lunes, 23 de septiembre de 2013

Violencia

En la parada de la guagua una anciana arrastró por el brazo a su nieta, que jugaba en un rincón sin meterse con nadie. La haló. La vapuleó. La empujó hasta un banco y le dijo se quedara quieta. La vieja, indiferente al dolor, mientras la niña lloraba para que la dejaran seguir jugando. La vieja (con alma de vieja) le hizo saber a su nieta que ella era toda la autoridad, la suma pontífice, la representante del poder en aquella destartalada y triste parada de ómnibus, el agua en el desierto habanero, el alfa y la omega. Y la nieta no era nada. Pura plasta. Caca. Un animalito inválido y llorón a quien sólo le quedaba lamentarse en silencio.

—Porque si gritas te pego más fuerte. Si lloras te pego igual. Así que silencio y obediencia. Piernas y brazos quietos. Anúlate. Suprímete. Apachúrrate. Vuelve a ser feto. O mejor, no seas.

Y lo más triste es que seguro la vieja no tiene la culpa por ser una bandida, una psicópata en toda la trágica extensión de la palabra. La vieja tuvo una madre y una abuela que la vapulearon con total entrega, un marido que ejerció sobre ella toda la violencia posible; e incluso hoy, cuando ya había pasado por todo en esta vida, unos hijos que la van a ver sólo de vez en cuando, y el día en que lo hacen, es para traerle al curiel de mierda ese que es su nieta, una niñita delgadita y triste, igual que lo fue ella sesenta años antes, cuando todavía no era una vieja de mierda, cuando todavía tenía ilusiones, cuando aún creía que el amor era capaz de engendrar la maravilla.


Sigo pensando en cómo detener la reproducción “natural” de la marginalidad, la desesperanza y la tristeza. No basta una vida. Ni una era. La calamidad se hereda. Y la violencia. El abandono. La estulticia. Los hombres que intentan cambiar la historia son hijos y nietos, y serán hijos y nietos de un orden, de una totalidad, que los incluye y determina. El cambio social, la transformación de las cosmovisiones, es un proceso lento y azaroso. El paso adelante y los dos atrás de Lenin, la Larga Marcha. No lo sé.

Pero también se puede tener fe en el mejoramiento humano y en la dignidad plena del hombre. Y en el trabajo social. Y en la escuela. Y en los talleres de transformación. Y en el aquello de que nunca la noche fue más oscura que antes de que saliera el sol. Tener fe y también ganas y posibilidad para cambiar las cosas. Para participar. Para hacer lo que no hice yo, lo que no hizo nadie en esa parada, que era llamar a la vieja y decirle que era una desgraciada, que a los niños no se maltratan. Ni a los animales. Ni a las mujeres. Ni a los hombres. Ni a las ideas. Que amor con amor se paga.

Hacer algo, pienso yo, para que la violencia ciega no se multiplique, para que las niñas jueguen tranquilas en las paradas de guagua sin tenerse que convertir algún día en viejas de mierda maltratadoras del prójimo.

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