lunes, 29 de julio de 2013

La (mala) educación

La infancia se extingue. Ya apenas si queda tiempo para soñar con castillos y princesas. Salgari ha muerto. Y Verne. Y Alejandro Dumas. Y la cabeza de Sherezada terminó cortada en un canasto a manos del sultán, quien no tuvo paciencia e interés por continuar la historia la segunda noche. Si acaso, Harry Potter, y más por las palomitas de maíz del multicine y los efectos en 3D, que por la magia trepidante de la historia.

La culpa debe ser de los vendedores del agromercado, que a veces sumergen la fruta en productos químicos para adelantar los signos de la maduración y así vender más rápido su mercancía. Porque lo que le ocurre al plátano y a la frutabomba, le está sucediendo a los niños de ocho y diez años.

Al parecer, el químico entra al organismo a través de lo que uno come, y nos va cambiando sin que nos demos cuenta, acelera artificialmente el crecimiento y lo que la biología tardaba años en lograr, últimamente se reduce a meses, con la deformación consecuente de procesos que necesitan su tiempo natural de desarrollo.

Mi primito, que tiene nueve años, me ha preguntado qué sucedería si deja embarazada a una muchacha. No es una cuestión teórica. Le preocupa seriamente: Se habla de sexo en la escalera del edificio. Se practica en la oscuridad del parque. Se insinúa en los bailes sinuosos de la "disco-fiñe", a donde asiste cada tarde de sábado.

A los nueve años no me inquietaba dónde introducir mi pene. La falocracia comenzaba, que yo recuerde, entre los trece y los quince años. Mi reino por una vagina. Pero a los diez no había nada más importante que un robot japonés dirigido por control remoto.

Lo otro es la esperanza. Los referentes. Los horizontes. ¿Qué ha sucedido para el héroe de mi primito sea un cantante de reggaetón? Claro, es gente famosa y adinerada, con cadenas de oro siempre rodeados de mujeres sensuales. Pero, ¿dónde quedó José Martí, quien lo único que le pedía a su Ismaelillo era que fuese un hombre justo? Mi primito es incapaz de memorizar dos líneas, apenas dos versos, de “Los zapaticos de Rosa”, mucho menos de “Los dos príncipes”, pero repite feliz, lobotomizado, las letras más pegajosas de los últimos hits de la industria cultural. Para mi primito La edad de oro resulta tan incomprensible como el Poema de Gilgamesh.

Lo aclaro, no comparto la idea de una juventud perdida. Cicerón, dos mil y tantos años hace, decía lo mismo de la juventud romana. Siempre las nuevas generaciones, con su inevitable iconoclasia, espantan a los sectores más tradicionales, que ven como un ataque lo que es búsqueda de nueva identidad, posicionamiento, deseo de expresión. La juventud es libertad, y la libertad no entiende de catecismos, de “lo que está establecido”, de normas reguladoras de la existencia.

Pero comparada con la vida humana, que dura décadas, la niñez es tan solo el primer compás de una larga sinfonía. Después ya no habrá tiempo. La vida sigue. Poética a veces. Estupidísima la mayor parte del tiempo. Y correrás por la estera igualito que un hámster en su jaula, y el premio será apenas no morirte de hambre y lograr de algún modo la perpetuación de la especie.

Por eso, si a los nueve estás preocupado por aparcar tu pene, ya nunca más tendrás tiempo para jugar a los pistoleros, ni armarás un robot marciano con una caja de cartón, ni te subirás en lo más alto de un árbol para intentar desde allá tocar las estrellas, ni harás carreras de ranas en la corriente de agua que pasa frente a tu casa los días de lluvia, ni aprenderás a disfrutar la luz de los amaneceres abrazado a tus padres cuando saliste del cuarto, en silencio, a darle los buenos días…

Hay que ir a las causas de las cosas. A una escuela que quizás no cumple con lo que tiene que cumplir, no porque no quiera, sino porque sistémicamente está a años luz del modelo de educación que necesita un muchachito cubano del siglo XXI. Hay que ir al barrio, a la Habana profunda donde tantas cosas se han perdido, y no sólo el asfalto o el repello de las casas, sino también la educación formal, es respeto, el imperio de la ley. Hay que ir a la familia, que es alfa y omega de todo orden social, pero que aturdida por la crisis económica emerge al nuevo siglo muchas veces incapaz de garantizar un orden en el que crezcan y de desarrollen en libertad sus componentes más jóvenes. Aunque claro, por otra parte siempre podremos echarles la culpa a los químicos del agro.

1 comentario:

  1. me gustó mucho y la esencia del texto está pero me quedé picada....y qué le dijiste?....al menos sabía lo que preguntaba perfectamente o sólo lo escuchó...una vez pregunté en casa, con pena, bajito, que era una posada, lo había escuchado en niñas del barrio un poco más grandes; otra vez hice otra; de que hablan los novios en la calle?, sobre todo, viéndolos desde el carro por el malecón que se quedaban horas sentados conversando. A la primera mis padres me dijeron que dónde había escuchado eso?, les dije y creo que me respondieron lo que era, sobre todo mi madre, con mayor facilidad para estas cosas; la segunda, fue a mi padre, me dijo que ya lo sabría cuando tuviera uno ;-), me dejó en ascuas pero fue una buena salida, recuerdo que tranquila por su parte y para mí normal. Dice Silvio que quizás la nueva poesía es el reaggeaton, espero que no, que bueno que nacimos antes, abrazos.

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