lunes, 2 de diciembre de 2013

Papas

 
Mi reino por una papa hervida. Eso. Una papa hervida. Pequeño tubérculo coño de su madre que del agro se fue y nunca más volvió. ¿Dónde están las papas? No quiero ni carne de res (me estriñe), ni leche condensada (me engorda), ni filete de claria (no puedo con la mirada ceñuda de ese bicho), ni croqueticas de pollo (proteína nuestra de cada día). Tan sólo una papa. Una papa hervida. Una reluciente y hervida papa para aplastar y comer con mantequilla.

Fíjate que no estoy pidiendo un viaje a las Bahamas con todos los gastos pagos. Ni que Telesur trasmita las 24 horas. Ni que mejore el transporte urbano y que por el río Almendares corra leche en vez de mierda. Sólo quiero una papa. Y hervida. Con mantequilla y algo de sal. Sólo eso. Nada que suba la presión o el colesterol. Tampoco una gozadera de chocolate Nutella ni medio pie de limón (bien sé que no nos podemos dar el lujo de tomar por asalto al Valhala culinario). Sólo una papa hervida para comenzar la semana con el pie derecho, para que nos llegue la buena, para que todo tiempo futuro sea necesariamente mejor. O para que al menos el futuro sea.
 
Estoy de fiesta porque dejó de llover sobre mi Habana mojada, y parece que no se caerán más casas y se detendrán de momento las filtraciones. Con las lluvias, se atascó el desagüe pluvial de una amiga que vive en la Centro Habana profunda, y en su edificio no se mezclaron precisamente las aguas de Yemayá con las de Oshún, sino que aquello que no queremos comenzó a salir desaforado por cada tragante, por cada inodoro, por cada desagüe; y cada jornada de lluvia fue un día de desgracia en la que achicar excrementos, y rezar porque las vigas y las losas del techo no cedieran a la tragedia del tiempo y la gravedad.

Porque el viernes pasado esto fue lo más grande del mundo. La Habana patas arriba. El Túnel de la Bahía inundado. Las aguas rodando desde la Quinta Avenida hasta el mar. El transporte público más perdido que nunca. Los carros atascados por el agua. Los boteros en paro forzado. Y seguía lloviendo. Lloviendo. Lloviendo. Alejada del mundo, la televisión (no escuché la radio) permaneció impasible en una ciudad que rompió aguas, y mientras los habaneros inventaban estrategias para regresar a sus casas en medio de una ciudad colapsada, el noticiero dedicó su media hora a celebrar efemérides nacionales y comentar alguna que otra noticia fuera de fronteras.

Pero bueno, de todo se aprende, y muy pronto los turistas, que son gozadores por naturaleza, regresaron a tomar sus mojitos en las terrazas del Malecón. La gente sacó a pasear los perros, y mi amiga terminó de una buena vez de achicar las aguas negras de su apartamento.

Entre la papa hervida que no acabo de comerme, las filtraciones del edificio de mi amiga centrohabanera, y la gestión de la crisis en el telediario, quizás haya un nexo oscuro e impenetrable como la voluntad del Altísimo. Gracias a la falta de creatividad se verán horrores. Aunque quizás no sea así: en definitiva sólo soy un necio. Mientras tanto, el sol sale y yo sigo soñando con una papa hervida. Tan sólo eso.

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