lunes, 2 de septiembre de 2013

Una foto de cumpleaños

La madre, que está haciendo funciones de primera secretaria en esta modesta celebración, ha dado la orden de avanzar hacia el pastel. Veinte niños se arraciman de un lado de la mesa, de modo que quede abierta para la fotografía de rigor la cuarta pared del teatro. Frente a los niños se despliegan cincuenta centímetros cúbicos de merengue y panetela. Rodeando el cake, igual que los menhires de una mezquita, cuatro botellas de refresco de cola nacional, y si hay pobreza (que a veces la hay) cuatro botellas de refresco instantáneo de uva, que asemeja el color de la Coca-Cola, y al final es para la foto.

En el centro del grupo está el homenajeado, un niño tímido de siete años que sólo piensa en cuánto faltará para que termine el cumpleaños. Porque si algo detesta un niño con miedo escénico es que le canten felicidades, sobre todo si organiza la cantata un payaso con cara y actitud de esquizofrénico, o mejor, si nos avenimos a la edad de este payaso, con demencia senil avanzada. El señor, que parece acabado de salir del cuento de Benedetti, se ha pasado la fiesta escupiendo. Escupe al hablar y sobre todo al reír. Y los payasos ríen y hablan todo el tiempo.

Al homenajeado le han puesto un gorro naranja sobre la cabeza. No luce mal para tener siete años, pero él mismo se siente como el burro de Shrek, y eso le basta para no estar feliz.

Comienza el canturreo: —Felicidades Pepito en tu día, que lo pases con sana alegría, muchos años de paz y armonía. Felicidad. Felicidad. Felicidad. Ehhhhh.

Y después un entusiasta del público: —Ooye. Oooye. A la U-rra-rra. A la U-rra-rra. Bom-Bom-Chie. Chie. Chie. Bom-Bom-Chie. Chie. Chie. Pepito. Pepito. Rra. Rra. Rra. Ehhhhh.

Entonces llega el momento de apagar las siete velitas. ¿Qué deseo pedirá un niño de siete años? ¿Ya a esa edad sabrá que las tartas de cumpleaños no hacen milagros? Quizás todavía crea en los finales felices, o incluso más, que entre el chocolate y el coco haya una diminuta hada madrina escondida que como funcionaria dedicada concede peticiones a los niños que se portan bien.

A los siete años yo no recuerdo que le pidiera deseos al cake de cumpleaños, no por incrédulo (a esa edad, por creer, creía hasta en las cucarachas) sino porque no se me ocurría qué pedir. Más que tenerlo todo, no sabía que más allá de lo que tenía existía todo un mundo mejor y posible. Además, no había comenzado aún la crisis económica de los noventa (y de los dos mil), y entre el televisor Caribe y los juguetes que te daban por cupones el tiempo transcurría como en una novela de Julio Verne.

Si hoy me pusiera a pedir, a los 31, al hada del cake posiblemente le diera un infarto, o la lista sería tan larga que el hada y el fotógrafo se quedarían dormidos. Mentira. Que no es para tanto, pero imagínese por un momento que soplando velitas te dieran casas en Varadero, viajes a Paris y becas doctorales en la Sorbona. La gente se la pasaría soplando. Y como en el fondo uno también tiene su corazoncito altruista y libertario a soplar también por la paz en Siria y el respeto al Protocolo de Kioto para la reducción de los gases contaminantes. A soplar en contra del armamentismo y la pesca de ballenas. A favor de las energías renovables y la democratización del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas.

Pero ya el niño de siete años, con el gorro naranja y la pose del burro de Shrek, sopla obediente sus velitas, y el fotógrafo, que tiene una cámara con muchos megapíxeles y velocidades, logra aprehender el instante sin tener que repetirlo treinta veces más como sucede a menudo. La foto logra captar los ojos tristes del niño soplando las velas, mientras otro muchachito, dos cabezas a la izquierda, aprovecha el momento para halarle la trenza a su vecina, y otra por allá introduce el dedo índice de su mano derecha en el merengue del cake.

La mamá ordena a los niños que se alejen ahora del cake. El payaso escupidor va tras ellos a entretenerlos. La mujer toma un cuchillo y comienza a cortar la torta. Muchas porciones para muchos niños con infinita hambre. Sólo el homenajeado se queda contemplando la escena. Quiere ver si el hada del cake termina cortada en trozos como si fuera un pedazo de salami o el final de una película de Tarantino, o si en algún descuido escapará rauda a las alturas, al mundo feliz donde viven los sueños.

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