lunes, 21 de octubre de 2013

Maracaibo

A veinte metros de mí hay un señor destruyendo el folclor musical venezolano. Es la gaita zuliana peor cantada que he escuchado en toda mi vida. Llevo ya dos horas escuchándolo y francamente no puedo más. En otro contexto, semejante ataque contra la moral sonora podría terminar con sangre. Como ocurrió el mes pasado en la Cárcel Nacional de Maracaibo en la que se enfrentaron dos pranes (bandas carcelarias). La reyerta dejó un saldo de 16 reos muertos y la proclamación de "El Mocho Edwin", un joven de 30 años, un carajo, como máximo pram de la cárcel. Algunos de los miembros del pram vencido terminaron tristemente mutilados al mejor estilo de Kill Bill. A uno le sacaron el corazón, a otros los ojos y a un tercero el pene.

El avión que me devolverá a Caracas simplemente no salió; y yo, que soy un verraco, en vez de decir que tenía un trasbordo importante a Panamá o a Miami (si digo que es para La Habana capaz que me dejen como a Tom Hanks por toda la eternidad en un aeropuerto), les digo de pendejo que me quedaba en Caracas. Y la compañerita que atiende en la aerolínea, que seguro quedó entre las mejores del curso de lobotomización que exigen para trabajar en la compañía, me dice que el vuelo no sale. Y yo, que gané un honoris causa en aguante, ni protesto.

–¿Y a qué hora sale? –le pregunto.

–A las dos, señor.

–Bueno, está bien, ¿pero ya le puedo dejar la maleta?

–No, señor, no puede chequear.

–¿Y a qué hora puedo?

–Venga dentro de una hora, señor.

Y a la hora voy.

–Señor, todavía no le podemos atender.

–¿Cuándo entonces?

–Venga a las doce del día, quizás después, el avión sale a las dos de Caracas.

–¿Pero que no era a esa hora cuando se iba?

–Que no, señor.

Y a cada señor su voz era más parecida a la de un cajero automático que te dice “transacción inválida” y al tercer intento se bloquea, no te atiende, te anula. Como fue el caso.

Pero lo mejor de todo fue presenciar el espectáculo de una muchacha que le montó al personal de la aerolínea la arrechera más grande de toda Venezuela. Una pija, dirían en España, una sifrina en Venezuela, una miquilla en Cuba. Nada más por ver cómo se arrecha la alta burguesía venezolana ante el contacto de la chusma, ya vale la pena esperar cuatro horas por mi avión de mierda. E incluso, que me solidarice con la señora-cajero-automático que me atendió en la cola. La miquilla alegó una reunión en Caracas urgente. No se sabe si era una cumbre general de Primero Justicia o de las Juventudes Católicas lo cierto es que era urgente, UR-GEN-TE, e iba a demandar a la aerolínea, por estúpida, por socialista, por bolivariana. País de mierda. Incapaces. Me traés a tu supervisor, porque vos no sos nada, porque en este país no sirve nada. Y ahí la dejé, echando espuma por la boca y mesándose los cabellos entre sandez y sandez.

Y yo, pues nada, aquí estoy, esperando en el salón del aeropuerto, con mi maleta y mi mochila. Lo peor, el gaitero de mierda que canta a todo pulmón en pleno aeropuerto. Como si estuviéramos en el metro o en una asamblea habanera de Adventistas del Séptimo Día, sólo que sin panderetas. El internet (hay wifi free) al menos hoy no funciona, así que me compro un diario regional llamado Panorama para enterarme de cómo anda el mundo, o al menos este rinconcito caliente del planeta. La última es que ayer en la noche doscientos camiones pertenecientes a miembros de la etnia indígena wayuu cercaron la casa del gobernador estadual Francisco Arias Cárdenas. Surrealista como es todo. A las doce de la noche, igual que las langostas, los indígenas se concentraron en torno a la residencia del gobernador. Llevaron chinchorros (hamacas) que tendieron entre los postes del tendido eléctrico, y con paciencia precolombina esperaron a que el gobernador comenzara la jornada para darle los buenos días a golpe de megáfono. Exigieron verlo, llevarle sus demandas, o de lo contrario no levantarán el sitio.

A los wayuu se les acusa del bachaqueo, una práctica extendida en esta ciudad fronteriza con Colombia. El sello particular de la hormiga bachaco (parecida a la bibijagua cubana) es su capacidad de transportar grandes volúmenes de alimentos desde las fuentes de abasto hasta sus colonias. A los indígenas de la Goajira venezolana se les acusa de saquear los productos subsidiados en Venezuela (papel toilette, mantequilla, detergente, harina pan, gasolina…) y llevarlo al otro lado de la frontera, a Colombia, donde gracias a un bolívar muy barato, logran triplicarle el precio. A los wayuu se les acusa de intermediarios, simples hormigas obreras que llevan la mercancía de un lugar a otro, mientras algunas compañías y sus personeros actúan en plan hormiga reina desde ambos lados de la frontera, comprando lo que les llega y revendiéndolo.
 
Hace unos meses al gobernador Arias Cárdenas se le ocurrió poner controles a las ventas con el objetivo de frenar el bachaqueo. Es decir, tienes que dar tu célula (carné de identidad) cuando pagas en el mercado y sólo se te permite comprar una determinada cantidad de producto una vez por semana. Pero las autoridades no contaban con el altísimo índice de natalidad de la etnia wayuu, y cada indito que nace es un venezolano nacionalizado, con cédula y derecho a comprar su respectivo rollo de papel toilette. Entonces la cola del supermercado, estructuralmente larga y aburrida, se vuelve por estos días una pequeña guardería de infantes cargados con harina pan y aceite de soja.

Llegué antes de ayer a Maracaibo proveniente del vecino estado de Falcón. Tardé casi dos horas en cruzar el puente que conecta a la capital del Zulia con el resto de Venezuela. El puente más largo de América Latina se encuentra en reparaciones y sólo funciona una de las vías por las que pasa un transporte infernal. Bajo las aguas del lago Maracaibo duerme el oro negro de Sudamérica, la gloria y la ruina de una nación grandiosa y exuberante. Mientras cruzaba el puente me explicaron, en buen español maracucho, una de las expresiones más coloridas de la tradición local. La idea, para decirlo con educación, es que un vello púbico femenino tiene más fuerza que una guaya (cable) de los que sostienen el puente sobre el lago. Lo demás se entiende en el Miss Venezuela, que fue por estos días y mantuvo a millones de venezolanos frente a sus respectivos televisores.

La bandera zuliana describe a esta tierra. Se compone de dos franjas, una negra (por el petróleo), otra azul (por las aguas del lago), un sol brillante (aquí el termómetro supera los 40 grados sin mucho esfuerzo) y el rayo del catatumbo, un fenómeno natural que ha inspirado la poesía y la magia de todos los que le han cantado a esta tierra.

Maracaibo es una ciudad hermosa que ha enfermado de violencia. La violencia ciega, infernal, declarada y absurda. La ley de la selva. Las armas, el aguardiente y el fuego. La extrema opulencia junto a la marginalidad más profunda. El petróleo ha sido el Dorado que atrajo la emigración y un modelo de vida fácil, de gatillo alegre. Los que pueden se han atrincherado en feudos rodeados con cercas eléctricas, policía privada y cámaras de seguridad. La ciudad, pese a tener parques y calles hermosas, no se camina. A las ocho de la noche, con excepción de pequeños espacios, termina la vida en el centro y la gente se retira a los televisores, la principal ventana para ver el mundo, para verse ellos mismos.

Y sin embargo se vive y se goza. Se existe plenamente. El típico maracucho es como el santiaguero nuestro. Jodedor. Mal hablado. Bocón. Siempre dispuesto a decir lo que piensa. O mejor, a vocearlo. Nadie se pone de acuerdo. Todo el mundo tiene opiniones sólidas como templos (igual que en Cuba), irrebatibles, absolutas. De política no se habla porque terminas enredado, pero al final es el principal tema de conversación (también de béisbol) porque en Maracaibo la política lo es todo y en Maracaibo al final siempre terminas enredado.
 
Es esta quizás la tierra más espiritual de Venezuela y la Virgen del Chiquinquirá (la Chinita), patrona del Zulia y también de Colombia, es omnipresente. Como la basura, que nadie recoge. Como los autos, que en un país donde la gasolina es prácticamente regalada, están por todas partes. Como la gente, bullendo en los comercios. Viviendo. Pese a todo. Viviendo.

Dentro de un rato iré a comprar una arepa con carne mechada y un jugo para completar el almuerzo. Después iré nuevamente a la aerolínea a ver si alguien se compadece de mi maleta. Mientras tanto, el gaitero sigue cantando.

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