lunes, 6 de mayo de 2013

El regreso

–Bienvenido a la Patria, -me saluda la joven oficial de aduanas. Y del modo en que lo dice la Patria me parece algo tangible e imponente, sagrado quizás: el saludo de un soldado que regresa del frente, la tierra de la que habla Martí por boca de Abdala, la Marianne cubana con peplo y gorro frigio; pero también el hogar, la luz del sol, los olores, y el único sitio en todo el mundo donde te sientes totalmente libre. Nada, que los hombres representamos nuestra existencia a través de símbolos.

La estera escupe una maleta cuyo contenido tiene la densidad de un agujero negro: 27 kilos compactados hasta el infinito. Adentro hay tres libros, un par de zapatos para cada miembro de la familia, una batidora y un rocambolesco etcétera que incluye los tomacorrientes de toda la casa, una reserva de champú anticaspa para tres meses, culeros desechables para bebé, y la edición más reciente de El Universal de Caracas, cuyos titulares (para no variar) le piden la cabeza a Nicolás Maduro con el mismo entusiasmo meticuloso con el que criticaron a Hugo Chávez durante catorce años. Mi maleta podría ser perfectamente la de un travesti aprendiz de informático y conserje multioficio. Lo mismo puede aparecer un juego de memorias RAM para la computadora, que un taladro eléctrico, que pinturas de uñas y tintes para el pelo. Mi maleta es un resumen de las necesidades más urgentes de la familia. No me quejo, pero parezco un beduino.

Cada viaje es un triunfo a la maldita circunstancia virgiliana de estar rodeado de mar por todas partes, a la claustrofobia isleña. Ironías e hijeputadas de la vida, se pasaron cincuenta años diciendo que los cubanos no podríamos viajar porque no nos autorizaban, y cuando el gobierno decide levantar el obsoleto permiso de salida las embajadas se aprestan a aumentar los controles para concedernos visado. Pregunto, ¿por qué tenemos que pedir visa para ingresar al cristianísimo e iberoamericano Reino de España cuando nuestros compatriotas ecuatorianos, peruanos y chilenos no la precisan? Lo mismo sucede con otros muchos países del área con quienes nos unen vínculos históricos y culturales. Mi pasaporte, como el de Mayakovski en su momento, no abre puertas en las embajadas de este mundo, si acaso, a lo sumo, un perdido consulado bielorruso o quizás una islita del Pacífico imposible de ubicar en el mapa.

El fin de la prohibición para salir a ver mundo ha creado un actor social en extremo sui generis: el mulo aéreo. Particulares cuyo negocio consiste en satisfacer la demanda que provoca la inexistencia de un mercado mayorista para el cuentapropismo insular. En la práctica, son personas que han logrado hacerse de un visado a perpetuidad y viajan varias veces al mes a países sobre todo de América Latina en busca de artículos de buhonero. No los critico. Cada quien tiene el derecho a buscarse la vida como mejor pueda, y su comercio alimenta los bazares de ropa ecuatoriana que populan en toda Cuba. Eso sí, el vocabulario y otras prácticas sociales de los mercaderes aéreos que me acompañaron en el avión son una romántica evocación a un contén centrohabanero: malas palabras, guapería, y hasta ron servido en vasitos plásticos desechables...

-Bienvenido a la Patria, -me digo a mí mismo. Las puertas del aeropuerto se abren cuando me acerco arrastrando el carrito. Afuera el sol quema y los boteros gritan desde sus almendrones. Estoy en casa.

1 comentario:

  1. Me gusta el post. Gracias por escribirlo porque hay mucha gente que tiene sensaciones parecidas al regresar a la patrioa. Solo que el mulo aereo existia antes del cambio en la ley migratoria, es por eso mismo que subieron los aranceles de aduana, porque ya sabian lo que venia sucediendo, aun con restricciones para viajar, ahora que no hay casi nunca, de parte de la patria, pues vislumbraron que podia ser una buena entrada de dinero pal pais... Slds

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