de guayaba y café. Un perro ladra. Alguien pregunta el último en la cola. Y yo, prosaicamente, me estoy meando.

Cerebro mal intencionado el mío que ahora sólo piensa en agua que cae, agua que corre, agua pa’ Yemayá, tumultuosos arroyos y hasta el Niágara hundoso de Heredia. Me estoy meando. Mala mía porque me desperté a las cinco de la mañana para marcar en la cola, ya son las diez y desde ese entonces no voy al baño.

Pero el esfuerzo valdrá la pena. Estoy entre los cinco primeros de la  cola, e incluso tuve la previsión de preguntar a mi antecesor detrás de quién iba, así que tranquilo, a esperar a que abra la oficina para yo efectuar mi trámite. Mientras tanto, se va formando una larga fila de personas detrás de mí, la totalidad de las cuales, pienso con envidia, con toda probabilidad tendrán la vejiga mucho más vacía que la mía porque se despertaron más tarde.

A las 8 y 30, media hora después de lo que informa el cartel de la puerta, sale un señor de la oficina y orienta que debemos organizarnos en tres colas, siempre en dependencia del trámite que queramos efectuar. Es un señor que evita exponer sus cuerdas vocales. Murmura las instrucciones y ni yo, que soy el quinto en la cola, lo entiendo bien. Resulta que hay que hacer una fila para los trámites 1, 3, y 5; otra para el 4 y el 9; y una última para el resto de los trámites. Pero eso sí, si vienes a realizar el trámite 10 te vas por donde viniste porque la compañera encargada del mimo tiene al niño ingresado con amenaza de dengue y ella cierra su oficina con llave, de modo que nadie puede sustituirla.

Nada, lo primero es clasificar mi trámite dentro de la lista, cerciorarme que lo mío no tiene nada que ver con el funesto número 10, y después ponerme en la correspondiente cola. Y hacer todo eso en menos de 30 segundos, porque ya la gente se mueve como los naipes de la reina de corazones jugando al cricket. Soy lento y descubro que en la nueva repartición del mundo he bajado del puesto 5 al número 12. Podría pelear con la cola, reclamar mi derecho, pero la lucha por la supervivencia no se me da bien. Espero paciente. Y además, me estoy meando.

Aprovecho la apertura de la oficina y me acerco a una empleada de limpieza que a esa hora comienza a barrer el portal. Pregunto por el baño. Mi mira. Se demora en responder. Yo la miro. Nos miramos. Y me dice finalmente que baño hay (en este punto mi esfínter respira aliviado, y de paso afloja un milímetro. Una nano-gota de orine o al menos de esperanza se dirige rauda a mi calzoncillo) pero a continuación me informa que no estoy autorizado a entrar: “el baño no es para los usuarios, sólo para los trabajadores”, indica.

El tono de voz de la compañera me retrotrae a una asamblea sindical a la que no asistí pero imagino punto por punto. La compañera de limpieza se queja de lo puerca que es la gente porque se mea afuera del inodoro, y dice que ella no tiene ni cloro, si guantes, ni voluntad para limpiar aquello. Y el compañero administrador, solidarizándose con la compañera empleada, decide tajantemente que ningún otro usuario (porque eso somos, usuarios) mearía en esa taza por los siglos de los siglos amén. Y así es como aquella oficina mustia ubicada junto a un parque de la Víbora dejó de ofrecer su baño a los usuarios que como yo tengamos la mala fortuna de estarnos meando antes de comenzar un trámite.

-Pero puede ir a la funeraria cercana-, me dice finalmente la empleada.

Y yo camino rápidamente las tres cuadras que me separan del tanatorio. Pero resulta que ese día no hay un muerto que velar. Me quedo en la puerta de la funeraria mirando la tablilla vacía, se me acerca otra empleada de limpieza (esta vez un ser humano) quien al parecer se da cuenta de que me estoy meando, y me pregunta si quiero ir al baño y hasta me indica donde encontrarlo.

Pero de un costado de la funeraria sale un compañero administrador. Descompuesto. Colorado. Me pregunta qué quiero hacer. Y yo que mear. Y él que  no se puede, que la funeraria no es un baño público. Y yo que me meo porque en la oficina de la cual vengo no hay baño. Y él que eso no le importa. Que me fuera. Que no meara. Que sólo volviera a ese lugar si era un doliente o de lo contrario el dolido, estado este último al que pronto sentí llegar si de tanto aguantar la vejiga decidía explotarse. No le pregunto al administrador hasta qué punto podría ponerse en riesgo el objeto social de su funeraria porque un simple mortal pueda satisfacer el derecho universal a no mearse encima. No me da tiempo a hacerlo. Además, en este momento sólo siento ganas de mearlo a él.

Expulsado. Vencido. Sigo caminando hasta un policlínico cercano a la funeraria, lugar por cierto ya no tan próximo a la oficina donde aún aspiro a completar mi trámite. Allí descubro un baño… en medio de una cola de mujeres en espera de una regulación menstrual. Larga la fila. Todo el mundo cacareando y yo meándome. Cuando me toca mi turno, todavía soy caballeroso y dejo que una viejita temblorosa orine primero, viejita que (lo aclaro) no está allí evidentemente para regularse nada.

Regreso, satisfecho del deber cumplido, a mi cola del parque. Espero. Espero. Sigo esperando. Las compañeras de la oficina se toman su tiempo. Siempre es bueno el momento para tomar un café y conversar de la novela, de la ropa ecuatoriana que está vendiendo el vecino, de la regulación menstrual de Yusimí (la compañera del trámite no. 10) que no tiene enfermo nada al niño, sino que se tomó el día para cumplimentar la actividad… compañera por cierto a quien vi haciendo su correspondiente cola mientras yo resolvía mis cuestiones urinarias en el policlínico.

Y yo me desespero. Me jode emplear mis días al cultivo de la bobería. Quizás otros lo vean como algo normal, pero es una derrota invertir la jornada en una actividad de este tipo. La vida desgraciadamente no es infinita y los seres humanos tenemos un tiempo limitado sobre la tierra. Tiempo que se acaba si lo dedicamos a tramitar y a correr para no mearse encima.

He dedicado al menos un año entero de mi vida a realizar trámites. 365 días con sus noches. Se me ocurrió nada menos que cambiarle el techo a mi casa, tarea que implicó dialogar, volver a dialogar y finalmente chocar con los compañeros de la vivienda, uno de los imperios burocráticos más sólidos del Caribe insular y posiblemente de toda la América Latina. He hecho colas para solicitar innumerables dictámenes técnicos, regulaciones urbanas, actas para regular lo establecido, permisos, cotejos, legalizaciones…

Recuerdo que hace años en una cola para renovar el carné de identidad una recepcionista en un arranque de sinceridad nos dijo a los atónitos usuarios: -Es que ustedes lo que les gusta es que yo los maltrate-. O el otro día que voy a una oficina a hacer una pregunta, y me dicen que hay una cola para responder a las preguntas, y le digo que no hay nadie en la cola, pero me dicen que igual que debía esperar el turno…

Hay un universo más allá de tanta bobería. Ojala que algún día alguien caiga en cuenta que yo (el usuario) soy el objeto social de la compañera Yusimí (la de la regulación menstrual), que mi esfuerzo diario paga su salario, y no que (como ocurre) sea yo el objeto de la Yusimí, aquel que merece ser maltratado.

Por cierto, resolví el trámite, una simple solicitud para que me renovaran un documento extraviado. Invertí en eso toda una jornada de trabajo. Esta noche, cuando ponga mi cabeza sobre la almohada, tendré la triste sensación de haber desperdiciado un día de la vida, en el que quizás se pudo hacer algo mejor que pasárselo entero celebrando la bobería.

jueves, 14 de febrero de 2013

Celebración del plátano burro hervido


El otro día, leyendo a Eric Hobsbawm, me enteré de la llamada ley de Engel. Se trata de una cuestión sumamente interesante, ya que pocas veces la teoría económica se traduce con facilidad en el pan nuestro de cada día. Engel (a quien no podemos confundir con el Engels amigo de Carlos Marx) fue un estadístico alemán quien a finales del siglo XIX observó que si aumentaban el ingreso promedio de una determinada colectividad, esta gastaba proporcionalmente menos en comida y más en actividades de segundo orden como cultura y ocio. Ello no quiere decir que con un aumento de la renta no ascienda también el gasto en alimento, sólo que este representa un porciento menor dentro de los egresos totales. Visto desde una perspectiva macro, las sociedades más hambrientas dedican la práctica totalidad de sus ingresos a la alimentación, mientras que los ciudadanos de los países menos pobres no sólo comen sino que también compran ropa, van al cine y juegan con la Wii.

No hay que ser Engel (ni tampoco Engels) para saber que cada cual piensa como vive, y que un haitiano gasta el dólar diario que le asignan las estadísticas de Naciones Unidas básicamente en plátano burro, mientras que a un neoyorquino de Manhattan su renta le alcanza para comprar salmón, frutos secos y yogurt descremado, y además pasar las vacaciones en los Hamptons.

Es poco probable que el estadístico alemán se interesara por algunos rasgos deliciosamente cualitativos que se asocian al fenómeno que se describe en su Ley. Pero vale la pena hacerlo. Se me ocurre pensar que aquellos que dedican su renta a conseguirse el diario alimento tienen menos posibilidades objetivas para procurarse felicidad, que los que tienen la suerte de poder invertir parte de sus emolumentos en tomar taxis, comprar libros, y pintar la casa. Lo de procurarse el diario alimento no es para nada eufemístico, las sociedades con alto nivel de renta promedio están infraestructuralmente más desarrolladas en lo que respecta a los modos de conseguir el diario alimento. Diciéndolo mal y pronto, en el supermercado te encuentras la carne lista para ser guisada y no es preciso zancajear media ciudad para encontrar (si es que aparece) un pollo entero o una libra de papas.

Al sur de la ley de Engel la vida se reduce a trabajar, comer y defecar (un acto este último prosaico, pero inevitable). Al norte te puedes preocupar incluso por ir al gimnasio para perder los kilos que ganaste en Navidad, apadrinar por internet al pequeño Kim (un niño norcoreano que huyó con sus padres hacia las Filipinas), y suscribir una petición de firmas para que las grandes corporaciones no destruyan la selva del Amazonas.
Marx (el amigo de Engels a quien no podemos confundir con Engel) decía que había que resolver primero las necesidades básicas para que uno después se pusiera a problematizar en torno a las grandes tragedias de este mundo. Y Buda, siempre tan materialista, descubrió que era imprescindible tener la barriga llena para alcanzar el nirvana. Lo de gastarse la renta en comida no es sólo una cuestión económica, sino también espiritual. A una determinada organización del gasto se asocia toda una cultura de la vida: la pobreza material poco a poco se transforma en inopia mental. Así que a los pobres toca leer menos a Foucault, a Kant y a Santo Tomás de Aquino, y hacer más colas para comprar el plátano burro de cada día. Y si es hervido mejor, que así se ahorra en aceite y se cuidan los triglicéridos.

sábado, 2 de febrero de 2013

Paréntesis



Hoy es martes y me siento viernes, y aunque tengo que leer manuales de metodología de la investigación para el Doctorado, responder a veinte correos electrónicos, y tabular encuestas que miden la calidad del trabajo educativo en la Universidad, prefiero quedarme tumbado en casa, escuchando a Fito, a Raúl Paz, y a Buena Fe con Descemer Bueno. Qué más da. La vida es lo que haces con ella.

En el televisor está trasmitiendo Telesur en vivo. Lo tengo con el audio en silencio para escuchar a Raúl Paz, pero así y todo disfruto con esas imágenes coloridas que han traído el siglo XXI al interior de mi Panda. Telesur me recuerda, deliciosamente, que desde el Big Bang el universo se mueve.