lunes, 8 de julio de 2013

Celebración de la periferia

Tenemos que prohibir que los almendrones (taxis por puestos) circulen por la Avenida del 10 de Octubre, la arteria populosa y decadente que conecta a la ciudad de norte a sur. Porque el viajero que transite desde el céntrico barrio del Vedado hasta la pueblerina estación de La Palma termina deprimido ante la vista de tanto derrumbe, porquería, abandono, tristeza y decrepitud.

O peor aún, la exposición continuada a este escenario natural de la desgracia humana termina incorporándose a nuestro modo de vida; y cuando el espíritu se acostumbra a la infeliz contemplación de la mierda, al punto de verla como una realidad inevitable e inherente por tanto a la vida cotidiana, el ser humano se aleja cada vez más de su condición de ser pensante. Porque la vida humana es la oportunidad de disfrutar y crear belleza, o simplemente -al menos vida- no es.
 
Por eso hay que prohibirle el paso a los almendrones, o producir cientos de miles de metros de tela negra y obligar a los viajeros a vendarse los ojos. La fealdad debe ser proscrita. La fealdad, como el cáncer, se nos mete desde la piel hasta los huesos…

Pero el almendrón arranca ya en la esquina del cine Yara, el corazón cultural de La Habana. Tras unas breves cuadras desemboca en la calle Infanta, que de penurias y descocidos parece más hoy Plebeya que hija legítima de algún rey o reina de España. Atraviesa la avenida Carlos III y después el taxi se interna raudo en la ciudad de los derrumbes, de las barbacoas, y los pasillos húmedos que parecen salidos de los inframundos de las novelas de Balzac y Dickens.

Doscientos años antes el almendrón sería renqueante diligencia o quizás yunta de bueyes, de aquellas que recorrían la vieja Calzada de Jesús del Monte, ruta que conectaba a La Habana amurallada con el cinturón agrícola del sur. Pero del fango pasamos a los adoquines, del adoquín al asfalto, del asfalto a los baches, y de los baches a las actuales furnias que esquiva con mano hábil el botero (taxista).

Al principio llegaron a las colinas de la Víbora los pioneros descamisados que buscaban fortuna y libertad en la ciudad extramuros. Después, algunos de los primeros ricos del siglo XX se asentaron en tiempos de vacas gordas. Pero la “gente de bien” se fue pronto al Vedado y después a Miramar. Y los grandes palacetes se convirtieron en solares, los solares en cuarterías, y las cuarterías en refugio de la desesperanza.

El comercio, y cuanto de comercial tuvo la Avenida del 10 de Octubre sucumbió ante la grisura de las cafeterías de 7ma categoría, de las tiendas por cupones, de los funcionarios encargados de regular lo establecido. Y sólo quedaron cigarros, tabacos y café aguado, y maní molido en los portales, y agua sucia con colorante rojo bajo el rótulo de “refresco”, y la empleada mal vestida espantando con un trapo las moscas del mostrador, y la cajera que te dice “estimado usuario” pero que no te atiende, porque no le importa. Porque a nadie le importa.

El escritor Leonardo Padura, habitante de la Mantilla profunda, uno de los barrios más tristes y periféricos del sur de la ciudad, ha levantado su voz ante lo que algunos califican de “haitianización” de la capital cubana. Con el perdón de los habitantes de Port-au-Prince, de los constructores de La Ferrière, del pueblo hermoso que primero conquistó su libertad en América, es dolorosamente cierto que la ciudad mayor del Caribe, la urbe en la que vivo y con la que sueño, recuerda cada vez más el escenario de una guerra sostenida entre belleza y desgracia, entre orden e improvisación, entre lo que puede ser y no es.

Debemos poner en lo más alto de la agenda la salvación de los espacios locales, de las múltiples periferias que conforman el organismo vivo de esta ciudad. Es una tarea complicada que exige soluciones integrales. No se trata sólo de levantar paredes y remendar grietas, sino de vencer el subdesarrollo mental y la vida subdesarrollada, la cultura de los solares… la chusmería. Hay que salvar la belleza, reconstruir los muros, derruir lo que ya no tenga arreglo. Y crear. Fundar. Buscar con creatividad los recursos. Aunar voluntades. Convocar. Volver a levantar la ciudad de las columnas.

Quizás la revolución de los timbiriches, la semilla del cuentapropismo, nos ayude en algo; quizás potenciar más (y darle con todo) a la inversión extranjera; quizás el capital y el amor de cubanos y latinoamericanos de aquende y allende fronteras; o la inmigración china que en todas partes del mundo levanta comercios y voluntades. No lo sé. Pero me encantaría participar. Me encantaría que todos colaborásemos en la salvación de la Habana extramuros, que también es Habana, que también está viva, que también merece ser.

Pero mientras nos ponemos de acuerdo, mientras las grúas no echen a andar en la construcción de los nuevos edificios, mientras los árboles no se planten en las nuevas plazas, y las excavadoras no demuelan aquello que ya no tiene salvación, prohibamos al menos a los almendrones transitar por la Avenida del 10 de Octubre.

1 comentario:

  1. Genial profe coincido con usted, voy a hackear el servidor del Consejo de Estado para que aparezca en la pagina de inicio de los fucnciuoinarios gubernamentales a cver si hacen algo, jejejej lo que necestrian pinchas como estas y la de otros colegas es mayor difusión ojala hubieran mayores posiblidades de acceso o por lom menos que alguien se dignara a escribir así en los periodicos nacionales

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