lunes, 30 de septiembre de 2013

Un sábado en Caracas


Comencé la mañana con un periódico y una taza de café con leche en una terraza de la avenida Francisco de Miranda. Todo très bourgeois. Como esta parte de Caracas, llena de librerías, tiendas de delicatesen, bares y cafés. La burguesía latinoamericana, que heredó el gusto por la belleza de los aristócratas europeos, tiene un doctorado en esto de gozar la vida. Lo demás es retórica de café con leche, justo como el que me estoy tomando en esta terraza de Chacao, a años luz de la lucha de clases y la guerra económica que por estos días azota a Venezuela.

Desde mi asiento, como si fuese tribuna, veo pasar a Ernesto Villegas, quien monta en bicicleta por la avenida junto con otros cientos de personas. Ya estamos en campaña política. En Venezuela el ejercicio del poder público se desborda como las casas sobre los cerros, está en todas partes. Pronto, el 8 de diciembre, Villegas luchará a nombre del oficialista PSUV por la Alcaldía Metropolitana, en estos momentos a manos de la oposición.

El municipio Chacao es, en sí mismo, una clase práctica de sociología. Y si se quiere, también el prólogo de un manual revolucionario. La felicidad de esta parte del mundo se sustenta, se justifica, en la exclusión histórica y sistemática de millones de almas.
 
Mientras tanto, un señor se acerca a una de las mesas y pregunta: -¿Puedo lustrarle los zapatos para darle de comer a mi hijo?

Alguien le da dinero automáticamente. Los pobres no se miran a los ojos. Los pobres no existen.

En Chacao, el municipio con el PIB más alto de América Latina, los perros están aprendiendo a no hacer sus necesidades en las aceras. Como en los países nórdicos. Una campaña de bien público insta a los habitantes del este mirandino a recoger las heces fecales de sus mascotas. Esta no es la Venezuela que he conocido en todos estos años de andar entre las costas del Mar Caribe. Son otros los intereses. Es otro el tempo. Pocos puestos callejeros, ningún vendedor ambulante, pobres y muertos de hambre los mínimos posibles para ser esta una ciudad del tercer mundo.

A unos metros está la Plaza Altamira, un espectáculo de agua y luz con los cerros de fondo. Pese al tráfico implacable, la contaminación y la violencia, Caracas sigue siendo para mí una ciudad fascinante, un sueño escondido entre las montañas, una ciudad de clima y luz tenue, una especie de El Dorado que resiste al calor y los vientos del Caribe.

Más allá comienzan a apagarse las luces en las residencias del Country Club, uno de los lugares más bellos del este de Caracas. Por su extensión y lujo, parecen villas romanas sacadas de una película del Mediterráneo. Pequeñas calles conectan este mundo de ensueño con el resto de la ciudad. Al oeste, en lo profundo, donde nadie levanta la vista para no ver, están las chabolas de los cerros, la herida terrible de quinientos años de civilización encontrada.

Me recuerdo de Pierre Bourdieu hablando del habitus, es decir, un sistema de prácticas simbólicas, modos de comportamiento, perspectivas ante la vida, que se va conformando desde nuestros primeros años de vida. Nuestro habitus nos define en este mundo. Es lo que somos. Cada grupo social, cada clase, tiene un habitus que la identifica, que la particulariza. Lo mismo el muchacho underground montando patineta en las calles de cualquier ciudad que este mundo, que el indio del altiplano mascador de hojas de coca, que cuenta las eras como nosotros los días.

En Occidente, desde al menos el siglo XI, las clases privilegiadas se fueron separando desde el punto de vista simbólico de aquellos sectores considerados como la plebe. Antes lo habían hecho las élites de las grandes culturas mediterráneas, y también la clase sacerdotal de las primeras civilizaciones aluviales. Y así, al inicio de los tiempos, desde que apareció el excedente y el primer brujo, el primer cacique y el primer guerrero, decidieron pintarse la cara o emplumarse el alma para diferenciarse del resto de los mortales. El cuidado de las uñas, el peinado, la ropa, el lenguaje, toda una estructuración del comportamiento con el propósito de "distinguirse" del vulgo, pero también de procurar belleza.

Está estudiado que cuando la gente logra llenarse el estómago sin preocupación comienza a interesarse cada vez más por los problemas del alma. De ahí que, y es mi opinión sincera, la revolución social no puede convertirse en la imposición forzosa del habitus de los entes históricamente marginados, viendo a este como el comportamiento verdaderamente revolucionario. La belleza es un tesoro que siempre ha estado en manos de los poderosos. Por eso hay que expropiarla, asumirla, democratizarla, no negarla como una deformación de las clases ricas, como un pernicioso amaneramiento burgués. Una cosa es hablar el lenguaje del pueblo, para que el pueblo te entienda, pero otra muy diferente es negar la cultura como un horizonte no sólo posible sino también imprescindible en el camino de la liberación humana.

Para eso sirve el café con leche y el diario de la mañana en un sábado tranquilo del este de Caracas. Para soñar. Para soñar con las cosas bellas.

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