lunes, 7 de octubre de 2013

La crisis del papel toilette

La clase media siempre está fregada. Es una ley histórica. Lo dije una vez y alguien levantó los ojos al cielo en actitud de San Francisco recibiendo sus estigmas. Como si no fuera siempre lo mismo. Las revoluciones se hacen para los desarrapados, para aquellos que como decía Marx (me encanta la metáfora) no tienen otra cosa que perder que las cadenas. Por eso son épicas. Y la clase media no puede serlo. Si acaso te lanzas por la ventana a apostrofar franceses, como la Sofía de El Siglo de las Luces, pero hasta ahí. Sofía nunca habría entendido las pequeñas miserias que se solapan en el gran óleo de la lucha de clases, si acaso, la Sofía de Humberto Solás… pero esa es una adaptación para cine.

Después de tomar la Bastilla es que empieza la verdadera historia. Lo de menos es tirar adoquines o tumbarse en una plaza pública para expresar la protesta. Se trata de enfrentar cada día a la reacción (que siempre viene, y te da con todo); de ver más allá de la necesidad de improvisar para llegar el día siguiente después de la guerra (si después de la guerra existe un día); de imponerse a las vicisitudes de todo proceso joven (e inmaduro) que pretenda romper con lo que siempre ha sido y siempre será. Y hacer todo eso, fregarte, joderte, sin perder la perspectiva, sin renegar el horizonte posible, sin tener en cuenta que la historia es infinita y la vida breve.

Los ricos nunca se enteran, a lo sumo, cuando llega la révolte, se montan en los yates o toman las avionetas rumbo a una dorada “emigración”. Pocas veces da tiempo para cortar cabezas y colocarla sobre picas como hicieron con algunos de los aristócratas franceses. Además, el poder aprende de las experiencias pasadas, y en un continente tan levantisco como América Latina los (hiper)ricos se han convertido en un gremio trasnacional con pasaportes europeos y gringos en los bolsillos.

Pero la clase media está jodida porque aspira a disfrutar el modo de vida del barrio alto, las prácticas culturales que identifican el poder, pero en la dura realidad tienen un pie en el fango y el otro en las nubes. La clase media siempre es frágil en estos pueblos de economía filibustera. Recuerdo a Eduardo Galeano, que en plena crisis económica argentina citaba un grafiti escrito en la puerta de una villa-miseria: “Bienvenida clase media”.

Las revoluciones se hacen para los pobres. Ellos hoy no están clamando por la falta de papel toilette (higiénico). En un país donde la chusma se alimentaba de perralina (alimento para mascotas) y arepa con queso los días de fiesta, el papel toilette no marca la diferencia. Se trata de existir. Y ahora ellos existen. Lo demás habrá de venir después, con el tiempo, pero ya esa es otra historia.

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