lunes, 26 de agosto de 2013

La ruta del Che

Estamos a más de seiscientos metros sobre el nivel del mar y es agosto. Hay un calor pegajoso, como si estuvieras metido en una película sobre la guerra de Vietnam. Hablamos sólo lo imprescindible. Ya a esa hora de la tarde no hay ni tiempo ni ganas para hacer fotos y admirar el paisaje. Lo bucólico da paso a la lucha por la supervivencia. Pronto oscurecerá y la selva tropical cubana no entiende de poesía. Falta aún muchísimo camino para regresar a la base de campismo donde pasaremos la noche, un vallecito infectado de santanilla (hormigas de fuego) en el que instalamos las casas de campaña.

La jornada comenzó muy temprano y en todos los sentidos ha sido un día largo, en el que hemos andado 18 kilómetros hasta lo alto del Caballete de Casa, una de las alturas más importantes de la cordillera central cubana, la Sierra del Escambray. En lo más alto de estas lomas el mítico Che Guevara instaló un campamento en el año final de la insurrección guerrillera contra Fulgencio Batista. Ha pasado medio siglo, y ya el musgo y las nubes que atraviesan los montes se han encargado de tejer la leyenda de aquellos años fundacionales.


No resulta fácil moverse en la selva. Cuando llueve los senderos se vuelven intransitables de puro barro y los bichos están picando por todas partes. El trópico, de tan vivo, mata. Sin embargo, el Escambray es mucho menos agreste que la Sierra Maestra, las montañas ubicadas en el extremo oriental de Cuba, donde está el Pico Turquino, la mayor altura del país y también el lugar que escogió Fidel Castro para organizar su lucha guerrillera. En la Sierra Maestra la creación tectónica adquiere una intensidad que no conoce Cuba, es esta una finisterra que a menor escala recuerda la inmensidad de los Andes. El Escambray, sin embargo, es un estallido de verde amazónico. Por todas partes hay agua, pequeños arroyos que cruzan el sendero y a veces forman cascadas. Las plantas crecen en las márgenes del río, y sobre todo la Mariposa, flor nacional cubana, cuyos pétalos blancos brillan según va cayendo la tarde. Aquí arriba, en las montañas, la naturaleza aún es perfecta, mágica, y la contemplación de estos montes vale con creces el esfuerzo de la subida y la picadura de los insectos.

Llevamos dos días siguiendo la ruta del Che, una especie de peregrinación a los lugares más importantes donde desarrolló su vida el líder guerrillero mientras estuvo en Cuba. El viaje arrancó en su cuartel general, enclavado en la fortaleza de San Carlos de la Cabaña, la segunda Bastilla habanera después de Columbia, sede del ejército de Batista. Desde la Cabaña, que en su momento fue el complejo militar más impresionante de Iberoamérica, La Habana brilla atlántica bajo los rayos de la mañana. Hasta allí llegó el Che en las primeras horas de la Revolución triunfante. Comenzaron así momentos duros y felices. Toda una época. El Che tenía treinta años y había entrado a la historia. A esa edad Alejandro todavía no había terminado de conquistar el mundo. A Cristo le faltarían tres más para terminar crucificado. Los sesenta en La Habana marcaron el triunfo de la efebocracia. Bienaventurada juventud que no conoce de arrugas y de dogmas.

Allá arriba, en lo alto de la Cabaña, está también enclavada la estatura del Cristo de La Habana. Un Cristo de gruesos labios, casi mulato, recién restaurado, que bendice a los habaneros y a los barcos que cruzan el canal estrecho de nuestra bahía. El Che vivió durante algún tiempo a los pies de esta estatua, ironías del destino, se dice mandada a construir por la esposa de Batista para agradecer a Dios que los asaltantes al Palacio Presidencial no hayan logrado ajusticiar al dictador. A veces de la sombra también nace luz.

No está mal comenzar la ruta del Che recordando al fundador de la Cristiandad. Aunque pensemos a veces lo contrario, nuestra naturaleza es judeocristiana en su esencia. Por un lado, la idea del camino como un modo de encontrar la espiritualidad; retomar los pasos del Che Guevara implica, desde la laicidad, la misma épica que recorrer el Camino de Santiago para venerar al santo mayor de Compostela. Moisés, por su parte, hizo lo mismo con el pueblo judío, la larga peregrinación en busca de la tierra prometida.

Por otro lado, la importancia del sacrificio, la pasión cristiana como paso previo a la inmortalidad. El Che que muere. El Che que se inmola y asciende al panteón de los héroes míticos latinoamericanos. Cargar la cruz en Bolivia y convertirse en San Ernesto de la Higuera. Toda la historia de América Latina está marcada por este ciclo de sacrificio y resurrección. La revolución y sus protagonistas no llegan a esta parte del mundo por obra y gracia del Espíritu Santo. La inequidad y el espíritu libertario, como el petróleo en Venezuela y el gas de Bolivia, están a ras de suelo. Cuando la gente entrega su vida por las cosas en las que cree se gana, inevitablemente, su rincón en el Parnaso. Lo demás es retórica malintencionada. De cierto modo, la historia latinoamericana a veces es como una tragedia, un destino inevitable, la gente acepta la muerte, la recibe en paz, no la niega. Y entonces llega la resurrección de un José Martí, del Che Guevara, del propio Salvador Allende inmolándose en la Moneda; y también de Hugo Chávez, que demostró tenerle más amor a su proyecto que a su vida misma.

Fue precisamente Chávez, con su barroquismo venezolano, quien habló por primera vez a los cubanos sobre la esencia libertaria del evangelio de los primeros días. Antes quizás sólo Félix Varela, a quien la Iglesia Católica le está buscando un milagro para algún día canonizarlo, sin tomar en cuenta quizás, como me dijo alguien, que el milagro mayor de Varela fue imaginar Cuba, fundar una nación, cuando esta aún no existía.

 
Porque nuestra nación es joven y necesita transitar aún una larga senda. Como la cuesta que subimos para llegar al Caballete de Casa. A veces empinada, otras no tanto. Nuestro camino nace en las fuentes de la ilustración europea y americana. Somos de algún modo Montesquieu, Voltaire y sobre todo Rousseau, el más libertario del panteón francés; pero también Francisco de Miranda y Bolívar, un poco de Lincoln, y también de Marx y de Paul Lafargue. Todo mezclado. Hasta el talento y la desidia. La vida es breve y estos quinientos años de andanza nos parecen una eternidad, pero esta historia no más comienza.

Desde lo más alto del Caballete de Casa nuestra naturaleza humana se aprecia en su total fragilidad. No es para menos. Hemos llegado a la cima para descubrir que lo más importante sigue siendo el camino. Seguirle la ruta al Che es una buena ocasión para pensar en torno a lo que hemos sido, pero sobre todo para soñar con aquello que podremos ser.

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