sábado, 19 de enero de 2013

Soñar



Pueden volar las vacas. Y finalmente pasar el rico por el ojo de la aguja, y si se quiere todo Wall Street y la City de Shanghái si esperan turno detrás de los camellos del Sahara. Puede unirse el mar del sur con el mar del norte, y nacer la serpiente de un huevo de águila. Puede incluso hundirse la Isla en el mar luego de traicionar la gloria que se ha vivido. Todo puede ocurrir… Pero nunca habrá sueños en la cabeza de un necio.

Porque los necios no sueñan. Los necios no leyeron en su tiempo a Salgari, a Mark Twain, a Julio Verne y a Daniel Defoe. Y ya después es demasiado tarde para Carpentier y El camino de Santiago; para los versos encendidos de Neruda ante la contemplación de los Andes; para la locomotora de Whitman y los murales de Diego Rivera; para cerrar los ojos e imaginar París un día de lluvia; para soñar caminos –muchos caminos- y olvidar fronteras –todas ellas-.

El necio no se atreve, no rompe las reglas. Si acaso un poco de evasión de vez en cuando. Pero la telenovela brasileña y la serie nacional de béisbol no dan para más. El mundo feliz de las telenovelas dura, a lo sumo, quince minutos después de que se apague el Panda. La cerveza se suda y la carne se caga. A continuación la bendita realidad, el pan nuestro ese de cada día del que tanto se habla, los sueños que sueños son.

Y mientras tanto citas sin saberlo a Calderón de la Barca, sales al portal en ropa de dormir y te quejas del calor habanero, y de los vecinos que no bajan la música, y del precio de la carne de puerco en el agromercado. Y de la vida que se te está pasando entre mierda y mierda. Y lo peor es que te mueres sin saber que hay un mundo más allá de la guanajería cotidiana. Que hay vida inteligente después del Panda, de los vecinos y su música, del calor y del precio del puerco.

Verdad es que en la vida hay que sembrar el árbol, tener al niño y escribir el libro, todo para que te vayas algún día de este mundo con la sensación de haber tenido una existencia cualitativamente superior a la de una ameba. Pero, por favor, no te conformes con una mata de malanga y siembra una ceiba o cuanto menos un framboyán; asegúrate de hacer todo lo posible por formar a un chico que sea al menos justo (como le pedía Martí a su Ismaelillo) y no un pichón de anormal. Y si al final nos sale un cabrón que no sea toda la culpa nuestra (siempre se lo podremos achacar a la cuestión genética);  y en cuanto al libro… bueno, todo el mundo no puede escribir La montaña mágica, pero a veces un principio defendido con vergüenza tiene más peso que los tres tomos de El capital. Y si el árbol se seca, el niño nos sale miquillo, y el libro nunca se termina, por lo menos que no quede por nosotros, que nos lo propusimos con la mejor intención del mundo.

Y claro que los sueños son sueños. Perfecto que así sea. Si la gente se limitara a no soñar el mundo no tendría horizonte, y la vida transcurriera en un universo plano en el que toda tentativa de escape terminaría en las fauces de dos tortugas y un viejo elefante que sostiene bajo sus espaldas los continentes.

Bien por los que sueñan, por los que retan a la imaginación, por los que no se conforman, por los que aspiran a algo más de lo que les toca; bien por los que patean las puertas aparentemente cerradas, por los que gritan, por los que se lanzan; bien por los que creen y luchan por los sueños, y sobre todo, los que tratan de ir más allá de lo que les corresponde, porque esos estarán más cerca de romper el cerco de una existencia mediocre. Y así, humildemente, trascender.

lunes, 7 de enero de 2013

Crítica a la educación bancaria. Una experiencia muy personal



Durante una semana regresé a la adolescencia. En septiembre del año pasado participé en el Censo de Población y Viviendas. Mi facultad fue una de las convocadas para apoyar el ejercicio de recopilación estadística más importante realizado en Cuba en los últimos años. A un grupo de profesores y alumnos de la Universidad de La Habana nos correspondió supervisar el trabajo de los estudiantes de la enseñanza media y tecnológica que actuaron como encuestadores en el Censo. Se decidió que maestros y educandos recibiéramos la imprescindible capacitación previa en el mismo espacio, de modo que me tocó compartir aula con algunos representantes de la generación de cubanos nacidos en los albores del presente milenio.

Volver a los quince años fue una experiencia enriquecedora, en tanto me permitió apreciar de primera mano el comportamiento de un grupo de adolescentes habaneros. No caeré en el facilismo de las generalizaciones. Me resulta imposible demostrar que lo observado haya sido una muestra representativa de las prácticas educativas presentes en la Cuba de hoy. Es también simplista afirmar que el modelo de educación vivenciado sea un fenómeno que se circunscriba a nuestro país y una prueba fehaciente de crisis generalizada. Por el contrario, estas prácticas se repiten en el poco mundo que he podido ver, y no son sólo un fenómeno tercermundista y periférico, sino que están presentes en la mayor parte de los modelos educativos. Pero, aclaro, la globalización de la tontería no es de ningún modo excusa para no enfrentarla.

Experiencia enriquecedora y a la vez traumática. Descubrí que la juventud no está perdida como se afirma a veces desde los medios de comunicación, las cátedras, la cola del periódico y los bancos de los parques. Perdido está el modelo de enseñanza que pretende imponérseles. Perdido estará el país del futuro con hijos formados bajo semejantes prácticas. Aprecié de primera mano cómo se practica con total impunidad un modelo de formación verticalista, dogmático, reproductivo, bancario, la antítesis de una enseñanza que tenga como objetivo esencial la liberación del sujeto social.

Cada jornada, de todas las que pasé formándome para participar en el Censo, comenzaba con el canto del Himno Nacional. La directora del plantel donde nos correspondió la capacitación interrumpe el Himno a la mitad y nos pide que cantemos más fuerte. La mayoría ha murmurado la primera estrofa, lo que parece un rezo colectivo. Quizás los templarios fueran al campo de batalla canturreando salmos entre dientes, pero nunca los bayameses al combate. Mientras cantamos, un alumno va izando la bandera. La escena es triste y patética. Parece más bien un funeral que uno de los actos de civismo más hermosos de nuestra tradición educativa. Supongo que nadie nunca les haya explicado a estos muchachos con la suficiente insistencia lo que significa el Himno Nacional para todos los cubanos. O quizás sí. Con machacadora insistencia. Con lamentable repetitividad. Pero no con pasión. Los himnos, como la ropa, se van gastando con el uso. Hay que reinventarlos. Rehacerlos. Resignificarlos.

Y la educación también debe resignificarse. La directora ha hablado largamente sobre el uso correcto del uniforme, una indumentaria que desde hace décadas no ha sufrido la menor alteración en su diseño, tarea que han asumido los propios muchachos encogiendo camisas y pantalones, recortando sayas, agregando pliegos donde no hay. Ante la charla de la directora los estudiantes miran a otra parte. La directora es una buena mujer, una hija de estos tiempos. Luce cansada. Cansada de todo. Cansada de ganar poco a cambio de recibir malos tratos por parte de la provincia que seguro le pide garantizar la docencia en una escuela donde apenas hay profesores, y los que quedan están quizás aún más aburridos de todo que la propia directora. Cansada de unos estudiantes a quien no logra entender, porque por mucho que ella se esfuerce para explicarles el buen camino terminan fumando en el recreo y enredándose a golpes en los baños. Cansada está de que a sus espaldas los exámenes se vendan, que los profesores jóvenes conquisten a las alumnas… Sólo la inercia la mantiene el pie, la convicción de que no sabe hacer otra cosa en la vida, o al menos que no tiene el valor para dejar el oficio de educadora y emprender otra actividad que le permita ganarse la vida.

En nuestra primera clase la profesora, una muchacha que aún no ha cumplido los veinte años,  ordena abrir el libro en la primera página y comienza a leer el texto. Si estamos hablando del Censo de Población y Viviendas podríamos quizás empezar por algunas interrogantes que puedan motivar la atención de su auditorio: ¿Para qué sirve realmente un censo? ¿Se hace en otros países? ¿Qué particularidades tiene en Cuba? Pero no. El universo está contenido en el manual que la maestra se empeña en leer, un manual todopoderoso que aporta definiciones concretas. Cada cierto tiempo detiene la lectura para regañar a algún estudiante que, aburrido, opta por conversar con su compañero de asiento, le pide a otro que se ponga correctamente el uniforme o que se saque el piercing de la oreja. Los regaños son las únicas motivaciones que tiene esta clase, en la que se nos enfatiza que es necesario aprender claramente el concepto de “vivienda”, y saber diferenciar un apartamento de una ciudadela multifamiliar. Hoy estamos hablando del censo, pero imagino a estos mismos muchachos recibiendo día tras día las más diversas asignaturas a través de semejante método. La maestra nos conmina a copiar lo que ella dicta, preguntas y respuestas. Un catecismo que el estudiante debe memorizar y reproducir en el próximo examen. No hace falta que el muchacho lea, basta con aprender de memoria una guía con cinco o seis preguntas, tres de las cuales con toda seguridad “saldrán” el día del examen.

A veces no hay maestros, pero eso no parece importar demasiado. La directora del centro, que ha pasado haciendo un recorrido y vociferando contra los infractores (“muchacho, métete la camisa por dentro”; “muchacho, aquí no se puede fumar”; “muchacho, sácale la mano a esa alumna”) ha comprobado que media hora después de comenzado el turno no hemos entrado aún al aula. “No puede haber nadie en los pasillos”, explica, “entren al aula y esperen por el maestro”. El día anterior el maestro simplemente nunca llegó, estuvimos sentados más de tres horas sin hacer nada, al parecer el maestro estuvo enfermo y el plantel no cuenta con suplentes. Da igual. El pacto social tiene su sentido. La escuela se encarga del estudiante al menos de ocho de la mañana a una de la tarde. Durante ese tiempo no estará en la calle mataperreando y los padres pueden respirar tranquilos. La escuela no es ya un espacio para aprender sino una guardería para adolescentes.

El recreo, por cierto, es a ritmo de reguetón. A media mañana montan un equipo de audio en la plaza de formación y después del timbre se arma una matiné al aire libre. Macumba  nuestra de cada día en un tecnológico habanero. Trescientos muchachos (quizás más) educándose en la cultura del reguetón, un ritmo tan respetable como cualquier otra pero cuyas letras (machistas, vulgares, violentas) son la antítesis de todo lo que debe construirse en una escuela.

No hay motivación por aprender. La maestra está evidentemente castigada en esa aula. El diálogo con sus estudiantes se basa en la coacción (de hecho emplea las mismas expresiones soeces que la mayoría de ellos en el trato cotidiano), y por otra parte su preparación se limita únicamente al contenido del manual. Antes semejantes prácticas el estudiante adolescente, rebelde por naturaleza, asume acciones que tienen como objetivo evadir el cerco asfixiante que le plantea el modelo. En primer lugar, obedecer. El modelo y sus entes reguladores (la dirección del plantel, los profesores, etc.) tienen en sus manos una larga lista de sanciones a aplicar en todo momento, que van desde el escarnio público a los siempre temidos consejos disciplinarios, la citación a los padres, la posible expulsión del centro.

En segundo lugar, la evasión. El estudiante hace como que acata pero no cumple. Repite lo que le dicen que diga pero no se implica. Simplemente adopta como postura el hecho de no tener ninguna, encogerse de hombros y encontrar espacio en el limbo del desinterés generalizado.

El modelo educativo se asienta en los controles y las regulaciones, en el estricto cumplimiento de lo establecido. Poco importa que se impartan buenas clases, siempre y cuando quede constancia impresa de que se han hecho controles por parte de la dirección, los metodólogos provinciales y un largo etcétera de funcionarios reguladores de lo establecido. El día del control la maestra se pondrá su ropa de fiesta y con toda seguridad ensayará con una semana de antelación el guión con sus estudiantes (so pena de castigo) de modo que la puesta en escena resulte perfecta. Se levantarán todos los murales que hagan falta a favor de la tarea de impacto que sea, pero nadie se preocupará realmente por saber qué pasa por la cabeza de estos muchachos, y mucho menos por intentar compatibilizar el universo de estos hijos del siglo XXI con las propias directrices educativas de los órganos superiores, que funcionan en la práctica como un verdadero universo paralelo. Las aulas se han convertido en un campo de batalla entre jóvenes apáticos y frustrados profesores. Y con eso nadie gana.

Ojala llegue pronto una reforma integral de la educación. Totalizadora. Racional. Menos llamado al voluntarismo y más equilibrio entre un ejercicio que exige total consagración y la merecida retribución material al profesor, sobre todo al de los niveles elementales y medio, en quienes descansa la formación de cientos de miles de compatriotas en los espacios comunitarios. Reforma que fomente un mayor reconocimiento por parte de la sociedad al noble ejercicio de la docencia, retos que no se vencerá hasta que el magisterio no deje de ser (económica y socialmente hablando) una de las profesiones peor retribuidas y valoradas. Reforma también de los modelos de educación. Crítica al verticalismo. Lucha por la educación formal. Inclusión real en cada plan de estudio del civismo, la educación del ser humano para vivir y participar en la vida del país.

Educar es un ejercicio consciente de hegemonía. Como nos recuerda Gramsci, son las escuelas las principales instituciones reproductoras del orden social. En las escuelas los seres humanos pasamos la mayor parte de nuestra infancia, la totalidad de nuestra adolescencia y casi toda la juventud. Desde las escuelas, para bien o para mal, aprendemos un conjunto de reglas para vivir en sociedad. Pero también para hacer una sociedad mejor. Para intervenirla. Transformarla. En las prácticas educativas se encuentra el basamento fundacional del país que vendrá en las próximas décadas, de nuestra futura gloria o de nuestra ruina, de nuestra refundación o de nuestra final decadencia.

miércoles, 2 de enero de 2013

El año del cambio

El 31 de diciembre de 1512 mi tatara-tatara-tatara-abuelo se presentó ante su padre y le comunicó que se iba a hacer las Américas. Estaban esa noche en la plaza mayor de una aldea perdida en lo profundo de España, festejando el advenimiento de un nuevo año del señor, cuando mi ancestro se acercó a su padre y le comunicó la noticia. Aunque no pasaba los cincuenta años, el viejo lucía mucho mayor luego de una vida entera trabajando las tierras del señor de la comarca. Padre e hijo olían nauseabundamente igual (una mezcla de vino y ajo, unido a meses sin tomar un baño) de modo que ninguno de los dos percibió el fuerte hedor del contrario cuando se abrazaron emocionados. Mi ancestro juntó sus pocas pertenencias y emprendió el rumbo a Cádiz, y de ahí a saber dios dónde, para terminar con sus genes en La Habana quinientos años más tarde.

Dicen los que lo conocieron que antes de tomar la decisión de embarcarse al Nuevo Mundo, mi pariente se pasó unos meses oteando el horizonte desde lo alto del campanario del pueblo. De momento mi recontra-tatara-abuelo había descubierto por conversaciones de tabernas, historias de viajeros, y sermones de iglesia, que más allá de los límites de la aldea había otra, y otra, y otra… y que después de todas las aldeas de Castilla se encontraba la Mar Océana, y más allá unos reinos portentosos donde el hombre podía cambiar su destino con un poco de esfuerzo, sin que hubiera que contar tanto con la misericordia divina.

Durante milenios la vida en la familia había transcurrido en largos ciclos de nacimiento, muerte y posterior resurrección, sino física, al menos en lo que se refiere a los valores, las creencias y sobre todo los caminos posibles que daban sentido a la comunidad. Eran ciclos aparentemente inamovibles que se repetían generación tras generación: mis ancestros habían pasado toda su vida en la misma aldea que habitaron sus padres y los padres de estos, desde que algún fundador, en la oscura noche de los tiempos, decidió asentarse en un valle bajo la sombra del castillo feudal. Por supuesto que el cambio (o los cambios) estaban presentes, pero estos eran tan lentos que se precisaba de varias vidas para poder documentarlos (y gozarlos) plenamente.

Pero en apenas unos años los pueblos de la Europa profunda, regidos por el calendario litúrgico y las estaciones, protagonizaron una revolución que abarcó todos los órdenes de la sociedad. Ante todo se quedaron vacíos. Las fronteras, custodiadas desde siempre por el temor a rodar en los confines de un mundo plano, se habían abierto ante la evidencia de la redondez del planeta. El huevo de Colón y los cojones de navegar hasta más allá del horizonte. No había fronteras. Los jóvenes, afiebrados por la aventura, desenterraban ahorros familiares y partían más allá del horizonte.

Los nuevos tiempos implicaban ante todo la posibilidad de optar entre varios caminos; poco a poco la gran avenida de la civilización cristiana, única senda posible durante más de mil años, se había bifurcado en diversas vías para la realización humana. Católicos o protestantes. Burgueses o señores feudales. Campesinos u obreros. Viajeros o inmóviles. Optar. Ante todo optar. Y dejar de pensar en que la realización personal siempre estaría después de la muerte, y sobre todo luego de vivir una vida machucante en este valle de lágrimas que es la tierra. Ahora se podía ser feliz, y (tamaña herejía) luchar por conseguir la felicidad en el reino de este mundo.

Dicen que mi tatara-tatara-tatara-abuelo no estaba tan jodido en su aldea como para justificar la decisión de arriesgarse a probar fortuna más allá del continente. De haberse quedado en casa, heredaría las pocas tierras del padre, y quizás sus hijos pudieran aprender a leer, y sus nietos participar en las primeras acciones contra el feudalismo. Pero al tatara-tatara-tatara-abuelo le molestaba en el fondo de su alma morirse sin ver el espectáculo tremendo de la humanidad (libre, suelta y gozadora) por esas tierras del mundo. Y también, no lo podemos negar, le repateaban los indianos (como eran nombrados los que llegaban triunfadores de América) paseando en coche por la plaza de la aldea y decorando las fachadas de sus casas con piedra franca de Villamayor; mientras que él, que quizás no valiera más pero tampoco menos, se la pasaba de la tierra a la casa, y de la casa a la tierra, sin nada mejor que hacer que juntar sus ahorros de todo un año para pegarse una buena borrachera en la última noche de 1512.

Por eso 1513 fue el año del cambio para mi tatara-tatara-tatara-abuelo. Debió no sólo enfrentar los peligros de la Mar Océana, sino el estar lejos de casa por primera vez, adaptarse a otro clima, otra alimentación, y otra cultura.

Nadie sabe cómo le fue en su muy personal odisea hacia la incertidumbre americana, aunque todo indica que probablemente mal o mediocremente igual a su vida anterior en la aldea. Al menos a sus más cercanos descendientes no nos legó mayor fortuna que un apellido más o menos limpio de polvo y paja, nada de dinero, y también algo de ese gen aventurero que lo lanzó a emprender rumbo. Pero esa ya es otra historia.