lunes, 14 de octubre de 2013

Elysium

Estamos en el año 2154. Ya para ese entonces el planeta Tierra se ha terminado de convertir en una maquila global superpoblada. Los bárbaros cruzaron todas las fronteras y la ciudad de Los Ángeles es ahora una mega-urbe latinoamericana controlada por bandas criminales. Ante este escenario apocalíptico, los ricos escaparon al espacio exterior, a una especie de Beverly Hills en las estrellas. Viven en un "hábitat controlado" llamado Elysium, una gigantesca estación espacial que orbita en torno a nuestro planeta. De vez en cuando bajan a la Tierra para atender sus negocios escoltados por súper robots, ciber policías encargados también del control burocrático-represivo de los terrícolas.

En el Elysium todo el mundo es hermoso, nadie se enferma, no hay violencia, ni muertes. Un joven (Matt Damon) sueña desde niño con atravesar los cielos y llegar a este mundo de felicidad. Mientras tanto, la Secretaria de Defensa del Elysium (Judy Foster) pretende instaurar una dictadura fascista, para de este modo preservar los privilegios de la élite dominante. A la democracia del Elysium le cuesta trabajo responder con mano dura ante la presión de los bárbaros. Los pobres de vez en cuando se las ingenian para irse hasta allá en naves piratas e intentar acceder a los beneficios de este mundo de maravillas.

El último blockbuster de Hollywood reproduce en un escenario de ciencia-ficción las dinámicas estructurales de nuestro tiempo. Lo mismo que Avatar (2009, James Cameron), que sitúa en la remota luna de Pandora el conflicto existencial entre una indígena y un colonizador blanco-occidental, en el caso de Elysium (2013, Neill Blomkamp) se van al espacio exterior para recrear la gran tragedia de nuestro modelo civilizatorio: su imposibilidad de garantizar condiciones mínimas de desarrollo a la totalidad de la especie humana. El filme se inspira en toda una tradición que ha abordado de un modo u otro la decadencia del modelo de desarrollo de la sociedad occidental, basado en la omnipotencia de las relaciones mercantiles y la publicidad comercial, como por ejemplo la novela Los mercaderes del espacio, publicada en 1953 por Frederik Pohl y Cyril M. Kornbluth.

Que el mundo, tal y como está, es una basura, eso ya lo sabíamos. También se agradece ver efectos especiales desde la penumbra refrigerada de una sala de cine; y si estás en América Latina (como es el caso) y no en Malibú, al salir del centro comercial te percatas que no hace falta esperar al año 2154 para que tu mundo se parezca a la California de Matt Damon y Diego Luna (que interpreta al compañero latino del protagonista que siempre matan). Es también cine hollywoodense, y aunque haya sus lágrimas por aquí y por allá, al final nos vamos con la convicción de que el universo ha recobrado de algún modo su equilibrio, ¿qué más se le puede pedir a una película en una tarde de viernes?

Pero el tema, la razón que me mantuvo pegado a la butaca esperando el final de una pelea interminable entre un Matt Damon todo bondad contra un mercenario malo-malísimo llamado Kruger (Sharlto Copley), fue ver cómo Hollywood iba a resolver el desenlace de la historia. La cuestión estaba bien planteada: hay un grupo de privilegiados que se cargan sistemáticamente al planeta a costa de una inmensa mayoría que sobrevive en un escenario de total degradación. Las cosas no pueden continuar como están. La inequidad no es legítima. ¿Qué hacer entonces? ¡A las armas! Porque esta humanidad ha dicho basta y echado a andar. ¡Qué viva la revolución social! ¿El plato de sopa de El acorazado Potemkin? ¿El llamamiento a la decimonovena internacional comunista y proletaria?

Los guionistas se resistieron a la tentación de dejar un final abierto, y no aventurarse en proponer soluciones que van desde el marxismo a la mística del New Age. El problema es que Hollywood no concibe finales abiertos. La gente va al cine para que le organicen la vida, no para regresar el lunes a la oficina con más dilemas existenciales de los que ya se tiene.

Al fin, la solución a la crisis estructural de nuestro mundo que propone el filme es una especie de Obamacare global. Le damos acceso a la salud pública del Elysium a la totalidad del planeta. Nadie se percata que una sociedad perfecta como esta solo es posible mediante la explotación sistemática y brutal de las nueve décimas partes de la población global. No. Las cosas están tan jodidas únicamente porque la gente es mala y poco solidaria. La solución sólo pasa por ser un buen samaritano y compartir lo que se tiene. Terminamos con unos rostros felices de africanos que parecen sacados del We Are the World de Michael Jackson, y nos vamos tranquilos a casa a defecar las palomitas de maíz y orinar la Pepsi-Cola.

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