lunes, 11 de noviembre de 2013

Refutación de la moral barriotera

Moral en crisis o crisis de la moral. Por lo primero podría entenderse un paquete de prácticas sociales, una especie de “cápsula de virtud” que se puede descargar (como si se tratara de la actualización del Windows 7), inocularse en el cuello de un descerebrado y volver así en milagro el barro. También ahí cabe eso de la “moral y las buenas costumbres”, un recetario de modos de conducta siempre demasiado conservador, porque remite a la forma (apariencia) y no al contenido (esencia).

Mejor hablar de una crisis de la moral. Porque existe y se multiplica una determinada forma de entender y regular la vida en sociedad. Una moral de la sandez y la anticultura. Una moral de la chusmería. Una moral del maltrato. Una moral de sálvese quien pueda. Una moral de yo te grito, tú me respondes y yo te doy. Y te doy duro, y si no puedo con la mano te doy con un palo, con una cabilla, con la puerta de un refrigerador Haier… Una moral de tú a mí sí que no me sabes nada, de lo mío es con cualquiera, de me llamas a la policía, al ejército, a los bomberos, al Consejo de Estado… porque a mí no me para nadie; lo mío, ya lo dije, es con cualquiera.
 
Esa moral, la moral barriotera, no está en crisis. Todo lo contrario, florece como la mala yerba o los hongos en orine de perro. Hay un problema grave, estructural, en las normas mediante las cuales regulamos nuestro comportamiento. Crisis de lo que se considera bueno. Malo. Lícito o ilícito. No robar. No maltratar al prójimo. Ser solidario. Ser culto. Que me importe la escuela. Que leer, escuchar un piano e ir al ballet no sean actos de suprema mariconería, que se pueda comer con tenedor y cuchillo, que no se debe andar por la vida de chulampín, que hay que trabajar, que hay que ser decente, que hay que ser justo.

La raíz latina del término moral (mos, moris, costumbres) nos lleva precisamente a la esencia del concepto: la moral es una construcción histórica, la moral dialoga con el contexto, la moral es una instancia que gana sentido en interacción constante con la realidad. Los cubanos que arribamos a la juventud en este siglo XXI, retoños de la crisis económica de los noventa, nacimos y nos formamos en medio de la crisis simbólica más grande por la que ha atravesado este país desde los tiempos de Valeriano Weyler y la Guerra de Independencia. Es tremendo. El carnicero ganando en un día el salario del médico en un año. Instituciones locas de atar. El siglo que avanza y nosotros con él. La escuela. La familia. Los medios de comunicación. La política y el país. Todo dando vueltas. Todo mutando.

Bolívar Echevarría, filósofo ecuatoriano, vincula los valores con la libertad de elección. Se trata de someter a examen nuestras acciones y seleccionar uno de los tantos caminos posibles, de tomar partido. Precisamente, la construcción de ciudadanía en un contexto como el nuestro radica en que mostremos otros caminos (otra moral), alternativa a la ley de la selva imperante. Darle a la gente la posibilidad de entender que existe un mundo más allá del ojo por ojo y el diente por diente, de la cultura del machete y del contén del barrio.

La refundación de la moral, del modo en que vivimos y nos organizamos, ha de pasar por un nuevo pacto social que incluya a las instituciones: familia, escuela, medios de comunicación… No se trata de imponer un módulo de cortesía ciudadana y educación formal. Con eso no basta, ni el problema radica en que nos demos los buenos días al subir a la guagua. Hay que intervenir los barrios, uno por uno, y cada cual con sus características. Mucho trabajo social, movilizar recursos materiales para romper el ciclo reproductor de la marginalidad. Mucho diálogo con los poderes formales e informales de la comunidad. Intervenir las escuelas (primarias, secundarias, tecnológicos y preuniversitarios) que son la base de la formación, la semilla de donde pueden salir grandes cosas. Intervención que implica también recursos, dignificar material y espiritualmente a los maestros hasta convertirlos en verdaderos líderes de opinión a nivel comunitario.

No permitir la vulgaridad. Atacarla en los medios de comunicación. Atacarla en la calle. Dotar de sentido a las instituciones, darles poder y darles contenido… Es mucho lo que pido, quizás demasiado, pero valdría la pena intentarlo.

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