lunes, 9 de diciembre de 2013

Esperma

Mis padres celebran el día en que me concibieron con entusiasmo hippie. No es frecuente asar un pollo y descorchar vino en honor a un espermatozoide que llegó de primero en la carrera ancestral de la reproducción humana. Me hicieron un 7 de diciembre, día en que los cubanos conmemoramos la muerte de Antonio Maceo, el general más grande y más bravo de nuestras guerras de independencia. Ese día, la radio y la televisión trasmitían música patriótica, así que nada mejor para pasar una tarde de invierno que haciendo aquello que se dice hacen los guajiros cuando se pone el sol.

A veces se me olvida que mis padres también forman parte de la libertina generación de los sesenta, la única en la historia de la humanidad libre del temor al infierno, bendecida por los antibióticos, y sin el fantasma del SIDA planeando sobre sus cabezas.
 
Porque en los sesenta, el sífilis y la gonorrea se curaban como el catarro. Se hacía el amor y no la guerra. Y sin preservativo. Templaban los unos con los otros. La moral encartonada se había ido con la nueva época. Desde París ya no llegaban cigüeñas, sino la idea de tomar el cielo por asalto. Lo dijeron los jóvenes de la Sorbona. Mejor aún, el verbo se hizo acto. Fornicando. Bajo el pavimento está la playa. Prohibido prohibir. Cuando escucho la palabra revolución me dan ganas de hacer el amor.

La juventud vive. Desterradas la disfunción eréctil y la anorgasmia. En cada cuadra un Comité, y en cada barrio la juventud haciendo saltar por los aires la moralidad conventual republicana. La virginidad terminó con la Campaña de Alfabetización y las escuelas en el campo. Las niñas y los niños de quince años salen de bajo las faldas citadinas y se van a hacer historia por los campos del país. Dios existe, nadie pone en duda el origen divino del hombre, sobre todo cuando te encuentras con el Altísimo en lo más profundo de la selva oscura de una mujer con las piernas abiertas.

Al principio fue la esperma, una diminuta partícula que contiene todo el honor y toda la gloria de la especie humana. La esperma y el óvulo. Mezclados ambos mediante una gran templeta. Dios extendiendo el índice e infundiendo la vida al terreno Adán desde lo alto de la Capilla Sixtina, o en lo más oscuro y poético de una vagina. Las espirales del ADN amasando el código donde está escrito aquello que hemos sido como organismos vivos a lo largo de una historia milenaria en el reino de este mundo… y sobre todo donde está registrada la estrategia maestra de todo aquello que podríamos ser.

De lo otro se encarga el destino o el materialismo dialéctico, las condiciones objetivas y el encanto loco de existir en una Latinoamérica donde todo es posible. La competencia y la selección natural. El barrio donde naces y la familia que te toca. Los amigos que conoces. Las lecturas que haces y las parejas con las que te encuentras. El tiempo, la época que te tocó vivir.

La esperma siempre llega al mundo en un acto de suprema felicidad. De éxtasis. Orgasmo. Gozadera. Después hay que asumir las consecuencias o tomar la píldora del día después. A veces la situación se complica, y nueve meses después estás planchando culeros de gasa, o dando la vida en la tienda para comprar desechables. Entonces diriges la vista hacia la portañuela, y como el mejor de los penitentes le dices que fue por su culpa, por su grandísima culpa. Pero bueno, ya esa es otra historia.

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