martes, 20 de agosto de 2013

Hasta la victoria siempre

 
Ya estábamos terminando la segunda despedida, esta vez en la escalera, cuando salió la frase. Hacía calor, como siempre en estos días, y teníamos de fondo el estrépito de los vehículos pasando la avenida. Con esa frase intenté hablar de ilusión y de luz de futuro, y por un momento la sopa Campbell de Andy Warhol fue pura sopa y no obra de arte, y el Che Guevara fue Che, un joven que creía en la utopía, y no el motivo de una camiseta pop.

Tampoco sonó la frase a grito de guerra (señores imperialistas, no les tenemos absolutamente ningún miedo). A final triunfal (se abrirán las Grandes Alamedas). A telón que cae (viviremos y venceremos). A tragedia (no pasarán). La frase de despedida intentó serlo de esperanza: Breve brisa y rayo de sol que ilumina y limpia la Habana en agosto: Futuro mejor y posible: Sueños.

Era el momento para expresar algo verdaderamente cierto, creíble. Abajo los abrazos y las lágrimas de la telenovela mexicana. El dolor precocinado. Mi mejor despedida quizás, lo único que podría decirse para encontrar lógica y poesía entre tanto ruido, tanto calor y tanta mierda; para lograr con una frase que la despedida absurda adquiriese sentido; para encontrarle lógica a la partida de alguien que uno quiere, de la amiga con la cual uno comparte espacio, momento y duda; de una de esas personas a través de la cual –y con la cual- la existencia cobra sentido.

Momentos antes la vi empacar treinta años en una maleta. Un kilo por cada año de vida, dos libras y un poco más por cada recuerdo. Primero los libros, los discos de música y las fotos. Después la ropa de invierno, las medicinas para curar el catarro y el mareo. La computadora que se apaga y con ella la vida de este lado del mundo, el trabajo –siempre el trabajo-, los gritos de la vecina, los tambores y el ritual de la santería que inunda el barrio.

Nadie llora. Está prohibido llorar. Los hombres no lloran y las comunistas tampoco. Lo hemos aprendido. Siempre se puede más. Resistir, luchar y vencer. Pioneros por el comunismo. Volverán. Claro que sí. Pero no es el caso. Ya nadie vuelve. Son otros los tiempos. Ahora siempre se regresa (no es como antes) pero se sigue sin volver –yo mismo nunca he vuelto-. Los mares cambian al viajero. Los mares, el tiempo y los continentes. Y no es, lo aclaro, un problema de cubanos y diferendos. La naturaleza humana es universal. Nadie se baña dos veces en el mismo río. Sólo eso.

En ese momento supe que decir aquello era decir lo justo. No hace falta otra cosa para despedir a una amiga. Ahora tendremos que buscarnos cada uno un reemplazo a la hora de contarnos la penas, de buscar siempre nuevas fuerzas para seguir luchando hasta el día en que arribe, al fin, esa victoria colectiva y personal, generacional si se quiere, que llegará (tarde o temprano) algún día, siempre.

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