lunes, 16 de diciembre de 2013

Chuletas

Todo indica que los tres reyes magos no entrarán por la chimenea, sobre todo porque las casas en el trópico no necesitan quemar leña para calentarse. Además, Santa Claus de seguro murió de un infarto debido a su peso y al colesterol alto. Papá Noel, la versión subtitulada al francés, es más de lo mismo, y en cualquier caso pasará por la Guadalupe y la Martinica, territorios de ultramar, o por el Montreal quebequense, pero nunca por una Cuba donde hasta lo haitiano se aplatana. Así que nada de camellos. Ni de renos. Y si vas a escribir la carta mejor ir al grano y hacerle un correo electrónico sustancioso a la familia de Miami, a ver si nos recuerda y algo manda antes de que cierre el año.

Pero la Navidad es más que eso. Se trata de un estado de ánimo. De una voluntad de felicidad, de compartir lo que se tiene y lo que no, de traer la esperanza a la familia, de querer y de quererse. El árbol de Navidad y los bombillos kirsch no son sólo un medio básico del capitalismo globalizado, ni un truco de los chinos para aumentar sus exportaciones. Expresan la imaginación del ser humano. Exaltan su fantasía. Nos traen de vuelta a una niñez que quizás no tuvimos, pero que quizás debimos tener, y además les da a los niños de hoy la capacidad de soñar con los ojos abiertos…

Me interrumpen los cánticos rituales afrocubanos. No se puede escribir y hacer santería al mismo tiempo. Mis propias ideas se entrecruzan con el lamento de un chivo al que deben estar degollando como parte de una ofrenda a las deidades del panteón Yoruba. El chivo al morir grita idéntico que una mujer loca o que un niño que llora histérico. Es un sonido fuerte y triste para una mañana de invierno, pero están de fiesta los orishas que traen la vida y la muerte a este barrio triste y periférico. El ritual posiblemente se extenderá a lo largo del día y sobre todo de la noche. Estamos en vísperas de Babalú Ayé (San Lázaro católico), el milagroso, señor de las llagas y de los perros.

Cortésmente, respeto a la santería, del mismo modo que defiendo la libertad del que piensa y cree distinto, pero en lo personal es algo que me supera. Al parecer no he sido concebido, teológica y filosóficamente hablando, para sentir a mi alrededor la magia que caracteriza el rico universo espiritual de los pueblos africanos. Aunque tampoco logran llevarme al éxtasis las figuras de yeso de los altares católicos ni el sonido de las panderetas de los Adventistas del Séptimo Día.

Eso sí, diciembre es un mes para acordarse de dios. De un dios abstracto que trae lluvias y frentes fríos a esta Habana necesitada de amor, de obras urgentes y de que se nos multipliquen panes y peces, leche en polvo y salarios, la dichosa productividad del trabajo y la esperanza en la consecución pronta de mundos mejores y posibles. La ciudad se vuelve por unos días una postal de ensueño, uno de esos lugares que la gente desea visitar en vacaciones. Quizás algunos residentes, saturados de tanta “habanidad” no nos demos cuenta que vivimos en uno de los sitios más increíbles del mundo, una ciudad que entre su ruina y su gloria despierta la pasión de los poetas, una aldea encantada de más de dos millones de habitantes.

Diciembre es también un mes para rendir culto a dos chuletas de jamón ahumado que me regalaron. Invictas, ostentosas, presiden desde el penthouse de mi refrigerador Haier a una pequeña comunidad de alimentos integrada por medio cartón de huevos, tres pepinos, y una libra de queso, recordándome así que nunca la noche fue más oscura que antes que saliera el sol.

Porque sol no hay.

Amaneció lloviendo y llegó al fin el primer bajón de temperaturas de este invierno cálido que tenemos en Cuba. Es un descenso tímido, un grado o dos, nada que amerite usar abrigo o taparse con un edredón, pero lo suficiente como para recordar que de vez en cuando los habaneros vivimos en una ciudad con estaciones. Dos días para hacerle caso a Jorge Mañach y ponernos a pensar en cosas trascendentes.

Como Dios. Como el orisha Babalú. Como la Navidad misma. O mejor, como las chuletas. Que no son el grano de maíz del que hablaba el Apóstol, aquel que contenía toda la gloria del mundo, pero que de un mordisco tienen el poder de condenarnos por siempre al pecado delicioso de la gula.

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