lunes, 16 de septiembre de 2013

Otoño

Me fui a comer pizza y a ver la podredumbre que circunda los restaurantes de moda del Barrio Chino de La Habana. Todo un poema. La mierda y los bicitaxeros junto a la mejor pizza del mundo. Mi reino por una crema de champiñones y una tabla de quesos con frutos secos. Por un momento, justo después de comerte la pizza y antes de pagar la cuenta, logras evadirte del calor, de los traumas que se acumulan, de la neurosis, y en el restaurante climatizado la vida se torna perfecta.

Brindas con refresco de cola o con vino, con agua carbonatada o con esperanza. Venga la esperanza. De cualquier color. Lo importante es que las copas choquen y que por un instante se detenga el tiempo. Como un orgasmo. Durante una milésima de segundo el hombre de las cavernas olvida la humedad de su cueva, el esclavo el sonido del látigo, el labriego el sabor del ajo y el lecho apestoso a la sombra del campanario; el proletario de Marx, la tuberculosis y el hacinamiento de las barracas junto al Támesis. Y yo, que también tengo un corazón que late, me olvido de mí mismo. De lo que soy y de lo que podría haber sido. De lo que seré.
 
Salgo del Barrio Chino a hacer la digestión por las calles de Centro Habana, de la Habana infeliz que parece salida de un bombardeo. Lo que no pudieron las armas del imperialismo lo logró el salitre, el bloqueo, la bobería, y estos quinientos años de modernidad periférica. Tarde de viernes que cae y miles de canecas de ron que se abren felices en los portales de los solares. La gente bañada en alcohol. La ciudad que se destila. Entre el derrumbe. Entre la basura. Entre las vigas rotas. Un trozo de Habana que algún día debe volver a nacer. Refundarse. ¿Cuándo y cómo? No lo sé.

Me cansa no saber. Me cansan las despedidas y, por cansarme, me canso de mí mismo. Me canso de mirar el mar. De los atardeceres. De La Habana en verano. De los balcones y los jardines. De los perros orinando en los contenes. De la ambivalencia. De esperar. De la espera. De la humildad de mi bolsillo. Del pan duro. Del pan. De que todo pase y no pase nada. De soñar caminos. De recordar. De recordarme. De extrañar a los que no están. De llorar a los que parten. De llorarme.

Centro Habana termina en el malecón dormido, en el mar que nos contiene y nos preserva de toda mácula. Allá, tras las aguas, debe estar África o la Antártica. El ancho mundo. Mi yo multiplicado. Más cerca, a la izquierda, en la Tribuna Abierta, Frank Fernández está tocando el Ave María, y por un momento el espíritu santo se escurre entre las teclas del piano. Hay magia.

Las copas chocan y yo regreso a La Habana. A la lluvia que cae ahora tranquila sobre la ciudad. Lluvia que corre también por mis ojos. Pronto, de algún modo, llegará el otoño.

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