viernes, 12 de abril de 2013

La chusmería

Estoy atravesando los portales con olor a orine del Museo de Bellas Artes (Arte Universal). Entre el antiguo palacio del Centro Asturiano, sede actual del museo, y la cercana Manzana de Gómez existe una plaza adoquinada. A esa hora del día, diez de la mañana aproximadamente, el lugar está lleno de turistas sacando fotos, vendedores ambulantes y gente de toda índole. De momento una muchacha de doce o trece años se para en el centro de la plaza. Lleva uniforme de tecnológico ajustado a la posmodernidad habanera del siglo XXI. La falda diez centímetros por encima de la rodilla, la blusa apretada y con los primeros botones abiertos enseñando un busto, ya no de niña impúber sino de madona renacentista. Bajo el brazo una carterita minúscula y provocativa, más de prostituta de puerto que de estudiante de enseñanza tecnológica, carterita donde a lo sumo cabrán tres preservativos y una caja de Hollywood mentolados (uno de los cuales está fumando), pero nunca, nunca, una libreta y mucho menos una buena idea.
 
La muchacha-estudiante-de-tecnológico-sabe-Dios-qué-más levanta la cabeza y le hace una seña a una amiga que está asomada en el primer piso de la Manzana de Gómez, lugar donde al parecer están las aulas de un tecnológico. La que espera abajo grita a su compañerita de clase:

-Yuuusiiiiiimiiiiiií, baajaaa- Y al final, para darle todo el énfasis que corresponde a su mandato, lanza una de las malas palabras más sonoras de nuestro vocabulario de cloacas, aquella que hace referencia al aparato genital masculino, esa palabra que ahora se menciona en La Habana para decirlo todo: que si hay calor, hace un calor de….; que si algo está bueno, está de….

No sé si la Yusimí efectivamente bajó la escalera y se juntó con su amiguita en la plaza, pero la escena se me ha quedado grabada como uno de los ejemplos más ilustrativos de vulgaridad ciudadana, de la chusmería como práctica social en su máxima expresión.

Paradójicamente, una de las ciudades con mayor cantidad de graduados universitarios del mundo es hoy día uno de las urbes con menos educación formal. Lo más llamativo es que esta cultura de la selva no existe de igual manera en todos los lugares del país. Hace unos meses visité las provincias de Villa Clara y Camagüey, y estas expresiones no se veían ni por asomo con la misma frecuencia que en la capital.

No es una consigna ni mucho menos, pero hay que luchar contra la vulgaridad, contra la tendencia a que te traten de “papi” o “mami”, de “tío” o “´tía”, de “puro”, “consorte”, “ecobio”, “asere”, “elmíol”, y una larga lista de calificativos reggaetoneros que entorpecen la construcción de una nación de hombres y mujeres cultos, que es decir libres.

Pienso en la escuela, donde hay que lograr desde la base que los maestros se comporten como seres humanos y no como domadores (y domadoras) de circo. Pienso en la familia, en la necesidad de interrumpir el ciclo de la marginalidad interviniendo los barrios. En los funcionarios públicos que deben ofrecer un trato de altura y exigir lo mismo a cambio.

Me resisto a pensar que el país del futuro sea una tierra donde las Yusimí se gritan entre ellas de ese modo. Y no es que proponga que seamos como los colombianos, cuya variante del español hablada implica el uso del usted antes del tuteo, o que prescindamos de nuestro hablar y proceder totalmente horizontal, de la naturalidad caribeña con la que nos dirigimos a nuestros semejantes sin respetar demasiado orden ni jerarquías. La democracia de nuestro español hablado nos hace grandes. Pero hasta ahí.

No hay comentarios:

Publicar un comentario