jueves, 18 de abril de 2013

Qué viva la Revolución

Es domingo 15 de abril en Venezuela. Frente a mí, como sonido ambiente, un televisor que trasmite los últimos sucesos de la campaña electoral. Nicolás Maduro versus Henrique Capriles peleando el sillón dorado de Miraflores. Grandilocuencia. Verbigracia. Llamados que todo el mundo lanza al pueblo. A votar temprano. A votar tarde. A no comerse los votos como hicieron dos incivilizados en Maracaibo. A escupirlos cívicamente dentro de la urna electoral. A aceptar los resultados. A no aceptarlos. A la concordia. A la revuelta. Mensajes que llegan al teléfono móvil convocando a las barricadas o celebrando la victoria. Fuegos artificiales que inundan el cielo de la ciudad tres horas antes de que el Consejo Nacional Electoral (CNE) proclame oficialmente al vencedor. Todo el mundo canta. La Marsellesa, el Ça ira, o el himno de la Falange. Se canta y se celebra. Y todo siempre es histórico, patriótico, altisonante, frigio.

Y yo, por coincidencias de esta vida, me paso el domingo electoral leyendo Los dioses tienen sed, el libro de Anatole France inspirado en la fase jacobina de la Revolución Francesa. Nihil novo sub solis. Al joven y apasionado revolucionario Evariste Gamelin, protagonista de la novela, te lo puedes encontrar paseando por la avenida Bolívar de Caracas. No pasarán. Nunca pasarán. Pero al final pasan, a veces de manera no tan evidente como un Muro que cae en Berlín o las trincheras rotas del Madrid republicano. Lo curioso es que pasan pero ya nunca las cosas volverán a ser igual. Después de Luis XVI guillotinado no vendrá otro monarca absoluto. La gente se acostumbra a mirar el sol de frente sin encandilarse.

A veces, y por desgracia, los sans culottes se cansan de resistir, las ideas se diluyen entre el estrépito de las balas de salva. En la novela de Anatole France, el personaje de Gamelin, un pintor revolucionario discípulo del gran David, le explica a su madre por qué en el París de 1790 es tan grande la carestía: “el hambre que padecemos la provocan los acaparadores y los agiotistas que se entienden con los enemigos de fuera con el fin de desprestigiar la República a los ojos del pueblo y poder así destruir la libertad”. Hay siglos de distancia entre la guerra sucia que Pitt le hacía a los franceses, y los sabotajes eléctricos en la Venezuela de hoy, la carestía provocada y la presión de los mercados internacionales. Pero la naturaleza humana es la misma. A ello hay sumar la inexperiencia de los que somos el Tercer Estado, los errores que siempre se cometen, pero que en el caso de aquellos que no han ejercido el poder históricamente cuestan doble, porque el fantasma de la Reacción siempre está al doblar de cualquier esquina para sermonear “se los dije: sin nosotros el diluvio y la anarquía”. La Reacción siempre lista a reconquistar las Tullerías. Pero no pasarán.

La madre del pintor Gamelin, toda racionalidad, le dice a su hijo que es imposible lograr la igualdad, ya que por "mucho que se ponga al país patas arriba, siempre habrá pequeños y grandes, gordos y flacos”. Y en otro momento, el comerciante Jean Blaise, símbolo del pragmatismo burgués, aconseja al joven pintor, quien desea dibujar escenas revolucionarias y no mujeres ligeras de ropas: “Soñáis, amigo mío, yo soy mucho más realista. La Revolución aburre: dura demasiado. Cinco años de entusiasmo, cinco años de abrazos, de masacres, de discursos, de Marsellesa, de alarmas, de cabezas que cuelgan, de mujeres a caballo sobre cañones, de árboles de la Libertad con gorro frigio, de muchachas y ancianos vestidos de blanco en carros de flores, de encarcelamientos, de guillotinas, de racionamiento, de carteles, de escarapelas, de penachos, de sables, de carmañolas, ¡eso dura demasiado! Se acaba no comprendiendo ya nada”.

Mientras tanto el televisor sigue sonando, y yo pienso en Lucía, la protagonista de El siglo de las luces, quien nunca perdió la esperanza. Descocada, se lanza como una diosa a repeler la invasión de las tropas napoleónicas. Fraternité, Egalité, Liberté. La Revolución ha muerto. Qué viva la Revolución.

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