miércoles, 15 de mayo de 2013

Alma Mater

Bailan por placer. Porque les da la gana. Porque cuando bailan son libres y son grandes. No importa que en la beca a veces no haya agua, que el elevador en ocasiones esté roto y deban subir doce pisos de escaleras. Cuando bailan se olvidan de la lista de espera en la terminal de ómnibus para ir a sus casas lejos de La Habana, del precio de los boteros que te acaban la vida, de la dificultad de los exámenes. Todo es baile. El ritmo está en el subsuelo de esta isla musicalmente telúrica. El ritmo y las ganas de hacer, de sobreponerse a todos los inconvenientes de la vida diaria.

Bailando convierten en milagro el barro. Y no es muela. La mayoría llegaron como Oliver Twist o Vito Corleone a una ciudad que les pareció inmensa y mágica, una ciudad que sin ser Nueva York o Londres tiene la virtud de tragarte de un mordisco sino te adaptas rápido a la locura del sobrevivir cotidiano. Otros ya habían nacido en la capital de todos los cubanos, algunos en su inmensa e incomunicada periferia, el resto más cerca de la sombra neoclásica de la Universidad.

El grupo de baile les permitió socializar, integrarse, comulgar en una causa común, estructurarse en una comunidad de amigos que no para de soñar. A donde llegan se roban la fiesta. El baile los enseña a desarrollar habilidades sociales de todo tipo, como la comunicación extrovertida y la capacidad para ambientar con los más diversos públicos, desde el catedrático hasta el reguetonero. Han logrado desarrollar una red (inter)generacional e (inter)nacional de amigos: almamateros se hacen llamar viejos y jóvenes, lo mismo en La Habana que en Madrid, en lo más profundo de Pogolotti que en algunas residencias con jardín de Miramar.

Desde hace 35 años diferentes generaciones de estudiantes de la Universidad de La Habana se vienen reuniendo varias noches de la semana para montar coreografías y girar sobre la pista. Con sus altas y sus bajas, el grupo Alma Mater resistió a la crisis económica, a los recortes presupuestarios, y al propio envejecimiento de algunos de los puntales de la agrupación.

La semana pasada cientos de personas ovacionaron al grupo, que celebró su aniversario con una gala en el teatro Mella de esta ciudad. Al terminar la función algunos de los bailarines salieron corriendo para abordar uno de los siempre atestados ómnibus que recorren la calle Línea del Vedado. The show must go on. Se montaron por la puerta de atrás, burlando el pago, la cola y la voluntad del chofer. Truhanes. Bienaventurados estos hijos de la corte habanera de los milagros: jóvenes que inventan y luchan, que viven y sufren, que aman intensamente, ríen y lloran en las noches habaneras. La juventud universitaria que late y existe, crea y construye, funda y sueña.

Sudados, llegarán esa noche a la beca o a la casa. Al huevo frito con arroz y al cubo de agua fría tirado sobre el cuerpo con un jarrito. No son felices en la pobreza y la humildad, ni amantes de la política del buen salvaje, pero sí están más cerca de la idea trascendental de un mundo posible en el que la gente haga cosas por el puro e inmaterial placer de ser mejores, de superarse, de crecer. Allí, en esos pequeños actos y esas pequeñas cosas, está precisamente el espíritu universitario del Alma Mater.

3 comentarios:

  1. me encantó! un buen escrito salvy, donde has atrapado la esencia de alma mater, que es tambien la de la juventud cubana. un beso. maylin

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  2. Julio César García16 de mayo de 2013, 10:44

    La dir. de Extensión Un. de la UH me envío un correo con este blog adjunto. Qué decir! No quepo de emoción!! Creo que si alguien con lo que escribe logra sacar estos sentimientos, ese escritor es definitivamente bueno. Felicidades por tu blog y muchas gracias por habernos dedicado un pedazo de tu talento.

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  3. Conozco a algunos de Alma Mater, soy amigo de otros y hasta los he tenido de alumnos...creo que los retratas...muy bueno el blog...felicidades

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