lunes, 22 de julio de 2013

Apología del sofá

Como Homero Simpson. Terminé dormido y babeado en el sofá de la sala. Son las cinco y pico de tarde, y la televisión trasmite un concierto del grupo español Mocedades, con una estética ochentera que parece salida del libro de fotos de la boda de mis padres. Muchas hombreras, pelos rizados, bigotes a lo Pedrito Calvo y las mujeres con unos vestidos cuyo diseño evoca las cortinas de un teatro. El ventilador que apenas mueve la atmósfera cargada, la tormenta a punto de caer sobre La Habana, y Mocedades con el aquello de “eres tú como el agua de mi fuente…” Nada más que pedirle a una tarde aburrida de verano.

Lo más interesante de mi día, aparte de Mocedades (que ya es bastante), fue una cola interminable en la oficina telefónica, que tuvo como propósito la reinscripción de mi número fijo. Veinte personas chillando en la cola como si fuesen doscientas. El compañero-de-la-puerta (siempre hay un compañero que en las puertas encargado de controlar la manada) lanzando órdenes contradictorias. Por ejemplo, que organizáramos dos filas, una para pagar el teléfono, y otra para los trámites generales. Y cuando parecía que el mundo había encontrado su equilibrio llega una persona y dice que va a cambiar la propiedad del teléfono y el compañero le explica que para eso hay que hacer una tercera cola, pero la gente, que es lenta y conflictiva, empieza a preguntarse si efectivamente debe quedarse en la cola que está, o marcar por si acaso en esta tercera fila recién constituida, y el barullo va subiendo de tono hasta que al fin me toca mi turno y entro rápido, y más rápido aún me voy de mi trámite semanal. Porque siempre tengo un trámite que cumplir. Una cola que hacer. Una formalidad que completar.

Por estos días fui a recoger un documento al Registro de la Propiedad de mi municipio. Sabiamente, alguien decidió que lunes y miércoles el lugar debía cerrar a las cinco de la tarde, permitiendo así que la humanidad trabajadora no necesitara ausentarse antes del fin de la jornada laboral, o al menos no tener que fingir las mujeres dolor de ovarios desde las siete de la mañana, y los hombres –a falta de ovarios- una cita impostergable con el dentista. Pues desde las cuatro menos cuarto la compañera recepcionista me informó que ya no estaban recogiendo más solicitudes para entregar documentos, que ya con los que había en la cola bastaban. Le hice notar que faltaba una hora y quince minutos, tiempo más que suficiente para atender a las quince o veinte personas de la cola. Pero me explicó que no. Que no era posible. Que si quería mi papel viniera más temprano. Y movió los hombros. O la cabeza. O los labios. O lo que sea. Pero el gesto indicaba que me fuera rápido de allí. Que no la molestara. Que si seguía importunando, el gesto de la cabeza, o de los labios, o lo que fuera, se iba a convertir en una palabrota o quizás hasta en un piñazo.

Me dirigí también a la Vivienda a realizar otro trámite. Marqué bien temprano, de modo que a las ocho y media de la mañana cuando abrió el lugar pudiese estar entre los primeros. Antes de comenzar a atender, la compañera recepcionista protagonizó una arenga matutina: sólo los propietarios o los apoderados de dichos propietarios pueden hacer los trámites. Así que si no es propietario o apoderado se va por donde vino. Si quiere un crédito debe traer este y otro documento. Si no los trajo, se va por donde vino. Si vino a ver a la compañera que atiende control territorial se va por donde vino porque la compañera hoy no vendrá. —¿Qué por qué no lo dijeron antes? —pregunta alguien en la cola. —Porque ella no es adivina, y además hay que ser muy insensible porque la compañera tiene a su único niño enfermo, bastante hace con venir de vez en cuando. Y por último, los que esperan a la arquitecta de la comunidad que sigan esperando. Que no ha llegado. Pero a lo mejor llega.

Una viejita, setenta y pico de años, lenta en el movimiento, tiene la indiscreción de volver a preguntar por la compañera arquitecta. —¿Pero no lo dije ya? ¿Pero es que aquí la gente no escucha? —Y la recepcionista, que debe tener un 9no grado estudiado y un 6to de escolaridad real, y que seguro en toda su vida académica fue lenta en el oír y más en el pensar, se lanza contra la vieja que sigue sin entender por qué la arquitecta no ha llegado si ya son las nueve de la mañana. La vieja no le responde, se va apagando, hace como si se fuera a morir de la tristeza, pero es sólo un amago, un camuflaje de “colera” experta. Su larga experiencia en trámites le indica que es mejor negociar con las recepcionistas del reino de este mundo antes que abrirles fuego. De modo que rápida y adaptativa, como las cucarachas, saca de la cartera un termo de café y le ofrece a la recepcionista con quien finalmente se va a negociar a un rincón…

Por eso los sofás son importantes. No por las viejitas. Ni por los termos de café. Incluso ni por las recepcionistas sociópatas. Los sofás son espectaculares porque cuando llegas a las cinco de la tarde, con la lengua afuera y el país entre las tripas, te tiras ahí veinticinco minutos a dejar correr la vida. Y da lo mismo que sean los “chicos” de  Mocedades, la Mesa Redonda o la Liga de Béisbol. Desde el sofá todo te resbala y hasta el Panda te parece un LCD con 55 canales y acceso a internet.

Cuando te tumbas en el sofá olvidas que llevas semanas esperando a que surja de la nada un conejo apresurado que te conduzca a un reino detrás del espejo. O al menos que sueñas con encontrarte una botella con el mapa de la isla del tesoro. O que en lo más profundo de ti esperas se te aparezca la Virgen de la Caridad, con botecito y todo, y te indique un rumbo, así sea pastorear vacas o cargar estigmas como un San Francisco de Asís tropical. Cualquier cosa para salir de este bucle cabrón. Pero nada.

Claro, que no es para tanto. Nunca es para tanto. Siempre estará el sofá. Alfa y omega. Principio y fin. El sofá de la sala. Igual que Homero Simpson.

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