miércoles, 26 de junio de 2013

Para soñar

Llego a casa después de dos semanas trabajando a tiempo completo en las defensas de las tesis de diploma en Periodismo. En los últimos días he actuado como oponente, miembro de algunos de los tribunales examinadores, y también como tutor de cinco investigaciones. He compartido la felicidad de los muchachos y de sus familias, y he sudado también con el calor infernal de este verano en la Facultad, sin ventiladores ni aire acondicionado. Por cierto, pretender hacer ciencia a los 35 grados Celsius pegajosos de las aulas de Bohemia es casi una entelequia, que supera con creces las valoraciones de Jorge Mañach en torno a la imposibilidad de hacer filosofía en un país con 75 grados Fahrenheit de temperatura promedio.

Como tutor, miembro de tribunal y oponente, me ha tocado hablar de la obra documental de Santiago Álvarez, de la prosa de Jorge Mañach en la Revista de Avance, de la representación de los jóvenes en el cine cubano contemporáneo, de la fotografía épica cubana en la década del sesenta, de la pertinencia de una ley de prensa que regule nuestra actividad profesional... He leído investigaciones que me han hecho soñar con mundos mejores y posibles, y sobre todo, me han convencido de que sirvió de algo. La investigación en comunicación sirve de algo. La investigación que se hace en nuestra Facultad sirve de algo. En el mejor de los casos dota al futuro periodista de un aparato teórico-categorial para comprender críticamente la vida, y en consecuencia transformarla. En el peor, sólo le trasmite algunas herramientas que le servirán para valerse en las redacciones.

El mejor escenario educativo es aquel en el cual se logra enseñar humildad, la idea de que cinco años de formación son sólo el comienzo de un largo y eterno camino por recorrer. El peor, es aquel en el cual se hace del estudiante un pontífice, una especie de Cristo Pantocrátor que trae en su mano la Verdad a partir de afirmaciones rotundas, totales, lapidarias, categóricas.

Con estas defensas de tesis cerró un ciclo de trabajo anual. Desde septiembre  venimos laborando en cada uno de esos proyectos. En un trabajo de diploma converge la vitalidad y el espíritu crítico de la primera juventud, junto con la experiencia (poca, pero experiencia al fin) acumulada en un breve quinquenio de formación universitaria. El resto lo pone el entusiasmo que tenga el estudiante por hacer su magia. El resultado es muchas veces un canto a la libertad, la construcción de un sueño… aunque en otros casos (afortunadamente los menos) es más de lo mismo. Porque la ciencia es siempre un reto a la imaginación. Y no es muela. Se trata de estructurar mundos posibles a partir del análisis crítico de la realidad existente.

Después de diez meses de trabajo me siento un año más viejo, lo cual no quiere decir para nada un año más sabio. Los treinta que ya casi terminan, y los treinta y uno que pronto llegarán, sólo me enseñan que la vida es duda y por tanto la sabiduría sólo puede entenderse como la negación de cualquier certeza, y el planteamiento infinito de nuevas interrogantes. En estos casos siempre recuerdo la anécdota de Milán Kundera, quien se oponía al “hombre con convicciones”. Se preguntaba el escritor: “¿Qué es la convicción? Es un pensamiento que… se ha congelado”. Y recomendaba: “Es por eso por lo que el novelista debe desistemizar sistemáticamente su pensamiento, derrumbar la barricada que él mismo ha levantado en torno a sus ideas”. Sólo entonces, decía Kundera, surgirá “la sabiduría de la incertidumbre”.

El periodismo, quizás como ninguna otra actividad intelectual, se debate en la eterna tensión entre el pensar y el hacer, entre lo teórico y lo instrumental. A veces se nos olvida que nuestro oficio, ese relato de lo cotidiano que vamos produciendo, sólo es arte, que es decir creación de belleza en libertad, en tanto sea ciencia crítica, sistema complejo de análisis e interpretación del mundo que nos rodea.

La escuela de periodismo, quizás también como ningún otro centro de altos estudios, debe siempre encontrar el equilibrio entre fuerzas que se plantean antagónicas, cuando en realidad no son más que parte de un todo inseparable. De un lado el pragmatismo, la visión que postula que a las aulas se va para aprender a hacer. El pragmático trasmite fórmulas y desconfía de todo cuanto huela a articulación metodológica de los saberes. Del otro lado la teoría, que pretende enseñar a hacer pensar. El teórico trasmite esquemas de entendimiento. De poco sirve comprender el mundo si no se sabe cómo transformarlo. De menos sirve aún la perorata estéril si no existe la madurez (conocimiento acumulado) suficiente para tomar distancia y avanzar desde el diálogo y el respeto mutuo.

Ya llegan las vacaciones y yo descansaré de las tesis, del teléfono que suena a las once de la noche para preguntar una duda, de las revisiones de marcos teóricos y referenciales, de la búsqueda de categorías analíticas y dimensiones, del debate epistemológico entre el análisis del discurso y el análisis de contenido cualitativo… Estoy exhausto y sólo quiero sentarme un rato cerca del ventilador y ver en la computadora cualquier porquería enajenante, desde un lacrimógeno episodio de Anatomía de Grey hasta el último capítulo de La teoría del Big Bang… En septiembre intentaré humildemente volver a ayudar en la tarea mayúscula de imaginar utopías. En tales casos recuerdo aquello de que las grandes obras siempre comienzan por un primer paso.

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