lunes, 30 de diciembre de 2013

Un Power Point para 2014




Estamos en Navidad, y como ya no es cool enviarse postalitas de cartón nos pasamos el día adjuntando papás noeles en el correo electrónico. Treinta y cinco mensajes entrantes. Mis amigos me quieren convencer de que en 2014 nos llegará la buena. O al menos, eso me desean: mucho amor, mucho dinero, mucha salud y mucha buena fortuna. No morirse, que ya es algo, que todo lo demás se consigue con tiempo y paciencia.

Paciencia y tiempo. Como yo, que estoy pensando seriamente en congelar algunos de mis espermatozoides a la espera de tiempos mejores para ser padre. No es mala la idea. Un pomito de semen en la parte de arriba del Haier, justo entre un tubo de picadillo de pavo congelado y una posta de pollo americano. Que todo llega. El fricasé, las croquetas “integrales” de pavo, y un pequeño cabezón que correrá por el patio y demandará 20 CUC mensuales en culeros desechables.

Los buenos augurios vienen siempre en diez o doce diapositivas de color rosa. Angelitos culones y música de Enya para ambientar. Y si quieres que el milagro se confirme debes enviarlo a diez destinatarios (tus amigos del alma o del ciberespacio), y además rezar un Padre Nuestro y dos Avemarías mientras el módem está accediendo a la red, que todo aquello que no mata engorda.

Nuestros cables de cobre, construidos en los días neocoloniales de la Cuban Telephone Company, se recargan ante los rigores de la trasmisión digital del Power Point; el módem resuma como un televisor Caribe, y yo sonrío ante la imperfección del mundo, ante mi propia imperfección, y ante los mecanismos que tenemos los seres humanos –y yo el primero- para procurar felicidad a toda costa, incluso en la irracionalidad de un Power Point que parece montado por Walter Mercado.

Realista (y demasiado) fue sin embargo el Power Point que presentó Marino Murillo ante la Asamblea Nacional. En calidad de supremo veedor de la implementación de los lineamientos para la actualización del modelo económico cubano, Murillo se encargó de recordarme (Power Point mediante) que el trabajo sigue sin ser productivo, que las monedas se juntarán más temprano que tarde como las aguas de Ochún con las de Yemayá, pero que ello no implicará que pueda acceder con mayor facilidad a la carne de puerco del agromercado, ni a la gasolina, ni al cemento, ni a la pintura, ni a los culeros desechables de ese hijo que esperará en el limbo de mi Haier.

Pero como uno en el fondo es latinoamericano y creyente empedernido en el mejoramiento humano, me pondré calzoncillos rojos en la noche del 31 de diciembre, desandaré el barrio con una maleta vacía, y lanzaré un cubo de agua que salpicará a los transeúntes azorados que tengan a bien pasar junto a mi puerta en los primeros momentos del nuevo año. Porque lo importante, lo fundamental, es que nos llegue la buena. Por eso consumimos los Power Point como si fueran galletas chinas de la suerte.

La tradición no es nueva. Hace cuatrocientos años, el Power Point de hoy lo era el Almanaque. No el calendario simple que ponemos en la billetera, o el digital que se despliega en la agenda del teléfono móvil. El Almanaque renacentista, impreso en los oscuros talleres de Ámsterdam, Praga o Amberes, pretendía ser una especie de compendio muy sintetizado del alma humana de los tiempos gloriosos de la Ilustración. Junto a las fases de la luna y las fiestas de los santos, el Almanaque moderno llegaba cada año con citas de Rousseau y Montesquieu, de Voltaire y Tomás Moro. Feliz 1780. A tomar vino que no hay más nada.

Como uno también tiene su corazoncito folclórico, llega el momento de expresar agradeciendo (total, rotundo, absoluto) a los familiares y amigos que me han acompañado a lo largo de este 2013 en la locura total que es nuestra vida. Gracias por compartir a mi lado cada jornada (por improductiva que esta sea), por cada viaje interprovincial en el transporte público o a lomo de botero, por cada esfuerzo en pos del mejoramiento humano, por hacer las cosas bien, por ser justos, por ser honestos, por hacer la luz.

Y por favor, no cometan la tontería de reenviar estas diapositivas a los diez mejores amigos de todo el mundo. No vale la pena. De todas formas, sin Power Point, nos llegará la buena. Algún día.

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